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Esperanza Parada, el don y la conquista

Vivía con su marido, el escultor Julio López Hernández, en una de esas colonias para proletarios, menestrales y empleados de los años veinte que aún se conservan milagrosamente en Madrid. La casa es pequeña, de dos plantas, con un angosto jardín alrededor y a la sombra de unos árboles copiosos que Esperanza Parada (San Lorenzo de El Escorial, 1928) y Julio López plantaron hace medio siglo.

Lo sobresaliente de un lugar como ese y del barrio y de su calle es el silencio, un silencio sobrehumano, diríamos, a todas horas del día y de la noche, como si aquel lugar no estuviera en Madrid. Nada se oye allí, excepto los pájaros. Siempre hay pájaros, en todas las estaciones. Hablan ellos y hablan los árboles. A veces, también, muy raramente, se oyen a lo lejos los pasos misteriosos de alguien que camina cerca, al que nunca se llega a ver. La casa por dentro es igual que la casa que nos hemos imaginado desde fuera. Entra en ella el sol por los cuatro costados, y es alegre, y lo es también cuando llueve, cosa más rara aún. La casa, más que el rostro, es el espejo del alma. En esa casa, dispuesta de una manera sobria y distinguida, hay obras de todos sus amigos, y de ella misma a la sombra de unos aguafuertes de Baroja.

Un mundo, una época, otro Madrid: Amalia Avia, Lucio Muñoz, María Moreno, Antonio López, sus cuñados Paco López e Isabel Quintanilla, su marido, ella misma. Los silenciosos. Así deberíamos llamarlos, porque así es como han vivido la mayor parte de ellos y la mayor parte de su vida, recogidos, haciendo su trabajo, sosteniendo sin queja y con tesón una realidad que se estaba deshaciendo a su lado estrepitosamente. Un día, hace más de 30 años, Esperanza dejó de pintar, y nunca lo entendimos. Esos misterios. Decía a medias: "Julio crea y trabaja por los dos", y esa decisión jamás nubló la mirada más azul, risueña y transparente que hayamos conocido. Sus cuadros, el don, eran, son, bellísimos e íntimos, vuillardescos y simbolistas. Iban, van, por dentro, como también la lluvia del predio de sus mayores, en Bóveda.

Allí conservaba aún el viejo y monumental pazo donde pasaba la familia los veranos, pero no ha habido nada en su vida que no haya sido ese vivir discreto, aquí, en Madrid, para el trabajo, el estudio y el cultivo silencioso del arte, con su marido, primero, y luego también con la complicidad de sus hijas Esperanza y Marcela.

Vivió, noble y austera, con arreglo a estos principios. No siempre la vida, su conquista, fue fácil para ella, pero no perdió jamás esa sonrisa que hizo honor a su nombre y a su carácter, decidido, meridiano y pujante. Donde esté habrán ido con ella los pájaros, los árboles, y esos pasos misteriosos que acaso, por fin, se le revelen.

Esperanza Parada.
Esperanza Parada.ROBERTO DESIRÉ

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 02 de febrero de 2011.

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