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EL RINCÓN

Dora García, entre un gato y un ratón

La intervención de la artista en el pabellón español de la Bienal de Venecia trazará "el mapa de las mayorías marginadas"

Sobre una mesa para los refrigerios y las lecturas, en el estudio barcelonés de Dora García (Valladolid, 1965), solo un gato y un ratón poseen una escueta precisión del movimiento. Un gato negro y un mouse de ordenador, lo único que los sentidos prefieren a la hora de inspirar un trabajo que se sumerge en la sombra de un nuevo conflicto entre lo marginal y su institucionalización. Al principio no debió de entusiasmarle mucho la idea de representar a España en la Bienal de Venecia ("no soy una artista de pabellón"), pero enseguida Dora García vio que en aquella "inmensa feria" (así la llama) era posible "trazar el mapa de las mayorías marginadas". "De repente entendí la no adecuación de la bienal y de su público como algo interesante. Decidí que mi intervención tendría que hacerse de espaldas al público, en un espacio de precariedad. No se tocan las paredes del pabellón, ni apareceré como autora del proyecto. Se trata de prescindir de la platea, pasar por allí sin mancharse. Tampoco es un proyecto colectivo, sino algo iniciado". Dora García ha estudiado a fondo los escritos del teórico Franco Basaglia, psiquiatra italiano muerto en 1980 en plena madurez intelectual, a los 56 años, quien quiso recuperar la locura como una propiedad social común. Su intervención en la última Bienal de São Paulo de 2010, una serie de vídeos rodados en el manicomio-Estado de Juqueri, en Brasil, el mayor de Latinoamérica, aparece ahora como el preludio de su intervención en I Giardini. "El artista es algo incidental que cede su voz a los marginados. Trato de investigar la idea de exclusión, el autismo, lo que no se entiende o no tiene sentido". Tener razón cuando uno calla, resbalar entre los acontecimientos, como un buen bailarín, y desaparecer: el desfase entre las intuiciones de Dora García y el momento en que serán recibidas será crucial. García rechaza que se la alinee con autores como Santiago Sierra, en concreto con la obra que presentó en 2003 en el pabellón español: "Aquella era la obra de un insider. Yo hago arte outsider. Además me considero una artista sin obra, a la manera del triestino Bobi Bazlen. Pero no soy ni marginal ni marginada, simplemente admiro el malditismo". En su apartamento del barrio del Putxet solo rompen el silencio los pájaros y la música del afilador. El orden en las estanterías y el sentido de la provisionalidad que emerge con ímpetu de sus palabras hacen pensar que Barcelona será una agradable parada en el camino. "Me gusta la condición de extranjería. Durante mis años en Bélgica me sentía bien así. Apenas llevo un año aquí y me ocurre lo mismo. Esta es una ciudad agradable, pero en realidad, da igual donde vivas".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 4 de junio de 2011