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Crítica:Patrick Rothfuss - El temor de un hombre sabio / El temor d'un home savi | EL LIBRO DE LA SEMANA

Más intérprete que creador

Lleva semanas en la lista de los más vendidos. Lo más atractivo de El temor de un hombre sabio, segunda novela de Patrick Rothfuss, es su prestidigitación verbal

A El temor de un hombre sabio, la segunda novela de Patrick Rothfuss, le falta algo; pero también tiene algo, y ambas cosas, lo que tiene y lo que le falta, son importantes. ¿Sueno quizá enigmática? Pues esperen a leer este inmenso libro (1.200 páginas) y verán lo que es usar un tono sentencioso y misterioso. Cuando abordé la obra anterior de Rothfuss, El nombre del viento, el volumen inicial de una trilogía llamada Crónica del Asesino de Reyes, me costó muchísimo atravesar las primeras cien páginas (tiene 860) porque me parecieron muy flojas; y, si perseveré en la lectura, fue por la recomendación de una amiga en cuyo criterio literario confío. Luego, en efecto, le encontré valores. Sobre todo, un vigor narrativo musculoso y brillante, pese al persistente sabor de déjà vu que el texto te dejaba. Porque el relato, y eso era lo peor, te sonaba demasiado a demasiadas cosas, y en especial a Harry Potter. Eran las aventuras de Kvothe, un adolescente que estudiaba en una universidad de magos. Un chico por supuesto marcado por el destino y con unas dotes brujeriles extraordinarias; como no podía ser menos, estaba perseguido por las consabidas fuerzas oscuras, que, para más descaro en su copia de la obra de J. K. Rowling, encima habían asesinado en su infancia a sus padres. En fin, original, lo que se dice original, no se puede decir que lo fuera. Pero al cabo conseguía contar las cosas de una manera propia, como el músico virtuoso que logra darle un toque único y distinto de una tonada viejísima. Más que un creador, Rothfuss me pareció un estupendo intérprete.

Lo mejor: el ingrediente de rencor social que posee Kvothe, tan veraz, tan poco habitual en un personaje fantástico

Y lo sigue siendo en esta segunda entrega de las aventuras de Kvothe. El éxito del primer libro parece haberle proporcionado a Rothfuss unas buenas dosis de seguridad, lo que ha hecho que lo mejor de él fluya y florezca; y así, los modelos a los que imita resultan menos evidentes (son más y están más repartidos: Ursula K. LeGuin, Castaneda, Tolkien... ) y el relato te atrapa desde el principio. Creo que esta segunda parte está más lograda que la primera, aunque escribir una novela de 1.200 páginas sea para mí como lo de los discursos de ocho horas de Fidel Castro, un abuso, una prepotencia y una ceguera total a la hora de reconocer que el otro existe. Se diría que a El temor de un hombre sabio le sobra texto; y no sólo porque a veces la atención lectora desfallezca (en mi caso, sobre todo, cuando se pone a hablar de hadas: en general no me gusta lo maravilloso y prefiero la tensión con lo real que siempre mantiene lo fantástico), sino porque además creo que en el último tercio del libro se le va al garete la historia y el personaje. Kvothe mata a tres decenas de personas, comete actos terribles, crímenes atroces; pero, después de eso, su personalidad sigue igual. Y aunque todo el volumen está lleno de sonoras y a veces enfáticas enseñanzas espirituales al estilo de las Enseñanzas de don Juan de Castaneda, y aunque se supone que su vida es un camino de iniciación en el conocimiento, lo único que parece haber aprendido Kvothe al final de tanto trajín y tanta escabechina son los placeres del sexo (inicia la novela virgen y con 15 años y la termina con 17 y rijoso).

Esta es, en fin, una de esas novelas fantásticas juveniles que ahora leen los adultos. Pero no es una más, porque ciertamente Rothfuss tiene una capacidad de prestidigitación verbal fabulosa. Lo mejor: el ingrediente de rencor social que posee Kvothe, tan veraz, tan complejo, tan poco habitual en un personaje fantástico; esa furia amarga por ser pobre, ese odio a los ricos. Y, también, la magnífica capacidad de Rothfuss para crear realidades paralelas, sistemas alternativos minuciosos: por ejemplo, explica cómo funcionan los artefactos mágicos y es tan coherente y tan creíble como si estuviera describiendo un motor de explosión; o inventa una filosofía, que atribuye a un tal Teccam, y que resulta verosímil y vigorosa; o anota con cautivador ingenio los usos sociales de una colectividad remota, como, por ejemplo, un complicadísimo ritual cortés a base del intercambio de anillos de hierro, plata y oro, que podrían ser unas páginas sacadas de la obra de algún antropólogo alienígena; o bien crea un pueblo de costumbres tan distintas de las nuestras como los mercenarios Adem, cuyos rostros siempre permanecen impasibles porque se transmiten las emociones por medio de un lenguaje de signos hecho con las manos. Todo esto es lo más atractivo, lo más original de Rothfuss, ese retumbar de palabras bien dichas, esa imaginación meticulosa y constructora, ese diseño del mundo o de otros mundos. Es tan hábil, en fin, que ni siquiera resulta rimbombante o gravoso ese tono epitafial que hace que medio libro parezca tallado en piedra. Hablé al principio de lo que El temor de un hombre sabio tiene y de lo que le falta. Pues bien: posee una endiablada destreza narrativa. Y le falta grandeza.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 10 de diciembre de 2011