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Análisis:PENSAMIENTO

De regreso al orden

Dos libros de Michel Onfray y de Slavoj Zizek invitan a analizar las nuevas tesis sobre la coherencia, el oportunismo, el triunfo y la derrota

Se lo tengo dicho a mis amigos: "El día que os deis cuenta de que empiezo a escribir un cierto tipo de artículos, por favor, avisadme". La petición tiene que ver con algo que, francamente, empieza a preocuparme. Me llama la atención el hecho de que algunos escritores, por encima de casi toda sospecha, llegados a una edad, empiezan a publicar textos que parecen tener como denominador común una determinada actitud, de imprecisos contornos, pero que si tuviera que definir de alguna manera diría que se halla próxima al conocido "lo que va de ayer a hoy" o, incluso peor, al viejo "dónde iremos a parar".

Compruebo cómo, conforme cumplen años, tematizan ciertos hábitos de la juventud actual, despotrican del lamentable estado en el que queda el centro de las ciudades el sábado por la mañana, tras el paso de las hordas consumidoras de litronas, canutos y todo tipo de sustancias estupefacientes (algunos incluso cargan las tintas aludiendo al lamentable estado que ofrecen las calles de las zonas de copas, cubiertas de cristales rotos, tetrabriks de vino barato y vomitonas de adolescentes), se quejan por el estrépito provocado por el tubo de escape de las motos de esos niñatos, hijos de papá todos ellos, etcétera. De ordinario, los lamentos suelen ir acompañados de una toma de posición definida -inequívocamente progresista, por utilizar las categorías tradicionales, tan en cuestión desde hace ya un tiempo-, para que no haya dudas respecto a de qué lado se está. Y así, se contraponen tales excesos con el legítimo derecho al descanso que asiste a los honrados trabajadores (la mayor parte de los cuales no tiene más remedio que madrugar) o se compara tan regalada vida con la del ciudadano medio, agobiado por deudas, facturas e hipotecas, por citar sólo un par de los maniqueísmos más frecuentes.

"El futuro al que deberíamos ser fieles es el futuro del propio pasado", ha escrito Zizek

Constato igualmente que ese tipo de denuncias -que parecen estar sustituyendo definitivamente a las de carácter político o social, que antes ocupaban casi por completo las páginas de los periódicos- suelen dar lugar de inmediato a una oleada de cartas al director por parte de ciudadanos que se alegran de que, por fin (o, mejor dicho, "¡ya era hora!"), alguien se haya decidido a denunciar tales hechos. Qué quieren que les diga. Todo es correcto, perfectamente correcto, incluso -mal que les pese a los autores- políticamente correcto. Lástima que el contenido de tales denuncias nos suene tan familiar. Tanto que a veces uno llega a pensar, con Michel Onfray, que lleva toda la vida oyendo las mismas cosas, idénticas denuncias, parecidos reproches. Ay, el eterno retorno de lo rancio...

El asunto carecería de mayor importancia si no fuera porque dicha actitud parece constituir el correlato, en materia de costumbres, de un cambio de actitud que también tiene su expresión en materia de ideas políticas y que amenaza con convertirse en hegemónico, un cambio de actitud que tal vez cupiera denominar como de regreso al orden. El caso al que me voy a referir a continuación espero que ilustre la tesis que pretendo señalar. Últimamente, se ha convertido en un tópico muy socorrido de algunos periódicos conservadores el permanente sarcasmo dirigido hacia aquellos que etiquetan como los pijo-progres. No me escandaliza el sarcasmo, quede claro. Incluso estoy dispuesto a aceptar que más de uno se lo tiene merecido (en la ciudad en la que vivo llegamos a tener un alto cargo en el Gobierno municipal que se definía como antisistema, imaginen ustedes). Lo que sorprende es que quienes tanto se afanan en criticar esta caricatura no dediquen nunca ni un segundo a criticar a los pijo-pijos (o pijos pata negra, si se me permite la expresión). Digo que "sorprende" porque lo que los sarcásticos críticos cobijados en la prensa conservadora declaran reprochar a los pijo-progres es la contaminación que han sufrido precisamente de aquellos elementos que más deberían haber combatido, pero no su origen, esto es, la segunda parte del rótulo. Con otras palabras, sobre el papel de lo que se les acusa es de ser inconsecuentes.

Sin embargo, cuando uno se aproxima al detalle de la argumentación acaba dándose cuenta de que se les critica no tanto por haberse pasado al otro bando (el de los pijos, por continuar con esos términos) como por no haber abandonado del todo el suyo, por no haber renunciado por completo a sus viejos ideales. Al pijo-pijo, en cambio, no hay nada que reprocharle ni vergonzoso pasado alguno que recordarle: es, decididamente, uno de los nuestros. He aquí un uso particularmente perverso del valor de la coherencia, entendido como criterio puramente formal. Por lo visto, hemos de admirar a aquel que nunca abdicó de sus ideales juveniles, con perfecta independencia del juicio que estos nos puedan merecer (lo que, según parece, es cosa secundaria).

Frente a quien se comporta así, cualquiera que modifique su punto de vista originario habrá de resultar sospechoso, al margen por completo de que la mudanza responda al genuino propósito de estar atento a los cambios de la realidad para mejor transformarla o al mero oportunismo. No se trata de que nuestro conservador no perciba la diferencia entre ambas motivaciones: es que la misma le trae sin cuidado. Desde lo alto, contempla el espectáculo. Él y los suyos siempre lo dijeron, y ahora piensan que la historia ha terminado por darles la razón: nada puede con el orden existente.

Para todos los demás, son tiempos de derrota ("el futuro al que deberíamos ser fieles es el futuro del propio pasado", ha escrito Zizek). La expectativa de que este mundo fuera capaz de transformarse desde dentro en el sentido de una mayor equidad voló por los aires. Los desfavorecidos que alimentaron tal sueño son juzgados ahora como unos pobres progres trasnochados (no se sabe por qué, el adjetivo favorito de los conservadores). Aunque tal vez peor suerte, si cabe, hayan corrido aquellos otros desfavorecidos que llegaron a creer en la posibilidad de que una supuesta meritocracia les permitiera medrar por su cuenta dentro del sistema, los que confiaron en salir airosos en la desigual batalla de la competitividad generalizada. Infelices: ignoraban que el individualista que vence es un triunfador, pero al individualista derrotado -máxime si viene de abajo- no le queda más estatuto que el de mero resentido.

Política del rebelde. Michel Onfray. Traducción de Marco Aurelio Galmarini. Anagrama. Barcelona, 2011. 328 páginas. 19 euros. En defensa de las causas perdidas. Slavoj Zizek. Traducción de Francisco López Martín. Akal. Madrid, 2011. 480 páginas. 32 euros.

Manuel Cruz, premio Espasa de Ensayo 2010 por Amo, luego existo, es editor del volumen colectivo Las personas del verbo (filosófico), que editará Herder.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de mayo de 2011