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EL RINCÓN

Mañas, el ajedrez y la vida de pueblo

El autor vuelve con el policiaco Sospecha, ambientado en la periferia madrileña, donde vive desde hace diez años

Nada queda del José Ángel Mañas (Madrid, 1971) nocturno, caótico y amante de las juergas madrileñas de Historias del Kronen. "Hace siglos que no escribo de diez de la noche a cinco de la mañana. Ahora madrugo con los niños, trabajo hasta las cinco o seis de la tarde y paro los fines de semana, como en cualquier profesión", cuenta modoso y consciente de que si no desconecta antes de dormir se cuelan en su descanso correcciones al texto entre manos. Hasta hace poco le rondaba Sospecha (Destino), un libro ambientado en el suroeste de la Comunidad de Madrid y protagonizado por un policía acusado de la violación y la muerte de una farmacéutica. Mañas se niega a reconocer que Sagrario, el pueblo imaginario en el que se desarrolla la trama, es Sevilla la Nueva, la localidad de 8.000 habitantes en la que se estableció hace una década tras residir en Francia. "Hay algunas coincidencias, pero no. Lo que sí que cuento es la expansión urbanística de Madrid, que ha hecho que sitios como este a 40 kilómetros sean ahora la periferia". Monta en bici, apenas baja a la capital y alterna con sus vecinos. "Me he hecho de pueblo".

A Mañas le gusta crear un "universo realista" en el que todo case y se plasme el trasfondo socioeconómico del momento. En Sospecha, la España multiétnica en precrisis. Por eso habló con policías, algún forense y visitó el cuartelillo de la zona. "De todas formas una novela es imaginación y libertad y si no se ajusta no importa". Metódico y preciso, tras escribir un primer boceto, bosqueja un croquis de su obra que cuelga en la pared de su despacho, compartido con su mujer francesa. "Me queda de la época en la que trabajé como guionista de cine. El esquema me permite controlar la estructura y el ritmo narrativo". En el muro hay pegado también un recorte de prensa del juicio a un grupo de skins. Material para su nueva novela de la que no adelanta nada. Desde hace unos años juega dos partidas rápidas de ajedrez por Internet cada dos horas de intensa concentración literaria. "Descargas adrenalina en un momento. Lo malo del ajedrez es que no paras de estudiar". Dos libros sobre el tema encima de la mesa lo atestiguan.

Desconfía de los cambios acordados por las Academias de la Lengua. "¡Duele ver guion sin acento! Yo haría la ortografía más sencilla, natural y directa. No digo: 'Voy a comerme una magdalena'. Me como una madalena, lo otro es un nombre. Hay quien le gusta lo exquisito y literario y se pone pajarita, y a mí enfundarme la camiseta lingüística vulgar y coloquial". Por eso en Sospecha escribe Emetreinta, a-de-ene o gualquitalquis.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 13 de noviembre de 2010