Columna
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La fama

Supongo que a estas alturas de machaque informativo sabrán de sobra quién era Antonio Puerta: exacto, el agresor del profesor Neira. La verdad es que, cuando falleció hace unos días, yo no recordaba su nombre. Ah, sí, el de Neira, caí cuando leí la noticia. Ya saben que, a las pocas horas de la muerte del hombre, la chica que estaba en la casa junto a él ya tenía un representante para negociar con la prensa el pago de sus confidencias de testigo. Aunque el negocio no le ha ido muy bien. Por lo visto ahora andan dando vueltas por ahí unas fotos de la muerte de Puerta que tan solo cuestan 2.000 euros. Casquería barata. Los medios parecen haber reaccionado a la baja en la compraventa de los menudillos de esta chica, pero no crean que es por respeto o por un prurito moral. No, no, nada de eso. Es mera chulería, arrogancia, soberbia. A los medios les ha fastidiado que a esta novata se le haya ocurrido cogerse a toda prisa un representante. Por Santa Belén Esteban, ¡si no es más que la testigo anónima de la muerte de aquel tipo que atacó a Neira! La secundaria de un secundario. Hay que ser más modesta, nena, parecen decirle los medios; hay que vender muchas lonchas de hígado para ir ascendiendo al cielo del famoseo.

Muy mal lo tenemos que estar haciendo todos para que esa desalmada (para hacer algo así hay que estar hueco por dentro) busque un representante a las pocas horas de ver morir a alguien. Debemos de estar haciéndolo fatal para que el mayor peligro que aguarde a los mineros chilenos sea el paso por la trituradora mediática, con sus secuelas de enajenación, vaciamiento, envilecimiento. Desde siempre la gente ha asesinado por amor, por el poder o (casi es lo mismo) por el dinero. Pero ahora también están dispuestos a matar por sus 15 minutos warholianos de celebridad. Es el brillo negro y venenoso de la infame fama.

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