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Reportaje:

El precio de la cultura

No es seguro que la relación entre la política y la economía en Rusia se ajuste hoy a la del mundo globalizado. Pero en relación con la cultura no hay dudas, ésta es esencial en la formación de esta civilización. Tolstói y Rachmaninov, Diaghilev y Pasternak son nombres conocidos en todas partes. Pero ¿qué periodo vive la cultura rusa de hoy?, ¿en qué consiste su poder ahora? y ¿qué tareas va a proyectar para el futuro?

Si hablamos de literatura a veces encontramos ejemplos en los clásicos, aunque con menos frecuencia de lo deseable. Como las sátiras en verso de Dmitri Bykov sobre temas de actualidad, que no son los mejores ejemplos de ese género. O como la novela Sankya de Zajar Prilepin sobre los adolescentes, un relato que no encaja en una era de prosperidad y no deja de ser una reminiscencia de la tradición del realismo crítico.

Cuando se escriba en el futuro de la guerra de Chechenia, nuestros hijos tal vez lleguen a ser juzgados a través de la brillante novela de Vladímir Makanin Asan, como se juzgó a las generaciones que siguieron a la guerra de 1812 reflejándolas en Guerra y paz. No es casualidad que el héroe de Asan lleve el mismo apellido que el de la historia de León Tolstói El prisionero del Cáucaso: Zhilin. Sólo que la guerra representada por Makanin no es una batalla clásica del siglo XIX, sino una guerra donde la gente muere ganando dinero. En esta guerra cínica sólo vale la selección simple y brutal de un oficial: ¿están listos para sacrificar su vida sólo por un soldado? El mayor Zhilin, a quien sólo parece interesar el barril de petróleo y su precio en dólares, se comporta al final como héroe y muere para salvar a los soldados que se le encomiendan.

El cine atraviesa por otros procesos interesantes. La industria del cine soviético produjo una gran cantidad de películas costosas donde aparecían muchísimos figurantes. Hoy en día, invertir en una producción de gran alcance como si compitiese con las de Hollywood es imposible e inútil. Tristemente, esto lo confirman las últimas películas de Nikita Mijalkov, uno de los más famosos cineastas rusos, director de Anticipación y La Ciudadela. El Estado ruso invirtió una enorme cantidad de dinero en estos proyectos, comparable con los presupuestos que se manejan en Estados Unidos. Sin embargo, la frustración llegó cuando la taquilla no respondió a lo esperado.

Por el contrario, el público ruso aplaude calurosamente el cine relativamente barato, como el de Andréi Zviagintsev con su película Elena, popular incluso entre los intelectuales. Otros conocidos "maestros" del bajo presupuesto son Aleksei Popgrebski y Borís Jlébnikov. Se puede decir lo mismo de Aleksandr Sokúrov, galardonado recientemente con el León de Oro de Venecia por Fausto, que completa su tetralogía, una investigación artística sobre la naturaleza del poder. Fausto se filmó casi en su totalidad en alemán y luego fue doblado al ruso. Evidentemente, esto es positivo para los directores pero negativo para la cinematografía rusa, que pierde su continuidad.

Pero actualmente la situación más difícil la atraviesa el teatro. La escena rusa del siglo XX tuvo un buen repertorio, pero hoy el proceso teatral ha cambiado. Tenemos excelentes directores de la vieja escuela, una generación brillante reconocida mundialmente como Kirill Srebrennikov y Mindaugas Karbauskis, así como otros jóvenes talentos de no más de 30 años, pero ahora el teatro requiere más agilidad, nuevos actores, diversidad de espectáculos. La reforma teatral se está gestando, pero todo apunta a que puede fracasar por la propia fragilidad de la industria. A los grupos teatrales grandes no se les puede reducir, aunque mantenerlos también resulta difícil. Estos colectivos empiezan ya a protestar, y así lo confirman los conflictos mediáticos del verano pasado en los teatros de Moscú.

Así que el problema principal de la cultura rusa actual no son las obras sino el aburrido tema de la gestión y de la infraestructura. Sin embargo, a veces las soluciones surgen en los lugares más insospechados. En Perm, una de las principales ciudades de los Urales, donde el Estado no invertía, la élite de la ciudad ha conseguido crear un espacio cultural al estilo europeo. Y resulta que es rentable. Es esperanzador que la cultura rusa se vaya europeizando en esta línea. Tal vez nuestra cultura sea capaz de compartir dicho optimismo con la política.

Traducción de Milagros Marjorie Valle Puig. Alexandr Arjánguelski (1962) es filólogo, profesor universitario y escritor. Conduce el programa Mientras tanto en el canal Cultura.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 29 de octubre de 2011