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Crítica:

El sentido de la vida y de la muerte

V. S. Naipaul, tan buen escritor como persona de mal carácter, detesta que a sus libros de viajero se los denomine libros de viaje. Tiene razón, porque no lo son al uso; sus libros no se dedican a hacer descripciones sociopolíticas e históricas, aderezadas con anécdotas pintorescas, del país o países visitados sino que se adentra en las creencias sustanciales de los lugares que visita; vendrían a ser algo así como visiones del alma de un lugar y de la relación con sus habitantes. Las creencias son religiosas o simplemente mágicas y tradicionales, lo que da pie a tratar de recoger el sentido de la vida y la muerte de esos grupos humanos. Esta vez recorre Uganda, Nigeria, Ghana, Gabón, Costa de Marfil y la República de Sudáfrica. No son recorridos exhaustivos sino selectivos al servicio de lo que él busca, lo que le permite saltar con sentido de un asunto a otro sin perder el fondo general del libro; eso lo hace ameno, interesante y sugestivo. Él define sus viajes como viajes alrededor de un tema. Ya lo hizo con admirable eficiencia en el original Al límite de la fe, donde recorre cuatro países conversos al islam, pero no árabes.

La máscara de África. Un viaje por las creencias africanas

V. S. Naipaul

Traducción de Flora Casas

Mondadori. Barcelona, 2011

272 páginas. 21,90 euros

El leitmotiv de La máscara de África es, como el lector descubre enseguida, el clásico conflicto entre tradición y modernidad. En este caso, la modernidad viene representada por las religiones monoteístas que los comerciantes árabes y los colonizadores europeos sobreimpusieron a las culturas tradicionales africanas. Se trata, por tanto, de un libro de espiritualidad contemplada, de creencias y símbolos que afectan a lo más primitivo de la condición humana y así nos afecta; son ejemplares y nos descubren un mundo ignorado o despreciado por el mundo moderno. La reproducción en imágenes y reflexiones de ese alma africana está admirablemente expuesta por Naipaul y es un lujo literario que pone en nuestras manos una verdad que aún subsiste en el imaginario africano.

La tradición -o, mejor dicho, el desorden de la tradición- se manifiesta, de maneras distintas según las regiones, en la religión y en sus reyes, y en todos los lugares aparece una vivencia de extrema crueldad asociada al poder y a las tradiciones. Así, el paganismo primitivo es despreciado por el modelo de orden social y moral que proponen las religiones no africanas de cristianos y musulmanes. Naipaul, en su indagación, va desvelando tanto realidades ancestrales como actitudes modernas donde subsisten formas de vida dolorosas, como la espléndida, lúcida e impactante descripción de un harén que se inicia con la imagen de un cuadro de Delacroix. Naipaul muestra la lucha y dificultades para crear una sociedad civil en medio de esa mezcla de religión autóctona e impuesta, de tradición y establecimiento de leyes; las leyes son códigos escritos, la religión tradicional, no. La tradición pertenece a la memoria y tiene el alcance de cuatro o cinco generaciones; el orden cristiano o musulmán está codificado en forma de libro de manera perenne.

Por tanto, el conflicto está a la vista. El africano consciente de los países que Naipaul visita es por lo general un hombre o una mujer desgarrados. De una parte está la tierra legada por los antepasados; de otra, el deseo de una civilidad que los impulse a salir de la miseria y el desconocimiento, pero que, sin embargo, les es extraña. En las formas culturales originarias es constante el modo en que se relacionan con sus antepasados. Los antepasados no han muerto sino que se han ido, pero no se dirigen al más allá; ese haberse ido significa que están, pero no pueden verlos; tampoco son fantasmas sino que se han retirado; por ejemplo, al bosque sagrado, donde pueden ser conectados por los magos. En fin, todo este rico imaginario pendiente tiene en Naipaul un gran relator. Su prosa posee la determinación y precisión de su mirada, lo cual crea un ritmo pausado conducido por la serenidad del hombre que se acerca sin prejuicios a la realidad circundante.

El ejemplo excelente sería el relato de la situación de los pigmeos en Gabón. De una parte, son pura cultura de la selva y, por tanto, de recinto cerrado; por otra, muestra su inteligencia para aceptar otra realidad ajena a la misteriosa de la selva sin abandonar ésta. Los pigmeos son "los que saben hablar con la selva", pero sus enseñanzas han sido decisivas para otras tribus. El lamento actual es por los más jóvenes, afectados por el mundo moderno, el alcohol... El choque es permanente y lo es de identidad y de modelos de sociedad. El capítulo final, dedicado a Sudáfrica, "donde la distancia entre metáfora y realidad es muy pequeña", lleva a su límite -y quizá al futuro- el conflicto entre creencias y leyes. Un libro admirable sobre la sustancia de un continente que aún nos resulta tan ajeno.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 23 de julio de 2011

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