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Prójimas anónimas

DESCLASADA

La noche antes del día que viene la asistenta me deslomo viva. Llego de currar y me pongo a pasar el paño y a darle una manita a los cuellos y a los puños. Luego me pego el madrugón para salir antes de que entre ella. Se supone que soy la señora de la casa. Que le pago para eso. Pero me da cosa que me quite la mugre una chica que no me toca nada. Tengo complejo de pobre con este pedazo de nómina.

Soy la primera universitaria de la familia y eso se paga, aunque fuera becaria. Las que venimos del arroyo lo llevamos escrito en la frente. Ya puedes vestirte de marca de pies a cabeza que las pijas lo detectan. Sobre todas las de izquierdas. Tus padres son viejos aunque no lleguen a los 65; los suyos, jóvenes, aunque pasen de los 80. Tus hijos son chicos desde que vienen al mundo; los suyos, niños, aunque no cumplan los 35. Para eso van a colegios privados desde parvulitos. Si tú los llevas a la pública, es tu problema. No dicen nada, para progres ellas, pero ponen cara de pena.

"Lástima de criaturas, con el dineral que gana la madre y los mezcla con la plebe", piensan. Ni son racistas ni xenófobas, lo insinúas y se ofenden. Pero esos críos de fuera tienen su problemática y su idiosincrasia, y quieras que no retrasan a la clase, se explican. Lo que son es clasistas, pero no se lo digas, que se ofuscan. Que de pija nada, que ella es clase media-media, me salta una. Ella, que es niña de tercera generación y tiene al marido de CEO de una alimentaria. Harta de pan es lo que está, aunque esté a dieta perpetua. Doy fe, que para eso soy notaria.

Las pijas también lloran, pero los trapos sucios se los lava la chica en casa. Que qué suerte han tenido con sus niños, gorjeaban ayer dos en el pasillo. El pequeño de la una ha palmado ocho repitiendo cuarto de la ESO. Y al mayor de la otra, 26 de vellón, lo han mandado un año sabático a Nueva York después de dejar tres carreras en primero a ver si encuentra su vocación. Pero no se drogan, no están en ninguna secta y no son asesinos múltiples, que ellas sepan. Y tal y como está el patio, eso tiene su mérito, cualquiera se lo niega.

En el curro soy la churri; en la familia, la sabihonda. En casa la redicha; en la oficina, la ordinaria. No encajo en ningún sitio. O me paso o no llego, no hallo el término medio. Me chulea hasta la chica. Le pago tres horas y todo lo más está una y media. Va a tener razón mi amiga Marimí: con el servicio, confianzas las mínimas. Menos mal que se va en septiembre a su tierra. Cuando venga la nueva y pregunte cómo me llama, me pongo en mi sitio de una vez por todas: "Al señor, señor. Y a mí, señora".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 16 de agosto de 2011