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COLUMNA

Pregúntele al perro

"No hay segundos actos en las vidas americanas", escribió Scott Fitzgerald. El primer acto de la vida de Tennessee Williams, glorioso y refulgente de luz, acaba en 1961. El dramaturgo aún no lo sabe, pero el estreno de La noche de la iguana, con Bette Davis y Patrick O'Neal, va a ser su último triunfo en Broadway. La obra, bañada por el bálsamo de la redención, hacía pensar, igualmente, que TW, de quien este año se conmemora el centenario de su nacimiento, había hecho al fin las paces con sus numerosos demonios: una madre terrorífica, una hermana lobotomizada (a la que adoraba), una naturaleza casi bipolar que subía al cielo con tanta facilidad como bajaba al pozo.

A partir de 1961 empieza un calvario de crisis y rechazos que duraría hasta su estúpida muerte (tapón, asfixia) en 1983; un vía crucis de más de veinte años durante los cuales, y esa es su gran lección, no arrojó la toalla ni dejó de escribir un solo día. Antes he hablado de un glorioso primer acto, pero las rosas no llegaron sin espinas. "La revista Time, que detestaba a los homosexuales", cuenta Gore Vidal, "atacó con insólita fiereza todo lo que TW estrenaba o publicaba. 'Ciénaga fétida' fue la expresión más frecuente para describir su obra". En el segundo acto, TW perdió a Frank Merlo, el amor de su vida; perdió el aprecio de crítica y público, y perdió el norte de su brújula entre pastillas, alcohol y depresiones cíclicas. En ese ventenio atroz, sin embargo, mientras entra y sale de clínicas psiquiátricas y curas de desintoxicación, escribe novelas, cuentos, poemas, sus fantásticas (aunque demasiado breves) memorias, y una treintena de obras, que estrena, como solía decir, "cada vez más lejos" (primero en el off-Broadway, luego en el Off-off, luego en provincias remotas) o que ni siquiera llegan a ver la luz. Piezas irregulares, que ahondan en la doble senda, más poética que dramática, casi experimental, abierta por Camino real (1953) y De repente el último verano (1958), alternando la tranche de vie con el gótico sureño y la farsa tragicómica (la "slapstick tragedy", según su propia definición) a menudo de tinte expresionista, a veces oscuras hasta rozar lo incomprensible, y desde luego muy poco representadas entre nosotros.

Tamayo estrenó, sin éxito, Camino real; William Layton presentó, a mitad de los setenta, De repente el último verano en el añorado Pequeño Teatro del TEI en la calle de Magallanes, y el Valle-Inclán la recuperó de nuevo hará unas pocas temporadas, dirigida por José Luis Saiz. El mismo día de su muerte, el Lliure estrenó Aviso para embarcaciones pequeñas, dirigida por Carlos Gandolfo; hará cuatro o cinco años, Xavier Albertí ofreció en el Romea, bajo el título de Tennessee, un montaje que recopilaba En un bar de un hotel de Tokyo, The Gnadiges Fraülein y Un análisis perfecto hecho por un loro. Quizás sería interesante revisar la malditísima Out Cry, estrenada en 1973 pero que siguió reescribiendo una y otra vez, y Clothes for a Summer Hotel (1980), sobre la locura de Zelda Fitzgerald. De ese periodo, en su faceta narrativa, se han publicado o reeditado, en cambio, abundantes textos. Bruguera recuperó en 2006 su novela La primavera romana de la señora Stone y en 2008 las Memorias; Alba publicó recientemente los relatos de Ocho mujeres poseídas (Eight Mortal Ladies Possesed) y Errata Naturae hizo lo propio con Mal trago (Hard Candy). Pienso ahora que quizás el único caso de supervivencia a la "maldición del segundo acto" sea un dramaturgo muy cercano en muchos aspectos a TW: Edward Albee, que conoce la misma gloria inicial y el mismo calvario, que transita (o se desvía) por un camino experimental, pero que renace, inesperadamente, a mitad de los noventa con Tres mujeres altas y conoce de nuevo el éxito multitudinario una década después con La cabra. TW no tuvo su suerte ni, desde luego, su longevidad. Pero lo que no perdió nunca, además del coraje, fue el humor. Mi anécdota favorita tiene lugar durante un coloquio con estudiantes en la Universidad de Yale, en 1973. En la primera fila hay una alumna ciega con su perro. Levanta la mano y le pregunta: "Señor Williams, ¿cómo valoraría su actual situación en el teatro americano?". Cuando termina de reír, TW contesta: "Pregúntele al perro".

Marcos Ordóñez (Barcelona, 1957) ha publicado recientemente Turismo interior (Lumen. Barcelona, 2010. 301 páginas. 19,90 euros).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 16 de abril de 2011