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Reportaje:

Segunda mudanza en Belesar

Vecinos de O Saviñao planean aprovechar las obras de Fenosa en la presa para rescatar el campanario de una capilla, conservado bajo el agua 48 años

Toda la gente les preguntaba cómo eran capaces de dormir tan cerca del río, con el ruido de "os cachós". Pero ese amanecer del 2 de enero de 1963 Luisa se despertó precisamente porque no había ruido. Enseguida entendió lo que pasaba. Los cachóns, que allí son cachós, esos saltos que daba el Miño para salvar los desniveles, habían desaparecido tragados por un embalse que iba a ser el más grande de Galicia y terminaría llamándose Belesar. Luisa López Méndez, que tenía 10 años, fue a avisar a su padre, y mientras lo hacía ya se oían las voces de los vecinos, que alertaban desde fuera: ¡Señor Pedro!, ¡señor Pedro, están encorando! Y comenzó el último día vivido en Portomeñe.

Sabían que se aproximaba la partida, pero hasta entonces no habían empezado a hacer la mudanza. Luisa rescató primero sus vestidos. Metió toda su ropa en la cesta con tapas de ir al mercado y la subió al carro. Después fue a ayudar a su padre, porque su madre y su hermano habían marchado hacía un año a Barcelona con la idea de que algún día fuesen todos, empujados por la expropiación. Fenosa pagó 200.000 pesetas por la casa, la bodega, el hórreo, las huertas, los viñedos y algunas parcelas grandes más. No había nada que discutir, nada que negociar.

Hay escaleras y balcones intactos. Las cepas siguen agarradas a la tierra

Se despertó porque el río no hacía ruido. Fenosa estaba embalsando

Aquella mañana, la hidroeléctrica del conde empezó a embalsar y ellos dedicaron las horas de luz a salvar todo lo que pudieron. Los marranos, el maíz, las berzas que estaban crecidas, la mesa del comedor. A las gallinas las metieron en el hórreo mientras sacaban lo demás. La cerda, que estaba enorme, la habían matado casualmente el día anterior. Todavía no estaba despiezada, y su cuerpo muerto pesaba tanto que no podían levantarlo entre la niña y el padre. En plena mudanza, el señor Pedro se puso a descuartizar "la rancha grande" para no perderla.

La pista que salía de la aldea ya estaba anegada. Empujaron el carro por el agua hasta la capilla. Allí, el camino, que hacía una curva y empezaba a empinarse, estaba todavía seco. A última hora, la crecida ya había cubierto la planta baja de las casas. Al día siguiente, cuando volvieron bien temprano a ver si aún podían salvar el resto de las berzas, "solo se veía la punta del tejado". Al llegar la tercera jornada, el agua se había bebido O Penedo do Reló, un saliente de la roca en cuya sombra los viejos leían las horas.

Después de 48 años, Gas Natural-Unión Fenosa ha decidido reparar un fallo estructural, que anulaba desde hace medio siglo el caudal ecológico del Miño al otro lado de la presa, y ha vaciado como nunca antes el pantano, ahora a un 4,7% de su capacidad. Las ruinas del viejo Portomarín se vuelven a ver, como tantas veces, y a los del pueblo trasladado a las alturas se les acabaron los deportes náuticos. Pero hay otros pueblos y aldeas que estaban situados en valles más bajos, como Mourulle, con su puente; Porto y Portomeñe, que desde 1963 no emergieron y lo han hecho por primera vez en este vaciado histórico.

Hay excursiones a diario y lo que más sorprende es el estado de conservación. La madera, bajo el agua, se ha mantenido como el primer día. Los tejados, las puertas, los balcones, las escaleras están ahí, de momento todavía firmes, aunque todo el mundo comenta que el aire y el sol, ahora, van a pudrirlas deprisa, casi al mismo tiempo que los caparazones de cangrejo que se amontonan en el barro. Hay bodegas casi intactas, algún molino, la estructura del hórreo aquel que cobijó las gallinas de Luisa, caminos todavía dibujados, árboles y muchas cepas firmemente arraigadas en el limo seco.

"Tiras por ellas y no vienen", se maravilla José López Varela, un vecino de Reiriz, el pueblo de O Saviñao que era cabecera parroquial de Portomeñe. Pepe, de niño, iba siempre con las vacas, y a ayudar a su tío en la viña, a aquel valle abrigado. "Era un lugar muy alegre, siempre había gente. Tenía las mejores vides y se daban hasta las aceitunas. Venían los médicos de Monforte a pescar porque en los cachós se juntaban las truchas". Pero una de las cosas más bonitas que había en la diminuta aldea, para Pepe, era la capilla, construida en 1861. "En estos años que estuvo oculta, todo el mundo hablaba de que tenía un campanario muy feito. Y lo mismo se decía del portal". La campana ya no estaba entonces. "Un día llegaron los forestales plantando pinos, los rapaces se liaron a tirarles piedras y se la cargaron".

Desde que Portomeñe vuelve a respirar, en Reiriz se habla de trasladar, al menos, la espadaña. Un grupo de vecinos ya le ha pedido al alcalde de O Saviñao que abra una pista para que pasen las máquinas. A pulso sería bastante difícil desmontarla, salvar el desnivel cargando con las piedras y transportarlas hasta la capilla del cementerio nuevo, recién rematada, para reconstruir allí la estructura. El otro día, en misa, alguien comentó que a lo mejor hay que pedir permiso, aunque al final no les quedó a todos claro si tiene que ser a Gas Natural, a la Xunta o al Obispado. "La capilla era del señor Daniel", argumentaba uno. "Pero se la expropió Fenosa", decía otro. "Hace 50 años subimos las ropas del cura y el cáliz, que es de la parroquia", recordaba un tercero. "No creo que a nadie le importe que nos traigamos el campanario", opinaba uno más. "Tampoco les importó joderle la vida a los vecinos por cuatro cuartos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 23 de junio de 2011