Columna
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Calvarios

Julio Villar fue el primer navegante español que dio la vuelta al mundo en solitario. En 1976 se estableció en Tivissa, un precioso rincón de Tarragona. Él y otros amigos reconstruyeron las humildes masías diseminadas por la garriga y llevaron una vida simple y algo hippy. Trabajaban como pastores o como guías de montaña, tuvieron hijos, plantaron 4.000 almendros, pusieron placas solares en sus casas. Y el tiempo fue pasando. Ahora Julio tiene 65 años.

En enero de 2009 se enteraron de que iban a instalar un parque eólico en la Plana de Llorell (donde ellos plantaron los almendros). Según los planos, el parque estará encima mismo de las masías. Torres de 100 metros, aspas de 40. Y el ruido. De construirse, las viviendas deberán ser abandonadas. Y el lugar, tan hermoso, se deteriorará irremisiblemente. En cambio, en el término de Tivissa hay terrenos enormes deshabitados y degradados en donde los molinos no molestarían: "No lo entendemos, es como si nos quisieran castigar a nosotros, que hemos hecho todos los deberes", dice Julio. En mayo de 2010, las alegaciones de los vecinos fueron desestimadas. El parque sigue adelante, ahora aún más grande. Tendrán que marcharse de sus hogares, pero más allá de este dolor lo que plantean es el destrozo que, según ellos, está provocando en toda España la energía eólica ("una cuestionable energía limpia que no deja de ser, sobre todo, un gran negocio", dice Julio). El caso es que somos el segundo productor mundial de energía eólica, después de Alemania; en 2009, casi un 14% de nuestra energía eléctrica vino de ahí. Esto es bueno, desde luego. Pero no del todo. Los molinos también tienen grandes inconvenientes, entre ellos la innegable agresión ambiental. La cuestión es saber si de verdad queremos llenar todos los horizontes de España con Calvarios, como los llamaba, con poderosa metáfora visual, el periodista Pablo Lizcano.

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