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Crónica:SILLÓN DE OREJAS

Alta costura y topos bulímicos

Hace tiempo que quería referirme a la editorial Elba, uno de los proyectos editoriales más interesantes surgidos en los últimos meses en un sector en el que abundan las nuevas propuestas a cargo de emprendedores que nadan contra corriente. Contra corriente significa, en este contexto, a contrapelo del mainstream cada día más uniformizador y clónico del que no se despega (salvo reconfortantes y escasas sorpresas) la programación editorial de los grandes grupos. Pero también contra la crisis y la palpable (que se lo pregunten a los sufridos libreros) restricción del gasto en la compra de libros. Elba es un buen ejemplo de esa voluntad de distinguirse imaginativamente, pero sin histrionismos, de tanto producto previsible en las mesas de novedades. En el medio año que lleva publicando ya ha conseguido hacerse notar como un sello de nicho y exigente y, quizás por ello, poco compatible con la vorágine de un mercado bulímico que engulle con ansiedad y devuelve lo que no asimila instantáneamente. Buenas traducciones, textos cuidados, cubiertas dignas y funcionales, cuando no exclusivamente tipográficas, son otros tantos elementos que plantean un evidente guiño de ojo a un lector que, aunque ya inmerso en lo digital, ama tanto la estética del libro de siempre como esas familiares sensaciones -el leve rumor de las páginas al ser pasadas, por ejemplo- que acompañan la lectura pausada. Incluso algunos de los libros se publican intonsos, por lo que el lector debe separar las páginas para poder leerlas, una anacrónica operación que prolonga en el plano físico la sensación de desvelamiento inherente a toda lectura. Elba publica obras breves: básicamente literatura memorialística y textos de y sobre artistas, entendiendo el término en su sentido más amplio. Hace unas semanas leí con provecho la pequeña selección de Cartas sobre el arte, 1916-1956, de Marcel Duchamp, en las que se manifiesta de modo particularmente espontáneo su visión iconoclasta de lo que ahora entrecomillamos como "obra de arte". Pero hoy quiero recomendarles especialmente las Cartas a Yves, que recoge las que Pierre Bergé escribió, a modo de adiós definitivo, a su socio y amante Yves Saint-Laurent, tras la muerte de éste en junio de 2008. Bergé, empresario, millonario, socialista, militante homosexual y conspicuo mecenas y coleccionista de arte, conoció a Yves Saint-Laurent en 1958, poco después de su ruptura sentimental con el pintor Bernard Buffet, quien, a su vez, se había enamorado perdidamente -y contra todo pronóstico- de la cantante, modelo y escritora (y luego su musa) Annabel Schwob. Cuando se conocieron, Saint-Laurent trabajaba como estilista en la casa Dior y ya se había hecho notar en el competitivo mundo de la haute couture. Aquel encuentro inició una apasionada relación amorosa y una fructífera alianza profesional que duró medio siglo. Bergé fue el artífice económico y gerencial de la carrera artística de su amante: consiguió fondos para montarle su propia firma, financió todos sus proyectos y le permitió dedicarse exclusivamente a la creación. Estas cartas dirigidas a quien ya no podía leerlas son el emocionante testimonio de aquel amor y de la soledad y el desgarro que abatieron a Bergé, los mismos que han experimentado todos los amantes a quienes separa la muerte: "Por mucho que me esfuerce en vivir como si no hubiese pasado nada (...) no hay nada que hacer: tropiezo una y otra vez con tu ausencia". Un hermoso libro, apasionado y culto, y una despedida que es, a la vez, el repaso elegíaco de una fascinante vida en común.

Sectorial

Mis topos en el XXII Congreso Nacional de Libreros, celebrado estos últimos días en Las Palmas de Gran Canaria con escasa cobertura mediática (¿no la buscaron o no pudieron obtenerla?), me han informado de que en la sesión de apertura, mi querido Director General del Libro (etcétera) sorprendió a la audiencia con un discurso que a muchos sonó a despedida y en el que, casi, casi, lo único que faltó fue el ruego de que el último en salir apagara la luz. No es -me reiteran mis eficacísimos tálpidos, agotados de cavar sus tortuosas galerías en el subsuelo ideológico del sector- que el incombustible don Rogelio, que ha sobrevivido (por ahora) a tres ministros, a varias crisis (políticamente) sísmicas y hasta a los bombardeos de Bengasi, no goce ya de la confianza leonesa y aguerrida de su presidencial valedor, sino que, tal vez abrumado por el pesimismo de los sondeos, vea próximo el final de su mandato. Pero sería un error: todavía le queda probablemente un año, tiempo suficiente para que reúna en su despacho a editores y libreros y ponga el broche de oro a su difícil gestión, mediando para que las partes lleguen a acuerdos en un aspecto que se me antoja preocupante. Resulta que, sin que nadie se lo esperase, en el Congreso de mis adorados libreros (¡que tengan larga vida tanto analógica como digital!) se presentó una nueva base de datos bibliográfica (pueden ojearla en www.todostuslibros.com) en la que se ofrece información acerca de millón y medio de títulos, así como de la disponibilidad real (en las librerías asociadas a Cegal, máximo organismo representativo de la profesión) de más de medio millón de ellos. La base, de uso público y gratuito, ofrece alguna prestación más, como la lista de los 100 libros más vendidos en las librerías asociadas. En todo caso, todostuslibros.com es un subproducto para todos los públicos de Cegal En Red, la base de uso interno de los libreros. Como se sabe, mis (también) adorados editores han conseguido de este Gobierno socialista la privatización y gestión del ISBN (cuya consulta podría dejar de ser gratuita) y, además, están muy contentos con Dilve, una plataforma de gestión e información bibliográfica "destinada a todos los profesionales de la cadena del libro" y que se alimenta de los datos proporcionados por los editores que deseen hacerlo. De modo que, si todavía sé sumar, en este momento existen en el ciberespacio cuatro bases de datos y consulta bibliográfica diferentes, pero ninguna del todo buena y todas más o menos "en proceso". De ahí que sería conveniente que unos y otros se pusieran de acuerdo y aunaran esfuerzos para conseguir la mejor posible, sin olvidar que los lectores/consumidores (que son los que les dan de comer y que, por cierto, son parte esencial de la "cadena del libro") también se merecen disponer de su ración de información gratuita (aunque haya otras de índole comercial que sean de uso restringido). Miren: a veces pienso que los protagonistas de este sector conviven con la misma ausencia de comunicación que esos vecinos que comparten un mismo rellano en una casa de pisos y que sólo conocen del otro lo que escuchan amortiguado a través de las paredes. El día en que mejore la comunicación este sector se pondrá a la altura que se merece. Por lo demás, mis insaciables y bulímicos topos (todos menos uno lectores de Le Carré) me contaron que en las galerías que perforaron por la noche en los sótanos del Auditorio Alfredo Kraus se pusieron ciegos (aún más) de lombrices. Felicidades.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 26 de marzo de 2011