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Reportaje:LLEGA LA HORA

Planos generales, entre comerciantes y gitanos

El 'president', de rumbas por Gràcia; el aspirante, entre 'botiguers' del Maresme

Como casi todos los sábados desde principios de año, Artur Mas dedica la jornada a patearse el territorio. El territorio en este caso es Calella de la costa, a unos cincuenta kilómetros al norte de Barcelona y más concretamente su animado eje comercial del centro.

Llega en el coche oficial, con puntualidad, a las 10.30. Va solo (el guardaespaldas está, pero se hace invisible) y la soledad le confiere cierta grandeza épica. Pilar Rahola, en su reciente libro La máscara del rey Arturo (RBA), ha destacado el aire de martirio que acompaña a su figura, marcada por la reserva y la hiperresponsabilidad.

Viste con la informalidad armónica del barcelonés de fin de semana: camisa azul, tejanos de marca, mocasines de ante. Elegancia discreta, cómoda, sin estridencias. En el lugar convenido le espera el comité convergente local. La escena de las salutaciones es educada y afable, pero breve: a Jordi Pujol esta secuencia le habría durado bastantes minutos más preguntando por los familiares de unos y otros. Mas va al grano: la eficacia, acompañada de una inevitable frialdad es su principal distintivo.

Montilla gana en la distancia corta; no habla mucho pero escucha de manera amable. Mas es más frío

La comitiva aún no se ha puesto en marcha, cuando una señora animosa le saluda y él le corresponde con dos besos. "¡No pienso lavarme la cara en dos semanas!", le espeta lanzada la mujer, ante lo que él se corta y apenas consigue articular la réplica. La distancia corta no juega a su favor, él es hombre de atril y discurso preparado, más que un improvisador.

El candidato entra ahora en varias botigues del eje comercial: una tienda de complementos para el hogar, otra de ropa íntima, una heladería. Se interesa por cómo van las cosas. "Me dicen que el verano ha aguantado bastante, ¿es así?", se interesa. El rostro adquiere una repentina gravedad cuando escucha las inevitables quejas sobre la crisis. Este hombre, el mayor de cuatro hermanos, forjó su carácter introvertido en la adversidad económica, cuando tuvo que hacer frente, en 1979, a la suspensión de pagos de la empresa familiar de ascensores, antes de dar el salto a la política. De ese tortuoso paso por el sector privado, al que no renuncia a volver una vez concluya su ciclo político, probablemente procede ese aire de indefinible sufrimiento. El paseo es a conciencia, se alarga durante tres horas, pero ya no queda mucho más que anotar, porque las escenas se repiten. Ha venido a tocar y a dejarse tocar y, aunque no parece que sea la actividad que le haga más feliz en esta vida, la cumple disciplinadamente y sin perder la sonrisa. La determinación es otra característica en la que coinciden sus allegados.

Muy distinto en el plano general resulta José Montilla. En su caso el atril no le favorece nada -es considerablemente plúmbeo-, mientras que en la distancia corta se desenvuelve con una habilidad mayor de la que cabría esperarse de un hombre tan poco comunicativo.

Este jueves 4 de noviembre ha llegado al centro Tradicionàrius del barrio barcelonés de Gràcia sobre las diez de la noche para asistir a un acto organizado por la asociación gitana Romipen, formada por gente del PSC. Su intervención desde el escenario ha sido todo lo convencional que reclamaba el guión, pero no es ahí donde hay que fijar la atención, sino en lo que ha precedido ese momento y en lo que va a pasar a continuación. Montilla se ha levantado ese día, como todos los demás, a las 6.30, tras no más de cuatro horas de sueño, ha acompañado a dos de los trillizos al Colegio Alemán (el tercer hermano va a otro colegio, que abre más tarde), y 20 minutos después ha llegado a su despacho de la Generalitat, donde ha tenido una reunión de primera hora con sus colaboradores más cercanos. Poco después de las 9.00 ha salido del despacho para una entrevista concedida a una emisora de radio y a las 11.30 se ha desplazado a L'Hospitalet para uno de esos mítines veloces, de formato reducido, que sus asesores de campaña vienen programándole a razón de un par o tres por semana. A las 14.00 ha tenido un almuerzo con empresarios y luego se ha encerrado en su despacho para prepararse la intervención de las 19.30 en el pabellón deportivo de Badalona, del que se tratará cuando el reportaje se ciña al plano medio. De ahí se ha desplazado a Gràcia para encontrarse con los gitanos.

No se permite el mínimo paso de baile cuando finaliza su parlamento y el grupo de músicos ataca La rumba del progrès que le han dedicado. Hasta aquí todo queda dentro de la lógica sobria del personaje, poco dada al gesto frívolo. Lo sorprendente viene luego, cuando en el café del centro se queda hasta pasadas las 23.30, departiendo con los tíos gitanos, algunos de ellos tocados con el sombrero y el bastón propios del mando. No es que él hable mucho, pero tiene una manera de escuchar deferente y amable, incluso cálida, que ya es decir tratándose de Montilla. Definitivamente, la distancia corta es la que más le favorece: no tanto como para mostrarse un tipo suelto, pero sí para comunicar una proximidad que constituye su mejor baza. Podría desde luego haberse ido antes de esa reunión, pero se le ve a gusto, no mira el reloj en ningún momento. Con la jornada laboral que lleva, uno se pregunta cómo aguanta. Él no se lo pregunta: simplemente aguanta, sin que se le desdibuje la sonrisa fina y socarrona que le caracteriza.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de noviembre de 2010