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ENTRE FANTASMAS

El nabo de Morcín

Besé un nabo. Fue en La Foz de Morcín, concejo asturiano sumergido entre apabullantes montañas. Ello me consagra, de por vida, como defensor a ultranza de la mencionada hortaliza. El momento culminante acontece cuando, tras desfilar por empinadas calles al son de la gaita y el tambor hasta la iglesia, en plena solemne ceremonia, un gigantesco nabo se descuelga junto al altar y una voz te conmina a besarlo. Lo besé. Primero, con pudor. Luego, perdiendo la compostura, apasionadamente. Nunca, antes de entonces, había hecho nada parecido.

Ahora, entre otros ilustres profanadores, comparto el honor y la experiencia con Vicente del Bosque, nuestro más humilde, glorioso y querido Seleccionador Nacional, que, como yo en su día, acaba de ser galardonado con el susodicho nabo, y comprendo hasta qué punto hay ocasiones en la vida de un hombre honrado en las que besar un nabo vale más que besar un balón de oro. Porque el oro del balón es de latón dorado y proviene de los mismos despachos donde se cuecen y amañan, edulcoradas con pátinas democráticas, cuantificables decisiones a merced de gregarios criterios profesionales. En cambio, el nabo nace de la tierra. Inocente y espontáneo. Nada en él llama a engaño. ¿Acaso no es el último reducto de la más inaccesible gloria?

Mou y Messi no harán sopa con su balón de oro. Del Bosque, con su nabo, sí. Porque nace de la tierra y nada en él llama a engaño

Que ello no vaya en detrimento de los muchos méritos de Mou o de Messi. Me refiero al Mou del Inter, según él advierte precavido y curándose en salud. Y, por supuesto, al Messi del Barça, mal que le pese a Maradona. Ambos merecen lo que les han dado y más. Pero con su balón no harán sopa. Del Bosque, con su nabo, sí. Una sopa reconfortante. Para olvidar que un Mundial es, para algunos, un tropezón cada cuatro años que no se recuerda al año siguiente.

Por cierto, y aunque no venga a cuento, un día de cualquier Año Nuevo sorprendí a Helenio Herrera vaciando botellas de whisky en el lavabo. Se trataba, por supuesto, de los consabidos regalos navideños. Le pregunté por qué, en lugar de tirarlas, no las regalaba a su vez. Resultaba, en verdad, un desperdicio muy caro para un hombre criado en la más absoluta miseria, que, en consecuencia, amaba el dinero sobre todas las cosas y, colateralmente, el fútbol como a sí mismo. No en vano su irresistible ascensión había empezado propinando patadas a una pelota de trapo. Me respondió que no quería para otros lo que no quería para él. Farisaico aserto en boca de un ambicioso profesional que, en su fuero interno, siempre deseaba ganar a cualquier precio. Incluso emborrachando, si la ocasión se terciara, al portero del equipo contrario.

A propósito de porteros. Creo que fue en Cádiz o así me lo contaron. A un guardameta principiante le dieron ron en vez de agua para que cobrara ánimos antes de afrontar la decisiva tanda de penaltis. Los efectos no se hicieron esperar. Con los pies reglamentariamente fijos en el suelo y los brazos en cruz, se puso a contonear las caderas ejecutando una especie de danza del vientre que provocó el desconcierto de los sucesivos delanteros. Por tres veces, el balón visitó las gradas, las nubes y las narices de un reportero. El joven guardameta fue sacado a hombros del estadio mientras el delegado de campo husmeaba suspicaz la botella abandonada en el fondo de la portería.

Jugar borracho no es frecuente. Parecerlo, sí. No hay más que ver los espumarajos y las gesticulaciones con las que algunos jugadores acompañan sus acciones. Galopan y cocean como esos caballos a los que dopan con una barra de pan impregnada en vino. Solo les falta relinchar. No me refiero solo a ese en el que están pensando, sino también a aquellos que se le asemejan por probable contagio.

No obstante, el estilo etílico no está exento de belleza épica. Alguien dijo incluso que, si la resaca fuera anterior a la borrachera, la ebriedad sería virtud cristiana. Hay devotos entrenadores que confían en las cristianas virtudes de sus delanteros, aunque su fe no les impida reclamar uno más. A eso lo llaman táctica. Otros, en cambio, rezan en vano para que el cielo les conceda lo que ninguna chequera les dará. Desde el potro de tortura del banquillo, lamentan las ocasiones perdidas, sabedores de que no volverán, y asumen con piadosa resignación el, no siempre divino, dictamen arbitral. Siempre les quedará besar un nabo en Morcín.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 18 de enero de 2011