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Análisis:EL ACENTO

Delirios de grandeza

Ayer se inauguraron dos de los edificios de la Ciudad de la Cultura de Santiago de Compostela, los destinados a archivo (9.600 metros cuadrados) y biblioteca (26.000). Todavía se están construyendo el que se dedicará a la gestión y logística del complejo (7.500) y el Museo de Galicia (más de 16.000), no se ha empezado aún con el que albergará el centro de la música y de las artes escénicas (55.000) y no se sabe si llegará a construirse el que inicialmente se pensó para comunicación y nuevas tecnologías, pasó luego a ocuparse del arte contemporáneo y ahora mismo ya no se sabe si es mejor que no se dedique a nada o que ni siquiera se construya.

El coste de la Ciudad de la Cultura que se estimó inicialmente fue de 108,2 millones de euros. Figuraba en el proyecto con el que el arquitecto Peter Eisenman sedujo al jurado en 1999: una obra monumental que se levantaría en el monte Gaiás y cuya fisonomía tenía que ver con las formas de las vieiras (y que incluía dos torres de su colega John Hejduk). En cuanto ganó el concurso, el presupuesto subió automáticamente a 132,2 millones. Ahora que se llevan gastados unos 350, se estima que terminará costando unos 500 millones.

La idea se le ocurrió a Manuel Fraga en 1997 cuando todavía le quedaba más de un lustro al frente de la Xunta. Quiso materializar su sueño de gran estadista en una obra faraónica. No le importó mucho que no respondiera a ninguna necesidad real. Once años después de broncas políticas sobre cómo financiar y llenar de contenido el enorme disparate, empiezan a funcionar dos de las piezas del conjunto. Se estima que se terminará, si se termina, hacia 2017. Sus gastos generales cuando funcione al completo serán de 60 millones de euros al año.

El efecto Guggenheim ha llenado España de tantos museos y centros culturales que no hay aquí espacio para citarlos a todos. Las capitales, para ampliar sus ofertas, y las grandes, medianas y pequeñas ciudades para promocionarse, todas se emborracharon con el delirio de "situarse en el mapa" con estas iniciativas. El brillo de los proyectos y de sus autores y la pesadilla de los gastos para terminar al final con que casi no los visita nadie. O que ni siquiera se sabe con qué llenarlos. Mal de muchos, consuelo de tontos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 12 de enero de 2011