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ENTRE FANTASMAS | FÚTBOL | 20ª jornada de Liga

Mañana será ayer

En ocasiones me pregunto por qué la gente quiere que le cuenten al día siguiente las cosas que, con sus propios ojos, han visto el día anterior. Los precavidos cronistas de antaño solían escribir la historia una vez muerto el tirano. En el fútbol, no siempre es imprescindible esperar tanto. Ya no le cortan la lengua al que cuenta más de la cuenta. Ni el pito al que pita a contratiempo. Al menos, hasta después del partido. No obstante, sigue siendo saludable cierta distancia histórica. Los sucesos se esfuman conforme acontecen pero sus consecuencias no tienen fecha de caducidad. Barajando hechos y alterando el orden cronológico, los 366 días recuperados por Alfredo Relaño para la historia del fútbol conforman un cosmogónico calendario en el que se tiene la sensación de que los más remotos recuerdos acaban de pasar ayer. Pero no teman, no voy a ponerme filosófico. Y, menos aún, nostálgico. Me piden que les hable, para variar, de dos fantasmas. Uno vivo y el otro muerto. Hace un rato, me lo preguntaron por enésima vez: ¿en qué se parece José Mourinho a Helenio Herrera? ¿O en qué se diferencian?, pregunto yo.

H.H. habría convencido a Benzema de ser el mejor delantero centro del universo en vez de humillarlo

El primero se define a sí mismo cuando dice: "Por favor, no me llamen arrogante. Soy campeón de Europa y pienso que soy especial". El segundo no era un narcisista petulante. También había ganado copas de Europa y de las otras. Y también era muy especial. Más, si cabe. Porque homologó la figura del entrenador antes que nadie y está en el origen del fútbol moderno. Según Beckenbauer, Mourinho usa procedimientos groseros y no ha aportado nada nuevo al fútbol. Puede que después del Barça de Guardiola ya no le quede nada que aportar, sugiere una maliciosa Amanda desperezándose en el sofá. Quizás su propuesta consista en la utilización de jugadores que, con sus aptitudes físicas y técnicas, resuelvan las dubitativas variantes tácticas que, hasta el momento, le hemos visto desplegar, apuntilla el capitán Grason. Mis equipos siempre juegan mejor el segundo año, replica el encausado. ¿Por qué amenaza, entonces, con irse en junio?, indaga la rubicunda Doris. Aunque se esfuerce en no parecerlo, Mou tiene un carácter subrepticiamente depresivo, diagnostica el fantasma del doctor Freud. Crea presión y nerviosismo en los jugadores, masculla el barón de Coubertin. La misma que siente él, concluyo yo.

En los aspectos psicológicos, Helenio y Mou recurren a similares argucias desde temperamentos opuestos. Por poner un ejemplo, H.H. habría convencido a Benzema de ser el mejor delantero centro del universo en lugar de humillarlo de cara a la galería. En aquellos tiempos, por cierto, no se permitía sustituir jugadores. Ni por lesión ni por cuestiones tácticas. Cuando su equipo se quedaba con diez, Helenio decía eso de "con diez se juega mejor". Y cuando se le preguntaba por qué, entonces, no sacaba a diez en lugar de once, contestaba "porque con nueve se juega peor". Se anticipaba cauteloso a que, por lesión, expulsión o baja forma, en el transcurso del encuentro, le fallara al menos un jugador y se consolaba proclamando que "un hombre menos es un espacio más". Esta sarta de boutades ponían de manifiesto un peculiar sentido del humor, no exento de lógica, que su supuesto sucesor está lejos de tener. El hecho de no poder cambiar jugadores, excepto al portero, daba lugar a estrambóticas situaciones.

La más frecuente, a veces simulada, era la llamada gol del cojo. El jugador lesionado solía situarse en un extremo y, cuando se olvidaban de él y la ocasión se presentaba, metía gol. Otras circunstancias resultaban dramáticas. Como cuando un defensa con desprendimiento de retina acudió al banquillo para decir que veía doble. "¡Mejor, así le darás dos veces!", respondió el entrenador y lo mantuvo en el terreno de juego. O cuando otro recibió un golpe en la cabeza y no sabía quién era. "¡Decidle que es Beckenbauer!", propuso el astuto mister de turno. Esas cosas pasaban y otras pasarán, y también caerán en el olvido. Porque, dentro de dos días, mañana será ayer.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 25 de enero de 2011