Columna
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La no identidad como identidad

Uno de los problemas que han tenido que afrontar los protagonistas de la serie de acontecimientos que se originaron el pasado 15 de mayo, ha sido y es la falta de liderazgo externo, la falta de rostros en los que personalizar la movida y que permitieran a los medios de comunicación transmitir e informar como tradicionalmente lo han hecho. La expresión "indignados" ha sustituido asimismo la falta de identidad ideológica que permitiera colocar a los movilizados en alguna de las categorías programáticas a las que estamos acostumbrados en la contemporaneidad, que ayudan a simplificar la complejidad de matices ideológicos de cada quien. Es evidente que el calificativo indignados no nos explica demasiado sobre qué piensan y cuáles son sus coordenadas normativas o propositivas, pero de lo que nadie duda es de su capacidad para sacudir y alterar la forma de entender el mundo y, sobre todo, cómo relacionarse con el sistema político e institucional. Están marcando la agenda, y el discurso de ayer de Alfredo Pérez Rubalcaba lo demuestra. Tenemos, como ya se ha dicho, un movimiento en marcha que no se reconoce a sí mismo como tal movimiento y cuyos componentes, además, presumen de no tener etiqueta ideológica convencional. Lo que está claro es que expresan el sentimiento de frustración de muchos ante la tendencia a fragmentar solidaridades y comunidades, a convertir cualquier cosa en mercancía, a confundir desarrollo y realización personal y colectiva con capacidad de consumo. Hay evidentes amenazas a los derechos y al bienestar social alcanzado, sin que los poderes públicos sean capaces de proteger a sus ciudadanos, demostrando una evidente pérdida de soberanía y de legitimidad democrática.

Mucha gente empieza a darse cuenta de que la hegemonía neoliberal solo provocará, de persistir, más pobreza

No solo no hay dimensión ética alguna en el capitalismo financiero y especulativo, sino que además están en peligro las promesas de que, si nos portábamos bien, viviríamos cada vez mejor, seríamos más educados y gozaríamos de buena salud. La absoluta falta de control y de rendición de cuentas democrática de los organismos multilaterales y de las agencias de calificación de riesgos, añadida a las más que evidentes conexiones y complicidades entre quienes toman las decisiones políticas y los grandes intereses financieros, ha provocado que en Europa, por primera vez en mucho tiempo, se conecte conflicto social y exigencia democrática, reivindicación de derechos y ataques contundentes a la falta de representatividad de los políticos, tanto por su falta de respeto a los compromisos electorales como por su fuero y privilegios.

Mucha gente empieza a darse cuenta de que la hegemonía neoliberal, a la que han servido en Europa sin reparo y sin distinción tanto conservadores como socialdemócratas, solo provocará, de persistir, más y más pobreza y un deterioro general de las condiciones de vida de amplísimas capas de la población, y de que, frente a ello, poco puede esperarse de un sistema político y de unos grandes partidos que se han convertido en meros ejecutores a sueldo de tal hegemonía. Mientras, en Internet se conectan cabreos y acciones. El movimiento de cultura libre, con su habilidad de retournement (que dirían los situacionistas), es decir, con su capacidad de hacer descarrilar, reconducir y recrear todo tipo de producciones culturales y artísticas, ha servido de zócalo a la movida rompiendo moldes y derechos de propiedad, compartiendo y difundiendo. Se ha aprovechado, asimismo, la gran capacidad de inventiva y de contracultura hegemónica desplegada en América Latina, donde ya hace años probaron de manera directa y cruda las recetas neoliberales. El movimiento de cultura libre, con éxitos tan evidentes como Wikipedia, muestra la fuerza de la acción colaborativa y conjunta, sin jerarquías ni protagonismos individuales, combinando el ideal de igualdad con la exigencia del respeto a la autonomía personal y a la diferencia. Cada vez más gente, más preparada, más precaria, con mejores instrumentos, más conectada, servirá de voz a esa gran masa de ciudadanos que saben que las cosas van mal y que la situación actual no puede durar. Tratar de poner nombre al movimiento, tratar de identificarlo y de encasillarlo, significaría ahora limitar su potencialidad de cambio y de transformación.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.

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