Columna
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Orquesta Carioca

"¿Por qué cuatro politiquillos me tienen que decir a mí lo que tengo que hacer?", escuché bramar el otro día en una terraza a un tipo de esos que expresa sus ideas con una firmeza que pone a prueba la consistencia del nudo de su corbata. Si lo conociese de algo y no me acobardase tanta solidez argumental, le hubiese puesto un par de ejemplos, empezando por la ventaja que ha supuesto para la civilización la obligatoriedad de conducir todos por el mismo lado de las carreteras, entre otras imposiciones. Obviamente, el encorbatado con altavoz incorporado no era un libertario, sino alguien capaz, con un par de hervores más, de fundar las Milicias de Arizona en Betanzos, y discursos como el suyo se oyen cada vez más, y no solo por el volumen con que se emiten.

El descrédito de la política no es por las corruptelas sino por la reacción posterior
Decenas de mujeres fueron explotadas ante la omisión de todas las instituciones

"La baja estima de la clase política entre la ciudadanía es una prueba de madurez de esta sociedad. Porque luego distingue entre unos políticos y otros", me sorprendió escuchar al día siguiente al presidente Alberto Núñez Feijóo en la toma de posesión de Miguel Cortizo como delegado del Gobierno. Yo no tengo tanta fe en la clarividencia de la ciudadanía (claro que Feijóo está donde está gracias al apoyo de los ciudadanos, y yo no). No estoy muy de acuerdo con la conclusión, pero me adhiero firmemente a la premisa, y más estos días. Hay que ser tan iluso como un accionista de Nueva Rumasa para acreditar en una clase política que forma y conserva ejemplares como esos alcaldes de la Costa da Morte imputados en la Operación Orquesta, presuntos beneficiarios de apaños como exigir el 5% de obras tan necesarias, demandadas y aplaudidas como la inversión de 400.000 euros en un campo de hierba artificial en un lugar tan de secano como Fisterra. O de la que pretende formar parte el funcionario responsable de la emisora municipal de Arzúa, que por un aumento de sueldo estaba dispuesto a aplicarle los principios elementales de la manipulación periodística a sus ahora compañeros del PP.

El descrédito no es tanto por esas presuntas corruptelas de medio pelo (pruebas de la vigencia internacional de la máxima mexicana "yo no quiero que me den, sino que me pongan donde hay") sino por la catadura ética y política de las reacciones posteriores. En el caso de la Costa da Morte, los imputados no le echan la culpa a los constructores, a la policía, o ya puestos, al juez, sino a los medios que cuentan lo que dicen los anteriores. En el de Arzúa, los argumentos con que pretenden exculpar al ganapán son los de que "qué clase de persona graba a otra en un despacho oficial" (pues alguien que tiene la rara decencia de rechazar la oferta de ensalzar su gestión y hundir a la oposición, y quiere tener pruebas de ello) o la de que si hizo lo que no puede ahora negar que hizo fue "en su condición de funcionario, no en la de político" (si alguien está dispuesto a denigrar su trabajo y hundir al que ahora es su partido por 500 euros al mes, no me imagino lo que será capaz de hacer en un cargo).

Y en Lugo, durante años, decenas de prostitutas fueron víctimas de unos maleantes, con la complicidad y/o la omisión de todas las instituciones del Estado de derecho. Ya sé que hay gente -y yo se lo he escuchado a policías- que dice que las mujeres que son traídas a España para ejercer la prostitución ya saben a lo que vienen. Imagino que unas sí y otras no. Pero yo también me metí a periodista creyendo que sabía dónde me metía (ya saben, no le digan a mi madre que soy periodista, ella cree que trabajo de pianista en un burdel), pero si pudiese y supiese ganarme la vida como carpintero, y decidiese dejarlo, no creo que tuviese que temer represalias del director de este periódico, o me aterrorizase que los sicarios de su delegado en Galicia castigasen mi desafección en mis hijos.

La instrucción judicial de lo de la Costa da Morte, Arzúa o la Operación Carioca de Lugo concluirá con la condena o absolución de los numerosos implicados en esos casos. Que hasta entonces, los partidos políticos que los acogen no se limiten a acogerse a la presunción de inocencia-judicial- e insistan en sostenella y no enmendalla, o en que de ser cierto no es para tanto, es una prueba palpable de la sobreabundancia de ilusos o de que, como se lamentaba Octavio Paz, ningún pueblo cree en su Gobierno y, a lo sumo, los pueblos están resignados. Y que argumenten, como creo que quería sugerir Feijóo, que el respaldo electoral o social es una prueba de inocencia, demuestra aquello que decía Churchill de que el mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 21 de abril de 2011.

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