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COLUMNA

La Miró

Para tratar la historia reciente de nuestro país necesitamos más profundidad de la que es capaz un fanático en la grada de su equipo del alma. Su visión particular no es ni tan siquiera pasado, es un presente enfermizo, imposible de compartir y tarado de fábrica. El Diccionario Biográfico de la Academia de Historia lo ha venido a demostrar. Por este camino la anomalía será eternamente nuestra normalidad.

La 2, en sus Imprescindibles, detuvo la mirada sobre Pilar Miró para confirmar que detrás de cada esfuerzo destacado de nuestras artes siempre hay una historia de fracaso, persecución y ruina. Más que un mercado común, quizá nuestro país necesite un sillón de psicoanalista, porque algunos de nuestros traumas son de manual.

Pilar Miró fue una mujer fuerte y a ratos agria, que tuvo que destinar las mejores armas de su melancolía a la pelea por el sitio, hasta pasar por ser déspota y solitaria. Tuvo el detalle de convertir cada obstáculo que se alzó en su camino en un amasijo de ruinas por el que los demás y las demás pudimos transitar sin desnucarnos. Ya fuera la censura, el sectarismo, el machismo o sencillamente la mediocridad, el camino de Pilar Miró fue un bosque de zancadillas.

Cuando los articulistas y rivales pillaron la pieza servida por los falsos compañeros de partido y pudieron cebarse con ella y su factura de bragas, aquella mujer hecha trizas no solo acabó ganándose la absolución judicial, el avergonzado paso atrás de la fiscalía y el perdón de sus mejores enemigos, sino también el elogio unánime en la hora de la muerte. Galardón que España concede entre lágrimas a todos sus notables si prometen con su entierro dejar de molestar.

Triste es ver sus mejores conquistas pisoteadas. Aquella ley de cine que cambió la cara de una industria cochambrosa es hoy un invento resquebrajado por el poder absoluto de las televisiones, que deciden sobre lo que aparece en las pantallas como el Banco de España coloca una cara sobre los billetes de curso legal. Y sus dos años de mandato en TVE aún son un reto inalcanzable para los que asistieron a cómo la pequeña pantalla podía ser un granero de riesgo, transgresión y sobre todo calidad. La prefieren descansando en paz.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de junio de 2011