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Reportaje:LIGA DE CAMPEONES | Segunda jornada

Diez por ciento de oro

Kaká, que según sus compañeros es un experto en cuestiones financieras y tributarias, recupera la fe en la titularidad tras un año de desencuentros con Mourinho

Al ver que Kaká era un hombre eminentemente preocupado por cuestiones financieras y tributarias, alguien en el vestuario comenzó a llamarle Diez por ciento. Sus compañeros, en lugar de mencionarle, decían: "¡Ahí viene el Diez por ciento!". No se sabe cómo se lo tomó Kaká, si es que llegó a conocer el apelativo, pero es imposible que se enfadase. Ni en sus peores momentos de desilusión con Mourinho le escucharon sus amigos emplear una mala palabra contra el entrenador. Blasfemar es pecado y Kaká, además de futbolista, es un cristiano devoto. Un hombre de una serenidad beatífica que muchos asocian tanto a su vida espiritual como a su bienestar económico. Cristiano lo dijo un día entre risas, en el comedor de Valdebebas, mientras señalaba a su colega brasileño ante un grupo de compañeros: "¡Pero si no he ganado dinero! ¡El Manchester me pagaba poco! ¡El que de verdad tiene pasta es este!". Y Kaká sonreía mostrando los grandes dientes con un gesto de aprobación: desde 2006, gracias a Berlusconi, su sueldo es de nueve millones de euros netos al año.

"Me la jugaron otra vez", dijo al ver que Di María le volvía a desplazar al banquillo

"No solo he hecho un partido bien. Es una secuencia. Necesito continuidad", insiste

Si Kaká no dejó el Madrid el verano pasado no fue por falta de interés. Fue porque su mercado se ha desinflado. En el horizonte no aparecieron clubes dispuestos a pagarle lo que le paga el Madrid. Sometido a un dilema preocupante, optó por asegurar sus ingresos y esperar su oportunidad. Casi como en la temporada pasada pero sin tanta fe en quitarle el puesto a Di María.

Las convocatorias impuestas por la FIFA, un tormento para muchos clubes, constituyeron una ventana de esperanza para Kaká en el último año. Esos días en los que el vestuario se quedaba medio vacío y él tenía ocasión de ponerse a punto para la siguiente jornada, intentando situarse al nivel físico de sus compañeros, le invitaban a mirar al futuro con optimismo. Así lo hizo en la primera semana de febrero, la temporada pasada, cuando el Madrid se disponía a jugar en Cornellá. Entrenó como hacía tiempo que no lo hacía. La operación en la rodilla izquierda le había atrofiado de tal manera que su masa muscular no le permitía soportar grandes exigencias. Pero en febrero se sintió fuerte. Listo, después de marcar goles al Getafe y la Real, para volver a ocupar un lugar preeminente en el equipo. Mourinho le había hecho sentir que creía en él, así es que contó con regresar a la titularidad aprovechando que Di María, de viaje con Argentina, sólo podría entrenarse una vez antes del partido. Cuando en Cornellá se vio en el banquillo experimentó una de las mayores decepciones de su carrera. Casi tan profunda como la frustración que sufrió al verse en el banquillo en el Bernabéu, hace dos semanas, contra el Getafe.

"Me la han jugado otra vez", comentó entre dientes, cuando vio que Di María volvía a ser titular. El argentino había disputado los 90 minutos de un amistoso en la India y apenas había podido entrenarse con el Madrid después de 10 horas de vuelo, mientras que él se había esforzado durante una semana ante Mourinho para demostrarle en cada sesión que merecía el puesto. Que los minutos que le había permitido jugar durante la primera jornada de Liga en Zaragoza, en donde había respondido bien, marcando un gol, no habían sido un espejismo.

Kaká siguió en el banquillo ante el Getafe y empezó a creer que la relación que une a Mourinho con Di María, con quien comparte la representación de Jorge Mendes, le cerraría las puertas definitivamente. "Yo no tengo confianza en él y él no tiene ninguna confianza en mí", le oyeron decir en el club, "este hombre es capaz de hundirme moralmente".

Evitó por todos los medios polemizar en público con Mourinho, que, según los jugadores, nunca llegó a decirle abiertamente que no creía en él. Si hay un futbolista que conoce el negocio en el que se mueve, ese es Kaká. La trascendencia de sus conflictos con un entrenador, a su entender, no eran convenientes con vistas a un traspaso futuro. "Quien recompensa y castiga es Dios", repetía.

Kaká está cansado de que le pregunten por los méritos que ha hecho en el último partido. Él, que fue Balón de Oro, ya no soporta el rótulo indefinido de meritorio. Lo subrayó en La Romareda: "Este no es mi primer buen partido con el Madrid. Necesito continuidad". En el Bernabéu, tras su actuación ante el Ajax, donde metió un gol y dio una asistencia, lo argumentó con más fuerza: "No solo he hecho un partido bien. En los últimos partidos vengo mejorando, vengo haciendo cosas que me gustan. No se trata de un partido sino de una secuencia. Los aficionados ya están viendo cosas que hacía en el Milan. Ahora necesito continuidad".

Resueltos por varias generaciones sus dilemas financieros, Kaká confía en haber encaminado la solución de su desencuentro con su pasión: el fútbol. José Mourinho, que sufre cada vez que no juega a Di María, tiene la última palabra.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 29 de septiembre de 2011