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Reportaje:

Campos de trufas en O Courel

Varios vecinos ensayarán en Lugo cultivos de este hongo de lujo hasta 2013

No hay, en Galicia, otro lugar donde se reúnan las condiciones que impone la trufa para instalarse. Hace falta una precisa altura sobre el nivel del mar, combinada con suelos calizos de cierta pendiente. Aun así puede ser que al final este hongo tan cotizado decida que no quiere quedarse, porque hay algún otro hongo enemigo, o algo en la tierra que lo incomoda, aunque eso ya se verá hacia el año 2013, cuando se acabe el convenio por el que varios propietarios van a intentar convertir O Courel en potencia trufera.

De momento, en firme, solamente se han apuntado tres vecinos al proyecto, pero hay bastantes más que se lo están pensando. Quizás su decisión dependa del éxito de las primeras pruebas que van a llevar a cabo, mano a mano, el Centro Tecnolóxico Agroalimentario de Lugo (Cetal) y la Asociación de Desenvolvemento Rural Ancares-Courel.

Las áreas aptas para el cultivo coinciden con las zonas de cuevas

Si se deciden por las encinas, la primera cosecha tardará una década

La primera reunión para poner en marcha los ensayos tuvo lugar ayer en Folgoso. Allí estaban citados, además de los vecinos, los técnicos que van a asesorar y a financiar a los agricultores. El primer paso, inmediato, será recoger muestras de los distintos terrenos donde se supone que prosperará la trufa y mandarlas a analizar a la Universidade de Santiago. Los resultados de las pruebas (junto a los datos de vegetación previa, altitud y pendiente) se van a enviar luego al Centre Tecnològic Forestal de Catalunya, donde trabajan científicos especializados en la búsqueda de suelos confortables para las trufas.

Los terrenos ácidos, los más frecuentes en Galicia, no valen. Los hongos de alta cocina exigen suelos calcáreos, y en O Courel éstos aparecen formando largas vetas que suelen coincidir con las zonas donde abundan las cuevas. Son los mismos lugares que a veces aparecen en los periódicos porque unos arqueólogos encuentran los huesos de un uro y los restos humanos más antiguos de Galicia. O aquellos prados que un mal día se traga de golpe la tierra porque, debajo, el agua lleva tiempo excavando un gran vacío. Ahí es donde podrían llegar a proliferar las trufas. En el valle de Visuña, en Mercurín, en Paderne, en algunas laderas próximas a Moreda, y también en los campos de Hórreos, un pueblo que fue cabecera parroquial, con sus casas grandes, su iglesia, su camposanto, y después quedó desierto porque todos sus vecinos emigraron. Hace un par de años, dos de las casas de piedra volvieron a ser habitadas. Nació una niña y aquello empezó a revivir. La trufa podría terminar de darle su oportunidad al pueblo fantasma.

"Nos movemos con mucha incertidumbre", reconoce Raquel Zolle, coordinadora del proyecto Experimentación e implantación de parcelas piloto de trufa en la Asociación de Desenvolvemento Rural Ancares-Courel, con sede en Becerreá. "La idea surgió de conversaciones", explica, "la asociación está integrada con otros grupos de España en un programa de cooperación interterritorial que se llama Nuevos Horizontes y que financia el Ministerio de Medio Ambiente. A través de Nuevos Horizontes también vamos a probar nuevas variedades de manzana de sidra en Baralla y un sistema de recogida de castañas mediante redes en O Courel". Pero ninguno de estos ensayos genera tantas dudas como la trufa.

Si en Lleida concluyen que la tierra vale, entonces el Cetal costeará la compra de encinas en viveros especializados de Cataluña, Aragón o Soria, donde ya se sirven los árboles micorrizados con la trufa. El hongo subterráneo vive en simbiosis, adherido por filamentos imperceptibles a la raíz de la planta. En esa relación íntima, el árbol se encarga de hacerle la fotosíntesis y la trufa (o criadilla de tierra, como dice la Real Academia), le paga con sales minerales que toma del suelo.

Probarán diferentes tipos de trufa. La negra que se prefiere en España y Francia y la blanca, todavía más cara, que demandan los italianos. Y también ensayarán distintos árboles. A las trufas les gustan los avellanos, los robles y las encinas, pero Zolle habla preferentemente de estas últimas, que son las especies leñosas que dan más cosechas a la trufera asociada, unas 50, frente a las diez que se logran con el avellano. Claro que, con el avellano, el hongo solamente tarda cinco años en dar frutos, mientras que con el roble y la encina, le cuesta una década arrancar. En 2013, cuando expire el convenio de colaboración entre la Asociación de Desenvolvemento y el Cetal, todavía no habrá llegado la primera cosecha. "Pero entonces se podrá ver si el enraizado prospera", explica Zolle. Y luego solo quedará esperar, y vigilar.

En O Courel hay encinas autóctonas, pero los expertos en micología del Cetal prefieren partir de cero. Mejor buscar prados, terrenos sin árboles, para evitar la presencia de algún otro hongo simbionte que compita con la trufa y desbarate los planes. Además, cuando vengan los frutos, ya está previsto cercar los terrenos. Los jabalíes se pirran por las trufas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 14 de junio de 2011