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Crítica:

La gran borrachera

Narrativa. Aunque El Gran Juego haya pasado a la historia como un afluente más del surrealismo y cuya corta trayectoria se encauza en los tres únicos números de la revista homónima, sus promotores -Roger Vailland, Roger Gilbert-Lecomte y René Daumal, autodenominados los "hermanos simplistas"- se consideraban inmersos en algo más profundo, nada menos que un viaje metafísico hacia el conocimiento absoluto, lo cual implicaba experimentar con la palabra, drogas y alcohol. Con un planteamiento tan esotérico y métodos tan radicales de exploración/extravío interior era inevitable que, a pesar de su afinidad con Desnos o Man Ray, acabaran enzarzándose con un Breton que ya había dado el golpe de timón hacia el comunismo. El desencanto y la desadicción dejaron a Daumal (Francia, 1908-1944) en un doble estado de postración física y de ambición espiritual idóneo para entonar su particular acto de contrición, reivindicar la auténtica sabiduría y desmantelar los artificios de la cultura con las armas que antes usaron Jarry o Rabelais. La gran borrachera fue la primera y única novela que publicó, seis años antes de que la tuberculosis dejara inconclusa El monte análogo (Alfaguara). Partiendo de una metáfora tan vieja como la "sed", el narrador interpreta su ebriedad como un descenso a los infiernos de la ignorancia colectiva y la vanidad intelectual. Alegoría y sátira se unen en una hélice devastadora, tan afilada que no deja títere con cabeza -literalmente, ya que sus personajes tienen más de marioneta que de humanos- y hace trizas las poses y clichés de la modernidad. La crítica sigue siendo válida en gran medida porque la acción transcurre en una dimensión atemporal: sus escenarios -hospitales, autobuses, aeropuertos- hoy serían designados como "no lugares", sitios anónimos, reconocibles pero resbaladizos en términos de identidad. En ese sentido cuesta saber si es un iluminado o un precursor, pero lo que está claro es que el interés de su obra radica en su lado irreverente y demoledor. Lo echa a perder cuando se empieza a tomar en serio, se pone a evangelizar, emprende labores de reconstrucción a partir de las ruinas que ha tirado abajo y propone vías de redención que, si algo sacan a la luz, es un cacao mental característico de las drogas, cuando parece que la verdad está ahí delante, al alcance de la mano, pero se desvanece al intentar agarrarla. Así son las frases lapidarias y los fogonazos de lucidez de Daumal, estrellas que no acaban de formar una constelación y que, sin embargo, brillan con tanta fuerza que aún siguen iluminando las zonas más oscuras del ego y la literatura.

La gran borrachera

René Daumal

Traducción de Javier Bassas Vila

Cabaret Voltaire. Barcelona, 2011

201 páginas. 17,95 euros

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de agosto de 2011

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