Columna
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Hotel, dulce hotel

Está bien viajar, pero el verdadero placer del turismo es regresar a casa. De la misma forma que uno de los mejores momentos de la visita a una ciudad extranjera es llegar al hotel. Los hoteles actúan como una versión renovada, exótica, solícita del hogar. La provisionalidad de la estancia, el agujero de conejo que representan en nuestra rutina convierten a la flamante habitación en un refugio especial, único, en una residencia dentro de un tiempo regalado.

Muchos de los recuerdos asociados a las escapadas por España o el resto del mundo dependen de lo felices que fuimos en el hotel. De lo acogedor que resultase el edredón, la luz de la mesilla, de la amplitud de la ducha, de la cantidad de canales sintonizados en la televisión anidada en una esquina de la estancia. Cuando la fatiga de las calles nuevas, de los museos interminables, del sol de las plazas nos desgasta, basta pensar en el retorno a la habitación del hotel para encontrar un avituallamiento anímico y así proseguir con la botellita de agua mineral y la Nikon el recorrido turístico.

Casi ocho millones de personas se alojaron al menos una noche en un hotel de Madrid en 2010

Los hoteles no pretenden reeditar nuestra casa, ni siquiera, muchas veces, evocan la cultura del lugar donde se alzan. Son siempre el mismo hotel en todo el mundo, son un lugar en sí mismo con cientos de miles de variantes, son otra pequeña ciudad dentro de la ciudad, con su propia experiencia culinaria, su climatología, sus olores y sus texturas. Los hoteles, con el misterio de sus precios fluctuantes y sus silencios, de sus mueblebares y sus horarios de salida, son el reencuentro con nosotros mismos en un momento en el que jugamos, sin calcetines, a ser otra persona.

Sin embargo, como es lógico, no conocemos los hoteles de Madrid. Quienes residimos en la ciudad apenas hemos tenido la oportunidad de convertirnos en turistas de la capital o en ese trabajador por Azca en viaje relámpago. Solo la excusa de una infidelidad quizá nos conduzca a hospedarnos en nuestra propia metrópoli. Una metrópoli que redescubrimos cuando ejercemos de guías turísticos para las visitas, para esos amigos o familiares que si no pernoctan en nuestra casa lo harán en un hotel que, sin embargo, representará para nosotros un Madrid inédito. Las puertas giratorias de esos hoteles son una especie de frontera para el madrileño, la entrada a la impenetrable embajada del hogar ajeno.

En 2010, casi ocho millones de personas se alojaron al menos una noche en un hotel de Madrid. Todo un récord. Un 10% más que el año anterior. Quince millones de noches dormidas tanto por turistas como por trabajadores que fabricaron sus propias postales en la SD de sus cámaras o de sus retinas y luego se fueron a acostar por el centro o cerca del aeropuerto mientras soñaban con otras fuentes y otros cielos. Madrid es el primer destino de España para los viajeros. Por aquí se pasa un millón y medio más de turistas y visitantes que por Barcelona. El presidente de la Asociación de Hosteleros de Madrid, Jesús Gatell, asegura que "Madrid está de moda", aunque lamenta que los establecimientos de la capital sean "poco competitivos" y que hayan tenido que bajar un 30% los precios debido a la crisis. No creo que esta urbe esté de moda, sino que Madrid resulta atractiva precisamente porque se lleva recorrer los lugares que no están en boga.

Dos de cada 10 residentes en España que pasaron por un hotel de Madrid fueron precisamente madrileños. Más de cuatro millones de hombres y mujeres que regresaron de alguna manera "a casa" pero transformados en turistas, probablemente sin cámara ni mapa, pero mirando la ciudad con los ojos del forastero. Madrileños que ya no habitan aquí, que ni siquiera vuelven a una estancia familiar, sino que se acodan en una recepción y tras coger las llaves no aciertan a la primera con el interruptor de la habitación, donde se asoman a la ventana para encontrarse con la noche como dos desconocidos.

Madrid no nos quiere pero es complicado dejar de quererla, al menos un poco. Es difícil irse de aquí para siempre. Madrid no se abandona como se deserta de un pueblo, como se le da la espalda a un recuerdo o a un perro. Porque este lugar no se prende en el alma pero sí en el destino. Es imposible decir adiós definitivamente a quien no se ha poseído. Y aunque renunciemos a volver, Madrid, en algún hotel del mundo, se nos aparecerá en un sueño.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 01 de febrero de 2011.

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