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COLUMNA

Ecocidio

Hay por ahí unos científicos norteamericanos que escriben en publicaciones de color menta y que hablan de ecocidio. Mirándolo un poco, no cuesta demasiado desentrañar el sentido del neologismo: destrucción del ecosistema a base de esquilmar y dejar exhausto hasta el último de sus recursos. Dicen estos sabios que el ecocidio es algo mucho más común y doméstico de lo que nos creemos, que la Historia (con mayúscula) está salpicada de ellos y que la aniquilación del ambiente a base de arrancarle hasta las costuras explica muchos fenómenos de civilizaciones desaparecidas que hasta el momento rehuían ladinamente la inteligencia de los estudiosos. Por ejemplo, el de la Isla de Pascua. Un bocado de tierra situado en el centro de ninguna parte que, a la llegada de los hombres blancos, sólo presentaba docenas de cabezas de piedra rodeadas de un desierto mudo. Durante décadas, unos y otros especularon sobre la autoría de esos monumentos alarmantes, así como sobre la desolación que los circundaba; se recurrió a motivos raciales, religiosos, metafísicos; hasta que los sabios de que hablo (daré nombres: Paul Bahn y John Flenley en un libro de 1992 titulado Easter Island, Earth Island) llegaron a la conclusión de que los antiguos polinesios desollaron literalmente la isla, construyendo andamios, grúas, cabrias y mástiles y devastando la vegetación maderera con el fin decorativo de erigir sus esculturas. El ecocidio es el uso indiscriminado y asesino de los recursos del medio con fines económicos: destrozado el hogar que los sustentaba, a los polinesios sólo les restaba emigrar o morirse (hicieron las dos cosas). Como es natural, la parábola de Bahn y Flenley trae moraleja: el planeta Tierra es un poquito mayor que la Isla de Pascua, pero los principios homicidas que pueden conducirle a la ruina son los mismos. Sólo que en vez de estatuas macrocéfalas, nosotros nos obstinamos en rascacielos, pareados y automóviles que imitan al relámpago.

A estas alturas de la película, todos somos conscientes del peligro que se abate sobre nosotros con el deterioro continuado a que la industria somete al entorno natural: calentamiento global, agujero en el ozono, polución, deforestación son palabras que nos suenan de sobra. Lo que quizá no resulte tan claro son las causas que nos han arrastrado a este precipicio: un sistema económico desaforado, pantagruélico, que coloca en el consumo masivo de bienes su fin primordial y que sacrifica todas las ventajas futuras al presente del beneficio. Una vez que las empresas mayoritarias se han lucrado hasta el asco produciendo coches, aparatos electrónicos, urbanizaciones, hoteles, compañías aéreas y balones de reglamento, ahora nos dicen que, con el fin de refrenar el despilfarro, el ciudadano medio será castigado si prosigue esa escalada. El ciudadano sufrirá en su bolsillo si enciende la bombilla para leer más de lo debido o si activa su motor para ir a comprar el pan hasta el supermercado para el que no existe línea de autobús. La Junta se ha sumado a esta cruzada sin duda loable y ya tenía sobre la mesa medidas dolosas que penaban la adquisición de bolsas de plástico y el uso indebido del agua: ha tenido que retirarlas por el momento. La causa, también, es sencilla. Se nos dice que el consumo indiscriminado es pernicioso para el mundo y a la vez que sólo el consumo y el rescate de confianza nos sacarán de una de las peores crisis económicas que recordamos. El capitalismo es una criatura esquizofrénica y pretende hacer convivir en su seno órganos que se contradicen, que se muerden el uno al otro e intentan devorarse, como dos pescadillas: de ahí la penosa sensación de descontrol que percibe la población. Me parece a mí que la cosa no va a resolverse por llevar bolsas de papel o tirar menos de la cisterna: tal vez, eso sí, si prendemos fuego a una cantidad respetable de despachos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de enero de 2011