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'Mi primera vez' | Hoy, Clara Janés | Ficciones

La serpiente inmóvil, yo quieta

Me parece tenerla aún delante de los ojos, como de un metro de larga, extendida en el rectángulo de lo que llamaban "el jardín" que, de hecho, no era un jardín, pues nada tenía de cultivado. Era un espacio rodeado de zarzas y hojarasca, fresco por el verdor. Yo tenía tres años. Estábamos veraneando en Vallvidrera -la única vez que he experimentado un veraneo-. No sabía por qué no me dejaban ir sola al jardín, situado en la parte posterior de la casa, construida en un leve declive, pero un día, sin pensarlo, bajé. Y la vi allí, de un verde luminoso, inmóvil. Me quedé quieta contemplando el color. No sentí miedo, pero sí perplejidad. Al parecer mi madre se había dado cuenta de mi escapada, me había seguido y me llevó con ella. Lo supongo porque ella afirma que la serpiente era parda. Yo no, yo la vi verde, casi fosforescente, irreal. Acaso mi mente seleccionaba ya el color con que iba a dibujarla.

La última vez que vi una serpiente, sucedió hace unos años, fue en medio del campo, a unos kilómetros de Cadalso de los Vidrios. Tenía allí una casita, algo más que una choza, sin luz ni agua, y el autobús me dejaba a una distancia de media hora andando. Iba hacia ella mirando las viñas de alrededor llenas de uva, que daban un albillo extraordinario, y me indignaba que algunos aldeanos habían hecho arrancar las suyas para cobrar una compensación de la Comunidad Europea. Por los campos correteaban varias perdices lanzando, de vez en cuando, su canto áspero. A parte de esto: silencio total.

Caminaba despacio, recreándome, sin pensar en más, cuando, de pronto, mi pie dio con una piedra y miré hacia abajo. Allí mismo, a menos de un palmo, había una serpiente de escalera de unos cuatro metros atravesando el camino. También entonces me detuve. Nadie alrededor que pudiera auxiliarme si pasaba algo. Sabía que las de escalera no eran venenosas, pero podían acabar con uno si se le enroscaban. En aquel entorno cualquier cosa era posible, desde que te recibiera una abubilla, una golondrina cabecirroja o una salamandra hasta que surgiera una escolopendra o un escorpión al levantar inocentemente una piedra. ¿Qué hacer? Sencillamente dar un salto y seguir adelante.

No sospechaba yo entonces que poco después entraría la serpiente en mis versos de Variables ocultas, con propiedades esotéricas como para estimular a los alfabetos, y tampoco que traduciría el poema de Sujata Bhatt donde afirma que el mejor modo de cazar una Nerodia sipedon (serpiente nórdica de agua) es dejarse morder, aunque duele, pues tiene seis hileras de dientes curvos, pero no es venenosa. Luego se la apacigua.

El poema está puesto en boca de su padre, virólogo, que hacía esto para estudiarla y para que sus alumnos tomaran notas. Y concluye: "Después, yo siempre la dejo ir / la suelto en los bosques. / Es muy rápida -un súbito rayo / de energía- un destello negro / precipitándose como una flecha fuera de mis manos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 1 de agosto de 2011