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TORMENTAS PERFECTAS

¿Qué dosis de Europa necesitamos?

La frase orteguiana vale para todos en este mundo globalizado. Las viejas naciones son el problema, y Europa es la solución. No hay vías singulares para que los países europeos, desde el más pequeño hasta el más grande, puedan conectarse con el mundo global sin pasar por Europa. Los caminos particulares nacionales conducen al desastre o a la irrelevancia. Alemania y Francia son los que más saben de esta vieja lección de historia europea que el anciano canciller Helmut Schmidt quiso recordar en el congreso socialdemócrata de Berlín hace una semana.

El problema es conocer la dosis exacta de Europa, es decir, la cantidad de soberanía que hay que transferir hacia arriba, cuestión de la que se han ocupado estos pasados días los jefes de Estado y de Gobierno de los 27. Pero no basta con saber cuánta Europa hay que echar en la retorta para dar con la fórmula que corte por lo sano esta crisis de la deuda, sino que además debemos tener en cuenta cuánta nación propia somos capaces de ceder.

Ahí ya no juegan los mercados ni las agencias de rating, la opinión de los juristas ni las normalmente sabias estrategias de los banqueros centrales. Pertenece al territorio de dificilísima conducción de los sentimientos, siempre proclive a la demagogia y al populismo. Puede que los países europeos sepan cuánta Europa necesitan, pero puede también que no sean luego capaces de aceptar una dosis tan alta.

Este es un problema político insalvable sin romper la unidad de los 27. Los procedimientos de ratificación de las reformas de los tratados, incluyendo en varios casos las consultas vinculantes, son tan largos y difíciles que aseguran por sí solos la avería irreversible. Los diez últimos años de fracaso de la Constitución Europea y de interminables demoras del Tratado de Lisboa están ahí para recordarlo. Luego hay que contar con las posiciones ya fijadas de los países que no están en el euro, no quieren estar en el euro y prefieren que la dosis de Europa sea siempre cuanto más pequeña mejor. Nadie encarna mejor esta posición que Reino Unido, país que necesita un euro estable, pero no quiere una Europa políticamente unida, de la que tendrá que descolgarse.

El problema de la dosis desborda el marco europeo. Afecta a Estados Unidos, donde siempre ha interesado una Europa con límites, pero cuando los límites han sido excesivos se ha echado las manos a la cabeza. Ahora el temor, también brasileño o chino, es que la crisis de la deuda europea termine conduciendo a la recesión mundial. El mundo, no tan solo las viejas naciones europeas y Europa misma, necesita al euro. Pero veremos ahora si la dosis de Europa que los europeos vamos a dar al mundo es del gusto de todos: de los británicos no lo es, obviamente. Y si sirve para sacarnos de esta crisis: algo dirán de todo esto en los próximos días los famosos mercados.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de diciembre de 2011