Columna
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Hasta aquí hemos llegado

El señor Camps abandona la presidencia de la Generalitat con 600.000 parados en nuestra tierra y miles de millones de euros de deuda. Su "sacrificio" por España y por Rajoy nos deja temblando y con un futuro incierto. He discutido con él muchas veces en sede parlamentaria sobre la necesidad de mejorar la democracia y cambiar el modelo productivo. El ahora ex president, de manera soberbia, proclamaba que no había otro sistema más que el suyo. Un modelo que nos ha llevado a la ruina moral y social, a la destrucción de empleo como nunca y a la pérdida de instrumentos financieros propios como nuestras cajas más importantes.

Soy un pequeño empresario que está en la política de paso. Entiendo la política como un servicio a la comunidad. Considero desde hace años que la empresa privada actúa mayoritariamente como el motor de las economías occidentales y es quien mejor genera el empleo, el valor añadido y el bienestar. Pero los políticos del PP y PSOE, Camps o el propio Rubalcaba, olvidan que calidad, seguridad, seriedad o satisfacción, son algunos de los conceptos que resumen la moderna excelencia empresarial. En cualquier empresa, un directivo que se marcha por un delito societario no se retira con una paga ni forma parte de su consejo de sabios. Tampoco, quien ha sido un miembro importante del consejo de administración que lleva a la empresa a la quiebra, se postula ante los accionistas para ser el nuevo consejero delegado. Si eso no pasa en la calle, no es de recibo que suceda en la política. Lo que nos sugiere el PP con Camps y el PSOE con Rubalcaba. Así las cosas, la Generalitat y el Estado se han convertido en empresas que ya no aseguran la subsistencia a sus empleados, que ofrecen un mal servicio global para su coste y que se encuentran en quiebra técnica.

Los jóvenes nos traen valores de un nuevo orden mundial, más igualitario y más justo

El problema, pues, no son las empresas, sino un nuevo poder financiero global, que actúa en red y obtiene beneficios virtuales en el parqué mundial consentido por los políticos que les han vendido su alma. Monstruos que atesoran arroz hasta que el precio sube, aunque en Somalia cada día caigan niños muertos de hambre como moscas. Son ellos, unos y otros, los que nos animaron a endeudarnos, a juntar los ahorros con préstamos para adquirir propiedades sobrevaloradas o títulos ruinosos. Millones de ciudadanos ahora son esclavos de este nuevo poder financiero tramposo y trabajan y trabajarán durante décadas para saldar sus deudas. Políticos capaces de construir aeropuertos absurdos, promover líneas de AVE con viajeros imaginarios o proyectos urbanísticos ruinosos con los que se financia ilegalmente su sistema de partidos cuya representatividad se desvanece. Políticos capaces de presentar a las elecciones a presuntos delincuentes que se ponen sueldos de banquero tan pronto privatizan nuestras cajas o tienen reservada una silla millonaria en una compañía eléctrica o de gas. Políticos que distorsionan sus principios, que engañan a sus electores. Vergüenza nos da escuchar lo que nos dicen ahora: que reformarán la ley electoral, que acabarán con sus corruptos, que van a cobrar al banquero, que nos tienden la mano, que quieren consensos, ¿a quién quieren engañar?

Pero hay una puerta a la esperanza. Los denostados jóvenes, hasta ahora para muchos unos vagos materialistas, malcriados y vacíos de valores, han dado una lección ética a sus predecesores: no nos sirve vuestra interpretación de lo que es representar, ni vuestros valores mercantilizados y egoístas. Sus abuelos lo entienden, vivieron en dictadura, y saben que después de treinta y cinco años el nuevo Estado democrático, su esfuerzo, no les gusta tal y como lo reciben sus hijos o nietos. Está desvirtuado y representa a un número decreciente de ciudadanos. Se rebelan ante un fracaso global: nuestros hijos y nietos vivirán peor que nosotros. Esta es nuestra herencia.

La producción teórica del proceso asambleario iniciado con la protesta ciudadana del 15-M aporta ya certidumbres grandiosas. Los jóvenes son portadores de los valores de un nuevo orden mundial, más igualitario y más justo, menos violento, más solidario. Asombran al mundo entero. Certidumbres grandiosas: la globalización paraliza la intervención de los poderes públicos ante sus problemas; si intervienen, generan necesariamente desgracias y dramas, pierden todas las batallas. Así, la ocupación ciudadana pacífica masiva de los lugares públicos es un fenómeno nuevo para el que no hay una respuesta diseñada.

Algún día, los representantes del pueblo tendrán que tramitar lo que este demande, como la reforma de la ley electoral o la dimisión automática de los diputados y concejales electos imputados por la justicia en casos de corrupción. El mecanismo es sencillo: 500.000 firmas para promover una iniciativa popular, de los que queremos un referéndum. Hasta aquí hemos llegado.

Enric Morera Català es Síndic portavoz del grupo parlamentario Compromís en las Cortes Valencianas.

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