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Reportaje:FIN DE SEMANA

Quintín, mi guía cordobés

Paseo por la ciudad de la mano del personaje de la novela 'La feria de los discretos', de Pío Baroja

Pío Baroja es un novelista que se suele asociar con paisajes vascos y castellanos. Andalucía no fue una región por la que pareciera mostrar demasiado interés. Sin embargo, hubo una ciudad andaluza por la que se sintió muy atraído. El escritor convirtió a Córdoba en el lugar donde se desarrolla su novela La feria de los discretos. Baroja amaba el misterio de las callejuelas de Córdoba y el carácter orgulloso de muchos de sus habitantes. Además, Córdoba, la ciudad que vivió su máximo esplendor con los árabes, parecía dormitar en una siesta de siglos que fascinaba al escritor vasco.

Baroja publicó La feria de los discretos en 1905. La novela fue traducida a varios idiomas. Meses antes, Baroja había paseado por Córdoba en busca de información. Le acompañó el pintor Darío de Regoyos. Algunos vecinos de la ciudad reaccionaron con acritud porque no les gustó cómo les representó Baroja. De hecho, el novelista recalcó que entre los aristócratas cordobeses abundaban los tarados corroídos por el alcohol y los matrimonios consanguíneos. Con todo, otros cordobeses mostraron su admiración hacia la novela porque se dieron cuenta de la fuerza regeneradora que latía en sus páginas. No en vano La feria de los discretos está protagonizada por un héroe lleno de energía, Quintín, al que le gusta arremeter contra todos los seres mezquinos que se encuentra por el camino.

Aparte de la gran calidad de la novela, hay otro factor que aumenta su atractivo. Muchos de sus escenarios se mantienen todavía. Y eso que son calles y plazas de hace siglo y medio. Porque La feria de los discretos tiene como marco temporal la Revolución de 1868, que dejó a Isabel II sin su trono.

Un joven Quintín llega a Córdoba en tren y anda por el paseo del Gran Capitán, que hoy es una avenida muy espaciosa con sus entidades financieras, cafeterías y puestos de helados. Estudiantes, jubilados, amas de casa y ejecutivos dan una sensación de vida plena. Quintín enfila luego por la calle del Conde de Gondomar (Baroja la llama Gondomar), repleta de tiendas de ropa. En el número 4, la sombrerería Rusi exhibe sus productos. Hay, obviamente, sombreros cordobeses. Y panamás, sombreros tiroleses y de montería, sombreros de tela de gabardina y de astracán, boinas, gorras, pamelas, tricornios de verano e invierno, birretes... La sombrerería funciona desde 1904. O sea, que Quintín no debió de conocerla. Pero es posible que Baroja se parara ante su escaparate.

Guerrero fiero

Un poco más adelante se desemboca en la plaza de las Tendillas. Una fuente da frescor con sus chorros. La preside una estatua de Gonzalo Fernández de Córdoba, El Gran Capitán. El guerrero parece mirar desafiante. Bajo él destaca una inscripción: "Más quiero la muerte dando dos pasos adelante que vivir cien años dando uno solo hacia atrás". Lo podría haber firmado Quintín.

Seguir los pasos del protagonista de La feria de los discretos obliga a dirigirse hacia la Mezquita. Por el camino está el café La Gloria (esquina de las calles Claudio Marcelo y Azonaicas), lleno de imágenes taurinas y con una suculenta especialidad: el rabo de toro. La Cuesta de Luján es otro de los enclaves que figuran en la novela. En la zapatería La Veloz arreglan el calzado y tiñen pieles. Tras subir y bajar los escalones de la cuesta, aparece una calle larga: San Fernando (antigua calle de la Feria, muy citada en la novela). Las casas de esta arteria son antiguas y guardan la atmósfera que respiró Quintín.

El héroe barojiano pasó su infancia cerca de la calle de la Feria y de la Cuesta de Luján. Hay cafeterías, pequeños restaurantes y hostales. Y coches que pasan a toda pastilla. Una mujer baña a sus dos perros en una fuente que data de 1796. Antes de llegar a la Mezquita hay que apostar por la gastronomía cordobesa. La taberna Los Palcos ofrece en el número 45 de la calle del Cardenal González un salmorejo y unos flamenquines deliciosos.

Una mole recibe al visitante. Es la Mezquita. Las calesas están a la sombra. Una gran puerta conduce al Patio de los Naranjos. Ambos lugares figuran, como no podía ser de otro modo, en La feria de los discretos. Decenas de niños corren, gritan y arman bullicio en el Patio de los Naranjos. Muchas personas buscan la sombra bajo los árboles. Se oyen muchos idiomas: francés, italiano, inglés... ¡Un gran sitio para descansar y ver pasar a la gente!

Suenan tres campanadas. Toca buscar más escenarios de la novela. Se rodea la Mezquita y se regresa a la antigua calle de la Feria. Las calles adyacentes parecen intrincarse en espirales. Esta zona de Córdoba esta vacía mientras el sol cae de plano. Tras andar un poco, llega, como de golpe, una sorpresa: la plaza de la Corredera. Decenas y decenas de ventanas custodian las terrazas de las cafeterías de este escenario de las andanzas de Quintín.

Pero queda por conocer todavía el palacio de los marqueses de Benamejí, donde Baroja sitúa importantes episodios de la trama. Se sale de la plaza de la Corredera en dirección a la iglesia de San Pedro. Se pasa por la antigua calle del Poyo. Cuando se llega a la calle de Agustín Moreno, se olfatea la cercanía del palacio, que es hoy sede de la Escuela de Artes y Oficios. El palacio del Marqués de Benamejí data del siglo XVIII. Aquí vivió Quintín sus amores.

El paseo termina en el Campo Madre de Dios. Una fuente antigua combate las bofetadas de aire caliente del sol cordobés. Seis caños de agua caen en el estanque. Y uno se imagina a un Quintín melancólico que después de sus aventuras se para a pensar si existe algo que merezca la pena.

Visitas e información

» Oficina de turismo de Córdoba

(www.turismodecordoba.org; 902 201 774). Ofrece un listado de alojamientos de todo tipo con links e información práctica.

» La mezquita catedral abre

a los turistas de 8.30 a 19.00 (los domingos cierra de 10.00

a 14.00). Entrada, 8 euros.

» El palacio de los Marqueses de Benamejí (calle de Agustín Moreno) es actualmente la sede de la Escuela de Artes y Oficios.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 23 de octubre de 2010

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