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Reportaje:diseño

Algo más que un bloc de notas

La firma italiana Moleskine amplía sus diseños a gafas, mochilas y bolsas de viaje

Incluso las leyendas tienen que reinventarse. Lo marca el impulso de un tiempo, el presente, en el que algo nuevo es pasto del olvido al cabo de cinco minutos y que redefine la palabra cool 10 veces por segundo. Moleskine, la mítica marca de agendas y libros de notas, empezó su particular reinvención ya hace un par de lustros, cuando pasó de ser refugio de artistas y bohemios (la marca siempre ha publicitado su relación con genios como Picasso o Hemingway, aunque lo único que haya quedado claro es que todos usaban cuadernos de tapa negra similares, ya que en aquella época Moleskine ni siquiera existía) a venderse por librerías y tiendas de culto como el objeto que todos debían poseer: del ejecutivo de turno al creativo moderno.

Sin embargo, y a pesar de lo que diga la propaganda, la Moleskine no fue registrada como tal hasta 1996, cuando la compañía italiana Modo & Modo se hizo con la patente y decidió lanzar a lo grande aquella libreta que se hizo famosa en el París de los siglos XIX y XX por su excelente calidad y por ser refugio de los bocetos de todos los artistas que moraban en la capital francesa. En aquellos años, el recipiente no respondía a ningún nombre en particular, lo elaboraban artesanos de la Ciudad de la Luz que trataban así de satisfacer la generosa demanda surgida en las paradas que atiborraban los márgenes del Sena.

Así fue como aquel bloc de notas de tapa dura y tamaño reducido entró en la historia de la pintura y la escritura, aunque se la conociera por su genérico (la palabra "moleskin" hacía referencia a un algodón resistente) y no por un nombre comercial concreto.

Naturalmente, el marketing no perdona a nadie, y en cuanto algunos vislumbraron el potencial de la marca la polémica estuvo servida: Moleskine fue registrada y su (re)introducción en el mercado, esta vez como sello de calidad, se vio saludada por unas ventas de más de 30 millones de euros solo en Europa, pasando de unas ventas de 30.000 ejemplares en 1998 a más de cuatro millones menos de una década después.

Moleskine ha introducido desde entonces innumerables formatos, colores y cuadernos, diversificando su oferta para adaptarse a todas las necesidades y explorando las guías de viajes o las agendas como nuevos métodos para captar clientes. Sin embargo, hace un par de meses la compañía decidió dar otro vuelco a su estrategia y presentó en Milán tres nuevas líneas de producto que prometen dar que hablar.

Bajo la supervisión del diseñador Gulio Iacchetti, la marca presentó sus bolsas de viaje, una colección de lectura y otra de escritura. Iacchetti apuesta por el negro en el primer asalto de Moleskine a un terreno absolutamente desconocido para ellos. Las bolsas de mensajero, llenas de detalles interiores, son de corte netamente urbano, igual que las totebags o las mochilas. Todos los tejidos resisten la lluvia y siguen la tendencia de la ultracompartimentación del sector en estos días.

En la línea de lectura, Moleskine ofrece desde pequeñas lámparas portátiles para una cómoda evasión nocturna (con libros, se entiende), un soporte que se adapta al iPad o -lo más interesante- unas gafas con obsesión geométrica que pueden ponerse del derecho o del revés. La marca ha metido mano al goloso universo de la escritura con una colección de lápices y bolígrafos que huyen del estilismo ultrafino y que pueden fijarse a algunos de los nuevos blogs.

Moleskine persigue así -veremos con qué resultados- ampliar su radio de acción y pasar de la sencillez que la ha caracterizado hasta ahora en su aventura de papel a una mucho más ambiciosa. Eso sí, lo último de la marca ya no es tangible: en abril presentaron su primer bloc de notas digital. Con tapa negra, por supuesto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 29 de junio de 2011