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Crítica:POP | LOS PLANETAS

Los Planetas o el debate nacional

Suena un chirriante y premeditado acople de guitarra. Yiiiiiiiiiii. Cinco sujetos salen al escenario envueltos en una bruma oscura, con luces tenues rojas y moradas. Uno de ellos, el guitarrista, Florent, parece decir algo inaudible al micrófono. El golpe de batería rudo y musculoso de Eric Jiménez bombea el corazón de la audiencia. Las guitarras se enmarañan. Los Planetas están en Madrid; se abre el debate nacional. Si no se quiere salir a tortas con los amigos, siga este consejo: no conviene discutir ni de religión ni de política ni de Los Planetas. Que si no se les entienden cuando cantan, que si tienen una actitud desdeñosa, que si, que si... Pero la realidad es que llevan 20 años en la cumbre del rock independiente español y son la influencia máxima. Y ahí continúan, con un llenazo (2.500 personas que pagaron 30 euros) anoche en La Riviera. Y eso que no realizan ni una concesión.

Pero qué mala leche tienen estos tipos. El 80% del público que anoche estuvo en el local (la mayoría treintañeros) donaría a una ONG todos los modelos de zapatillas Converse de su armario si los granadinos llenasen el repertorio de himnos pop, esos que componían en los noventa y que acompañaron muchas noches de puño en alto. Pero no: ni himnos ni mandangas. Los granadinos plantearon una larga (más de una hora) primera parte del concierto basado en sus dos últimas obras, La leyenda del espacio y Una ópera egipcia, complejos e inspirados ejercicios de flamenco-rock y psicodelia. Y hacen bien, qué rayos. De otra forma no serían ellos.

Porque no se deben buscar comodidades en un concierto de Los Planetas. Esta fase inicial del recital fue densa, extasiada, incómoda. Hay que hacer un esfuerzo para meterse en ella, pero merece la pena cuando escuchas temas como Una corona de estrellas o Soy un pobre granaíno. No parecen pop estas piezas sino emocionados pasos de Semana Santa. Jota, el cantante, que anduvo, como siempre, escaso de discurso, sí que se lanzó en alguna ocasión para contar que aquello era "una colombiana" o "una cantiña de Córdoba", palos flamencos sin duda. El público, que no era sueco sino español, no sabía lo que aquello significaba, pero se animaba a corear.

Es un sujeto particular este Jota. Actúa rozando el desprecio hacia el público; tiene una actitud con la audiencia que se podría resumir en un "y a mi qué". Igual debía dinero a todos los allí presentes: evitó en todo momento el enfrentamiento. Y la paradoja es que es la actitud que se espera de él. Es como si el pesar y el buen humor forcejeasen en su interior toda la noche por imponerse el uno al otro, hasta que el primer sentimiento gana la lucha y en lugar de sonreír acaba cabizbajo.

Para la segunda parte dejó el grupo alguno de sus éxitos de su época pop. Lo que deseaba todo el mundo, vamos. Pero fueron pocos. Sonó Santos que yo te pinté (vótese como la mejor canción del pop español de las dos últimas décadas), Un buen día o Pesadilla en el parque de atracciones. Aunque las toquen desganadas (ellos prefieren la primera parte), deja un regustillo final la mar de molón.

Fue un buen concierto. Si alguno salió decepcionado es que no entiende en absoluto el mundo planetario. Ah, y que ya nadie diga que la voz de Jota no se entiende: se escuchó bien nítida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 16 de octubre de 2010