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COLUMNA

Como la cerveza

Dicen los expertos que hay libros que tardan muchísimo en ser leídos, hasta que un día se pone sobre ellos una luz y ya te agarran y no te sueltan. Puede ser el libro de tu vida y habías pasado por él como si fuera cualquier cosa.

Pasa con los libros y pasa con la vida. Uno se pasa años esperando una imagen, el regreso de un sabor, la risa de un niño que aún no sonríe..., y de pronto eso que esperabas se pone ante de ti, te deslumbra, te emociona o, al menos, te sorprende.

Hemos pasado siete años esperando que Rajoy y Zapatero se traten como antiguos colegas de calle que se cruzaron en el destino de sus padres respectivos. Sabíamos que se hablaban, pero lo que era evidente era que se peleaban de manera feroz en un Congreso que acogió siete años de agrias disputas.

Y cuando Zapatero ya se despide y su sucesor es Rajoy los dos se sientan, uno frente al otro, tomándose una cerveza, y además tomándosela de verdad. En los dos vasos, que son vasos poco cerveceros, se nota que ambos han cumplido al menos el rito de brindar, pues en los bordes se notan las huellas de los labios y en la espuma se ve que ya ha habido consumo.

¿Poco cerveceros los vasos? Se han impuesto en Europa las jarras alemanas, por encima de los vasos ingleses, así como de esos vasos insuficientes en los que los franceses arrojan espuma que luego llaman cerveza. Cosas de la época y de la importancia variable de la cerveza, que en Alemania es la bebida nacional y aquí se ha dejado, casi solo, en un brebaje glorioso que sirve para que la gente se tome el aperitivo mientras arroja cáscaras al suelo.

Estos vasos barrigones de los que beben Rajoy y Zapatero son vasos impropios de un brindis; demasiada cerveza. Y demasiada cerveza es garantía de que el líquido se caliente. A lo mejor es que estaban allí para la foto de la cerveza, y luego pasarían al vino, que es lo que debe gustarles. "¡Viva el vino!", recuerden que gritó Rajoy en medio del temporal organizado en torno al consumo y al tráfico. Uno de esos líos, se dirá ahora, que organizaron los socialistas.

Lo cierto es que es la primera vez que se encuentran en público con ese semblante relajado, de mutuo interés. Me fijé en la mirada de Rajoy, en su aire solícito; y me fijé en el rostro de Zapatero. Es como el amigo que viene de un largo viaje y da cuenta de algunos de los hallazgos que tuvo a lo largo de esa excursión larguísima. En ese momento que recoge la fotografía, el ahora ya casi expresidente del Gobierno parece relatarle lo que pasó en el cruce de dos ríos en alguna remota aldea del Amazonas. Claro, Rajoy no ha estado ahí, por eso pone esa cara que es mezcla de interés y de incredulidad; pero, y esto es lo que me ha sorprendido de la foto, me gustó mucho el intercambio, cómo estos dos personajes, que se pegaron dialécticamente como si no los estuviera oyendo nadie (seamos justos: Rajoy pegó más que Zapatero), ahora se miran como si estuvieran a punto de tomar un autobús escolar un día sin clase. Otras cosas me parecieron interesantes también, pero la columna dura lo que dura. Y lo que verdaderamente quería decir ya está dicho: que ya era hora, hombre, que esta gente se pusiera a mirarse a la cara como si se conocieran.

jcruz@elpais.es

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de diciembre de 2011