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Crítica:CANCIÓN | Jorge Drexler

La sonrisa del seductor

Hubo épocas en las que Jorge Drexler, hombre de verbo meloso, lúcido y socarrón, dejó que prevaleciera el caballero tímido que le habita y se mostraba extrañamente poco comunicativo. Nada que ver ni con la gira anterior, Cara B, ni con el momento actual. El trovador uruguayo y vecino de Chueca puso fin anoche a una exitosa serie de tres conciertos en el Coliseum impartiendo una clase magistral de empatía con su auditorio; mostrándose inteligente y cercano, seduciendo con esa sonrisa cómplice que no se le escapa de la boca en este periodo dulce de su vida.

La comunión entre artista y concurrencia no la pudo parar ayer ni una severa afección de garganta. Por eso Drexler se pasó medio concierto loando las virtudes del Urbasón de 40 miligramos, que para algo le han de servir los años en la Facultad de Medicina. En tiempos de receptividad y expansión, una mala inflamación no es óbice para suministrarle a los fieles una generosa dosis de historias. Dos horas y media cantó, parlamentó y cautivó el autor de Todo se transforma, y gritemos tres hurras por la fórmula de la metilprednisolona. Elegante como suele, con americana progre, camisa blanca y corbata fina, Drexler inauguró la sesión con Todos a sus puestos, una letra que funciona bien para ir incorporando a su nutrida escolta instrumental. El de Montevideo ha abrazado la opción natural e inteligente de regresar a los sonidos acústicos, tras años de muchas (y muy buenas) probaturas con el latido de las máquinas. La alineación actual, con marimba y sección de metales de tres integrantes, arroja una perspectiva novedosa y espectacular a sus clásicos, sobre todo en los casos de Polvo de estrellas y Transparente. Jorge juega en ellas con los ritmos, las voces, los timbres, los silencios, las percusiones y la complicidad de la platea. Y para lo demás siempre queda la baza de Carles Campi Campón, hombre a un tiempo analógico, digital y renacentista, a juzgar por su capacidad para manipular cualquier instrumento, convencional o no.

El artista guarda mucha munición en la recámara y sabe suministrarla bien

En realidad, la única traba en el presente espectáculo de Drexler proviene de su último disco, Amar la trama, cuyos contenidos se quedan en terreno de nadie cuando los confrontamos con los de la trilogía gloriosa (Frontera, Sea, Eco) y ese álbum de ruptura a calzón quitado que fue el casi suicida Doce segundos de oscuridad. El repertorio nuevo constituiría un sueño húmedo para muchos cantautores, pero en los parámetros drexlerianos anda escaso de profundidad, intencionalidad, argumento. El público solo celebra Las transeúntes y Una canción me trajo aquí, composición que, para más inri, ya habían exprimido Víctor y Ana en su gira homónima unos cuantos años atrás. El resto agrada, pero se desvanece en la memoria con la misma vulnerabilidad de ese protagonista (el propio ser humano) de 3.000 millones de latidos.

Sin embargo, nuestro hombre de sonrisa perenne guarda mucha munición en la recámara y sabe suministrarla bien. Ofrece un interludio tanguero con un Se va, se fue mucho más arrastrado y expresionista que el original. Dispone hasta a tres de sus músicos frente a la marimba con Aquellos tiempos, su candombe sobre el Montevideo iniciático de 1983. Y hace uso de la artillería pesada en el capítulo de invitados; no por la popularidad de sus nombres, sino por la excelencia de sus méritos. El estupendo cantautor brasileño Vítor Ramil, hasta ahora inédito en la ciudad, asomó por tercera noche consecutiva. Pero la conmoción llegó con el repentista (improvisador) cubano Alexis Díaz Pimienta, cuya capacidad para componer décimas sobre la marcha supera los límites de lo prodigioso.

Al final, ni los charcos sobre el asfalto ni la melancolía del domingo por la noche impidieron que el público desfilara radiante por la Gran Vía. La sonrisa del seductor constituye, ya lo ven, un patrimonio bien contagioso.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de abril de 2011