Columna
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Arroz

La palabra zorra solo es neutra en dábale arroz a la zorra el abad.

De resto, animal o insulto, zorra es una palabra peluda, o picuda, se ha deslizado en el lenguaje como una muestra de desprecio, es un desprecio. Y es una palabra despreciable porque denosta, agrede, deja en mal lugar adrede a la víctima del escupitajo. "¡Zorra!". ¿Y después?

Ángel Ganivet, el filósofo que se suicidó en el frío, decía que había palabras redondas y picudas. Zorra es un insulto, una palabra picuda, la tocas y quema, o hiere. Es una palabra dicha con el ánimo abyecto de insultar, de poner al nivel del barro a la oponente, a la persona a la que se quiere dañar.

No hay palabras neutras, todas tienen sus picos, o sus pelos. Todas duelen, algunas matan. Que el juez Juan del Olmo no haya visto en la palabra zorra, dirigida a una mujer, una intención malévola dice mucho de la ingenuidad, suponemos, del hombre, pero muy poco de su sentido de la justicia. ¿De la ingenuidad? ¿De su sentido de la justicia? Él sabrá. Es juez. Que se juzgue, y no solo con el diccionario en la mano.

Si él abre esa espita, que ya estaba abierta, no nos engañemos, entonces es posible cualquier insulto. El insulto es la antesala de la bofetada porque en sí mismo es una bofetada, un hachazo, la expresión de lo innoble dicho con el aire de que en lo doméstico todo vale. Tú insultas y ya al otro le queda solo la alternativa de gritar más o de esperar la bofetada. No hay marcha atrás en el insulto; es una agresión que en la vida social deben castigar los jueces.

Nabokov decía que, cuando era chico, identificaba las letras con colores; todas tenían su color, por su sonido, por lo que significaban para él en aquel momento de su vida. Si tú le dices zorro a un juez, este, si es tonto, podría sentirse halagado, pues zorro ha pasado a la historia con cierto prestigio: un tipo listo que se escurre. En la vida española ha habido zorros famosos, incluso zorros plateados. Pero dirigida a una mujer, la palabra zorra es un insulto, la palabra lleva encima otro pelaje. Es una palabra picuda, viscosa, no hay más que verla.

No hay palabras inocentes, ninguna, hasta la palabra ay puede decir varias cosas a la vez, como la palabra niño, según la diga una persona noble, una madre, por ejemplo, o la diga un pederasta. El juez no ignora eso; cómo lo va a ignorar, si él fue el juez del mayor insulto que ha habido en España después de la guerra, el sufrimiento infligido por terroristas islámicos a españoles inocentes. Si vienes de una experiencia judicial así, cómo no tienes el olfato adecuado para enfrentar un desdén grave y resolver en consecuencia.

No lo hizo, lo hizo al revés. Y ahora la población está soliviantada, con razón. El machismo no está erradicado en España, cómo va a estarlo. Para echarlo fuera de la conciencia de lo permitido hay que hacer mucha pedagogía. Que un juez no ejerza ahí su debido magisterio es muy grave. ¿Que es solo una palabra? El cinismo social le quita importancia a las palabras cuando conviene. Zorra no es arroz, es zorra; el hombre no le dijo "¡arroz!". Ni le dijo "¡abad!". Le dijo "¡zorra!", y el juez ya habrá ido al diccionario para saber que esa es una palabra picuda e insultante. Zorra. Hasta el tacto repele cuando la escribes. Al contrario que arroz, por cierto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 09 de octubre de 2011.

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