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Mi verdadera historia

DÍA 15

Pasa el tiempo y cumplo 16 años. Ya sé que la chica que sobrevivió al "accidente" se llama Irene y que tiene una pierna artificial, aunque no es tuerta. Nos vemos desde hace tiempo de forma regular, ella dice que somos novios, lo que escucho con una mezcla perturbadora de pánico y placer. Llevo la relación en secreto porque temo lo que pensaría mamá si lo supiera. Irene vive con unos tíos, que la acogieron al quedarse huérfana como si fuera hija suya. Ya me ha contado lo del "accidente" en el que perdió a sus padres y a su hermano, además de la pierna izquierda. Dice que le tuvieron que reconstruir la cara y que cuando complete su crecimiento, le harán una operación de cirugía estética (una más, lleva cuatro) que convertirá la cicatriz del rostro en una línea apenas perceptible. También le arreglarán un poco el párpado izquierdo y la ceja. Tengo la impresión de que me dice todo esto como una promesa, por lo que me siento muy mal y le contesto que está muy guapa así y que no necesita hacerse nada.

Para no mearme en la cama, continúo escribiendo mi historia criminal

Para no mearme en la cama, continúo escribiendo mi historia criminal. Mejor dicho, la escribo, la rompo, y vuelvo a escribirla, pues cuando lleno un cuaderno, lo destruyo por miedo a ser descubierto y vuelvo a comenzarla en otro que también destruiré. Siempre estoy empezándola, como si se repitiera todos los días de mi vida. Pero cada versión es un poco diferente, porque aunque los sucesos no se pueden cambiar, mi forma de mirarlos se modifica con el paso del tiempo. Escribo para ser leído por mi padre, aunque todavía no.

Por esas fechas mi madre pronuncia un día el término "morboso" para referirse a un asunto turbio relacionado con mi padre. De este modo pongo nombre a un rasgo de mi personalidad. Si no fuera morboso, tampoco me habría hecho novio de una chica cuya vida alteré gravemente. Desde esa palabra llego, en un tránsito natural, a esta otra: psicópata. Me pregunto si seré un psicópata de los que salen de vez en cuando por la tele y a los que observo con una atención desmesurada, intentando descubrir con preocupación algunos de sus rasgos en los míos. En todo caso, ya no podría renunciar a la compañía de Irene, de la que estoy "morbosamente" enamorado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 15 de agosto de 2011