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Análisis:

Alarte en el torbellino

"¡Pero si los socialistas valencianos están por encima de la media del PSOE!". Un ex dirigente socialista valenciano atribuye al vicepresidente del Gobierno Alfredo Pérez Rubalcaba esta exclamación al referirse a las encuestas de intención de voto de estos últimos meses. Los devastadores efectos de la crisis económica y de las políticas que el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se ha visto obligado a adoptar lastran las expectativas de los socialistas en el conjunto de la geografía peninsular, y no sólo en el País Valenciano. Sin embargo, cierto autismo instalado en el PSPV-PSOE induce a algunos cuadros con aspiraciones a especular con la posibilidad de derribar al secretario general si no supera los resultados de Joan Ignasi Pla en las últimas elecciones autonómicas.

"Vamos a convertir la campaña en un plebiscito sobre un candidato corrupto"

"Hablan de Alarte como si pudiese hacer milagros, como si en la sociedad no cundiera el desánimo"

Nada nuevo en un partido erosionado por tres lustros de permanencia en la oposición, lleno de dirigentes embrutecidos en la lucha por parcelas de influencia en el seno de una organización sometida al fuego graneado del PP y del Consell contra el Gobierno socialista. En el equipo de Alarte, que alcanzó hace poco más de dos años la secretaría general con un apoyo ajustado y un mensaje de renovación generacional, existe la idea desde el principio de que un PSPV-PSOE maltrecho en su estructura debe esquivar la trampa de la confrontación a campo abierto con los populares, infinitamente mejor implantados en la sociedad. Su táctica consiste desde entonces en neutralizar en lo posible los estridentes conflictos institucionales que fabrica el PP y abrir poco a poco una agenda, reducida pero efectiva, de temas que puedan crear brechas en la política de Francisco Camps.

De ahí la contundente denuncia de la corrupción, convertida en columna vertebral del necesario cambio. Si algo ejemplifica la pesadilla en que se ha convertido la sociedad eufórica de los grandes eventos y la prepotencia ideológica del PP es el rosario de casos de corrupción que implica a los populares, con el presidente Camps a la cabeza, y pone en evidencia su sospechosa financiación. La campaña socialista de anuncios en radios, autobuses urbanos o salas de cine, además de buscar un poco de visibilidad para Alarte, es sólo el principio de un planteamiento electoral que quiere poner a los valencianos ante la cruda realidad de apoyar o no a un candidato imputado por dejarse sobornar, aunque sea en la más leve de las variantes, y que ha dejado entrar en casa a la mayor trama de corrupción política detectada en la historia reciente de la democracia española. "Nadie en su sano juicio puede despreciar esa bandera. Cuando cuelguen el cartel electoral de Camps, vamos a convertir la campaña en un plebiscito sobre un candidato corrupto", explica un miembro de la dirección del PSPV-PSOE, visiblemente molesto con el mensaje en sentido contrario que emitió José Blanco.

El viento a favor que el feo panorama de la corrupción suministra, sin embargo, se encontró de lleno con el vendaval de la crisis, en un choque de tendencias que ha situado las expectativas de Alarte en medio de un torbellino de tensiones difíciles de gobernar. El dirigente de los socialistas valencianos abrió pronto el frente del rigor presupuestario y la reorientación económica. Su plan de saneamiento y reforma de la economía plantea de manera razonable la necesidad de frenar el endeudamiento de la Generalitat y replantear el modelo del urbanismo salvaje y los costosos y efímeros proyectos vinculados al ocio.

Para moverse en un mar tan agitado, Alarte necesitaba una cierta tranquilidad en la tripulación. Por eso pactó con su adversario en el último congreso, Joaquim Puig, prescindir de otra confrontación en las elecciones primarias. Y entonces irrumpió en escena el ex ministro Antoni Asunción. Y casi al mismo tiempo el PP arremetió en los juzgados contra el portavoz parlamentario, Ángel Luna, tratando de morder su particular talón de Aquiles: el hecho de que, cuando estaba alejado de la política, trabajó como abogado para Enrique Ortiz, hoy en el centro de todas las tramas de corrupción. En la sede socialista de la calle de Blanqueries se encendieron todas las alarmas. El portavoz parlamentario del PP y consejero, Rafael Blasco, había repetido por activa y por pasiva durante el verano que la reentrada iba a ser "épica" y, para dar más teatralidad a su jactancia, redujo la primera reunión de los diputados de su grupo a la proyección de la película Invictus.

Fuese una operación concertada, como sostienen en el círculo más próximo al secretario general, o una conjunción de circunstancias, de repente el PSPV-PSOE veía cómo ponían en jaque al mismo tiempo sus dos piezas centrales: Alarte en el partido y Luna en el Parlamento. Que Asunción tuviera todo el derecho a intentarlo y los militantes a rechazarlo es sólo el trasfondo de un fenómeno que la dirección de los socialistas valencianos ha vivido como una agresión en toda regla. Una impresión agudizada por el hecho de que el ex ministro centró sus baterías sobre el partido, eludió criticar a Camps, buscó el cuerpo a cuerpo reglamentario (hasta acusar de pucherazo ante los tribunales a sus compañeros de militancia) y se paseó por todo tipo de medios impresos, radiados o televisados. Para Alarte, sin duda el dirigente del PSPV-PSOE con un entorno mediático más hostil de cuantos ha habido -y no sólo por la manipulación y el ninguneo escandalosos de que es víctima por parte de Canal 9-, era algo más que un reto.

En otro nivel, se declaraban averías de envergadura en las dos principales capitales. El líder del PSPV-PSOE fracasaba en el intento de que un conocido catedrático de la Universidad de Alicante aceptara encabezar la lista municipal y la actual portavoz, Carmen Alborch, decidía que una derrota ante la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, ya era suficiente en su currículum. Convertida la agrupación de Alicante en un gallinero, Alarte apostó por su secretaria de Organización, Elena Martín, que a la postre ha demostrado una desenvoltura en su papel mucho mayor que el más veterano Joan Calabuig, inmerso en el intento de encontrar un discurso moderado y mayoritario en Valencia mientras entierra, con el mensaje de cierre de filas que emite la candidatura pactada con el secretario local, Salvador Broseta, el entusiasmo que suscitó entre la militancia su duelo de primarias con Manuel Mata.

"A Broseta le pasa como a Alarte; no sabe formar equipos", se quejaba un integrante de la dirección socialista de Valencia la noche en que se votó la candidatura de la ciudad. Y ponía como ejemplo la ejecutiva nacional del PSPV-PSOE, en la que es difícil identificar la actividad pública de más de dos o tres personas. "Alarte se mueve dentro de los esquemas de un alcalde", dice un veterano ex dirigente, que recuerda que el secretario general se curtió muchos años, y con notable éxito, en la alcaldía de Alaquàs. "Lo positivo es su capacidad de trabajo, su tendencia a buscar el contacto directo con la gente y a no rehuir los problemas. La parte negativa es que tiende a minusvalorar la necesidad de abrir el juego a otros actores".

Capaz de levantar el teléfono y hablar con medio Gobierno para evitar que el Consejo de Ministros apruebe la instalación del almacén centralizado de residuos nucleares en Zarra, Alarte no es un político carismático, pero tiene entre ceja y ceja recomponer ciertas prioridades, como la intolerancia a la corrupción y la lucha por la transparencia; la reforma económica y la apuesta por la educación en la perspectiva de la lucha contra el desempleo. Debería ser suficiente como punto de partida, dicen desde su equipo, que se exaspera ante la actitud de una buena parte de los creadores de opinión de la izquierda, sumidos en lo que consideran un pesimismo autoindulgente: "Hablan de Alarte como si pudiese hacer milagros, como si en el conjunto de la sociedad civil no cundiera la desmoralización y el desánimo".

Ninguneado reiteradamente por Camps en las Cortes y fuera de ellas, su insistencia en la necesidad de buscar acuerdos con el Consell tuvo una inesperada recompensa en año nuevo, cuando Camps aceptó reunirse con Alarte para acordar medidas contra la crisis económica. De repente, el líder socialista emergió como interlocutor, en un movimiento que pilló al PP completamente por sorpresa porque evidenciaba que en el lado del poder también se acumulan las incertidumbres. No es la menor la inviabilidad de la Administración autonómica, con su carga de deuda y su larga nómina de empresas y fundaciones despilfarradoras. Algo que ha hecho que, mientras los equipos de ambos dirigentes se reúnen, de momento sin grandes avances, cualificados portavoces del Consell como Rambla o Blasco insinúen veladamente que después de las elecciones habrá que adoptar algunas medidas llamativamente coincidentes con las que predica Alarte desde hace meses.

La confección de las candidaturas autonómicas puede crear alguna otra tensión las próximas semanas en el partido de Alarte, que procede, sin demasiados aspavientos, a una renovación de candidaturas en capitales de comarca y municipios de una cierta entidad. Una renovación caracterizada por la emergencia de una generación de dirigentes más jóvenes. Escándalos llamativos como el de Benidorm y la candidatura transfuguista, que ha alejado tanto al secretario de los socialistas valencianos de Leire Pajín, tienden a emborronar ese proceso de fondo.

Es lo que hay, ahora mismo, en el principal partido de la oposición. Alarte lo dirige con errores y aciertos, escasa visibilidad pública, un gran desconcierto en la opinión de izquierdas y mucho ruido en la prensa. Su equipo trata de centrar los esfuerzos en el adversario, sin atender a solucionar disfunciones e ineficacias demasiado tiempo postergadas. No es fácil hacer reparaciones en pleno zafarrancho.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 24 de enero de 2011