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Las consecuencias del 22-M

Por ser socialistas

Alfredo Pérez Rubalcaba aceptó el sábado 28 de mayo ante el comité federal su candidatura a las primarias que dirimirán entre quienes se presenten a las mismas, antes del 13 de junio, cuál ha de ser la cabeza de lista del PSOE en las elecciones generales del próximo marzo. Se erigía así en primer aspirante a la presidencia del Gobierno.

Sus palabras de aceptación intentaron cambiar un ambiente abatido, impregnado de fracaso. Dijo que el PSOE es un partido que no busca derrotas dignas sino victorias democráticas. Afirmó que no se ganan las elecciones diciendo lo mal que lo va a hacer la derecha sino ofreciendo un proyecto propio. Ahí reside su primera enmienda. Porque desde ya antes de la campaña de las generales de 2008 desde La Moncloa se había preferido elegir como adversario al peor PP de entre todos los posibles, presentarlo como un peligro indeseable y favorecer así, por reducción al absurdo, la mejor cosecha de votos en evitación de males mayores. Por eso, el presidente José Luis Rodríguez Zapatero pensaba obtener ventaja de la exasperación sectaria por ejemplo de la Cope, calculando que ayudaría a que la grey socialista se mantuviera unida y votando, pese a los clamorosos fallos propios.

Ser del PSOE en estas elecciones, en vez de ser un valor añadido, habría restado

Tas escuchar sus relatos, a quienes habían sido derrotados en las elecciones locales y autonómicas, incluso de los que contaban con altísima valoración, Rubalcaba les dijo: "Habéis perdido las elecciones por ser del PSOE". O sea, que esa pertenencia, en esta ocasión, en vez de ser un valor añadido habría sido lo contrario, habría restado. Es como si la vergüenza hubiera cambiado de acera. Antes afectaba a quienes se proclamaban de derecha, ahora la suscitarían quienes aparecen encasillados como socialistas. Un fenómeno que puede tener una traducción parlamentaria letal para un Gobierno que aspira a mantenerse hasta la extinción natural de la legislatura dentro de 10 meses.

Porque, tanto en la primera legislatura de Zapatero como en buena parte de la segunda, apoyar al PP se veía por los distintos grupos parlamentarios como un desdoro con penalización a pagar ante la opinión pública, mientras que ahora podríamos asistir a un deslizamiento que invirtiera las actitudes y dejara al Gobierno y a su grupo en el desvalimiento de una soledad inaguantable.

Desde luego, el análisis de los resultados confirma en algunos casos el dictamen de Rubalcaba. Pero se impone indagar por qué "ser del PSOE" se ha podido convertir en un estigma que encamina a la derrota.

El primer movimiento es el de echar la culpa al empedrado, a la crisis. Pero la crisis ha sido para todos, Su encaramiento también ha sido desacertado por quienes bajo las siglas del PP comparecían ante las urnas en el ejercicio del poder municipal y autonómico con trayectorias prolongadas de despilfarro, déficit y corrupción y han quedado, sin embargo, indemnes o reforzados. Para unos ha sido el castigo rotundo; para otros, la indulgencia plenaria.

La segunda tentación es la de recurrir a los errores de explicación y al poder de percusión de la orquesta mediática ensamblada por el PP. Porque su estruendo traza una impenetrable barrera del sonido. Pero aquí tampoco hay que dejar al PSOE exento de responsabilidades porque cada uno se ha ido labrando sus propios aliados mediáticos. Que Zapatero merezca reconocimiento por la neutralización política de Televisión Española y de Radio Nacional, de modo que hayan dejado de ser el servicio doméstico del Gobierno de turno, no le exime de otros errores y caprichos, que han degradado la dieta televisiva y radiofónica de los españoles en línea con la Italia de Berlusconi.

Además, "ser del PSOE" ha sido también para otros de cuyo nombre no quiero acordarme una espléndida oportunidad de situarse ventajosamente en muchos lugares, que les han sido ofrecidos putantes se obsequiun prestare Deo, es decir, en los casos que examinamos, pensando obsequiar al Gobierno de Zapatero y predisponerlo así a favor.

Buen momento para recordar que quienes están en el poder, en cualquiera de las formas en que este se nuclea, nos deben un comportamiento personal irreprochable pero además han de responder del comportamiento de sus entornos. Para ellos no existe la salvación individual, a Poncio Pilato se le piden cuentas por cuanto pasó en su tiempo.

Llegados aquí, deberíamos ocuparnos de examinar la renuncia de Carme Chacón, quien anunció el jueves 26 que no se presentaría a las primarias sin que constara su decisión de ser candidata. Los motivos, de salvación pública, aducidos: evitar la división del partido, salvar la figura de Zapatero y no arriesgar la estabilidad del Gobierno, exigen la debida clarificación. Veremos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 31 de mayo de 2011