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COLUMNA

Más tronos

Acaba la primera temporada de Juego de tronos, basada en los libros de George R. R. Martin, como la más adictiva ficción del final de curso. Las tentaciones, que la inclinaban hacia modelos tan desalentadores como exitosos, han sido esquivadas para centrarse en la potencia de personajes y tramas, más que el exhibicionismo de los cuatro millones de dólares por episodio. La furiosa hormonación de Spartacus o la carbonizada estrategia del relato histórico para proponerle a la gente un paseo por la ESO lleno de atracciones adrenalínicas, ensombrecían la propuesta de Juego de tronos. Pero pronto se enderezó y los salvajes altibajos de la familia protagonista, la capacidad de reinvención de sus personajes sin recurrir a la incoherencia, han ido construyendo un recorrido desasosegante.

Los personajes poseen un físico marcado, ya sea por la belleza, la fuerza, el dolor, el vicio o la brutalidad. Los hay demediados y disminuidos, los hay casi sobrehumanos, pero que de tanto en tanto reciben una herida real y dolorosa. El enorme reto del género fantástico es recrear con veracidad un mundo imposible hasta hacerlo transitable y entregar un código al espectador que nunca se traicione. Al contrario de series que han convertido la virtualidad del paisaje en una catarata de visiones impostadas, aquí los escenarios son veraces, destilan un aire emocional a lo Patinir. Puede que la delicadeza no sea la gran virtud de la serie, pero los aderezos transmiten verdad, mancha, vida. En tiempos donde la sugerencia ha sido descartada por desconfianza en los amos del mando a distancia, al menos una propuesta directa se gana el trono con dignidad.

La serie, con sus regiones míticas de Invernalia, Desembarco del Rey, fantasea con los tiempos remotos del miedo y el desamparo, con su reacción consiguiente de apego rotundo a la vida y sus placeres. Amenazas, epidemias, rigores han mutado en nuestro tiempo. Hoy esa arcaica pesadilla la representan otros poderes más trajeados, otros depredadores implacables. El hombre pelea por la supervivencia, incluso en la ficción, desde el día que osó ponerse de pie sobre el planeta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 12 de julio de 2011