Reportaje:(PRE)PARADOS / 19

"Me veo como mi madre en los setenta"

Algunas jóvenes están obligadas a quedarse en casa al tener un hijo. Otras lo eligen

C.H., madrileña de 35 años, tuvo que firmar un despido en el que decía que había descendido su rendimiento y que había cometido "errores en el desempeño de sus funciones" para dejar de soportar el "acoso brutal" que vivía en su empresa desde que dijo que estaba embarazada. "Tenía miedo, no denuncié, y quería que todo acabara. Antes intentaron que firmara una baja voluntaria en la que renunciaba a indemnización. Soy licenciada en Derecho, he trabajado siempre de administrativa, y ahora me quedo en casa limpiando y cuidando de mi hija. Se me cae la casa encima. Incluso me arreglo menos: total, voy de la guardería a casa y vuelta. Antes tenía mi dinero y ahora dependo de mi pareja. Me siento como mi madre en los años setenta, aunque me haya criado como una mujer independiente", reflexiona. Ahora planea trabajar por su cuenta.

"No me compensa la media jornada: 750 euros. La guardería cuesta 350", dice Eva

Las españolas tienen el primer hijo a los 30 años de media. Para las jóvenes, hasta esa edad la igualdad de condiciones con los compañeros de clase y del trabajo, con los amigos, los hermanos o la pareja suele ser un hecho. Pero estar embarazada hace que el discurso igualitario que unos y otras manejan con naturalidad, y en el que se ha educado la mayoría, se estampe contra una realidad aún sexista. Sobre todo en el trabajo. "No hay diferencias sustanciales entre los jóvenes porque lo que tienen en común es la precariedad. El empleo juvenil se ha ido homogeneizando a la baja. Ahora bien, cuando llega la hora de tener un hijo, quien aplaza o sacrifica su carrera sigue siendo ella. Es algo que penaliza su carrera, por lo tanto, los postergan, pero no suelen claudicar, sobre todo las que tienen mayor formación", explica Fefa Vila Núñez, profesora de Relaciones laborales y género en la Universidad Complutense.

Lorena Rodríguez, de 22 años, también se queda en casa. En la de sus padres. No terminó la ESO, pero siempre encadenó empleos. Hasta que llegó la crisis, se quedó embarazada, rompió con su novio y un mes más tarde la echaron del trabajo. Por este orden. "Acababa de renovar el contrato de tres meses que tenía como camarera y me despidieron". Diez días antes había dicho a sus jefes que estaba embarazada. "No me dijeron que era por el niño, no me dieron ninguna explicación". Al principio trató de buscar otro empleo. "No se me notaba mucho, pero cuando decía que iba a tener un niño, en las empresas me respondían: 'cuando pases esto, nos llamas'. Ahora estoy de siete meses y así no te coge nadie". Cuando nazca el bebé, Rodríguez volverá a buscar empleo. Se muda con sus padres de Ávila "a un pueblo grande de Málaga donde parece que hay más trabajo". Su padre también busca empleo y su madre no trabaja.

Todavía es pronto para saber, con datos estadísticos, si la crisis ha supuesto un retroceso en cuanto a igualdad entre los jóvenes. Sin embargo, Almudena Moreno, profesora de Sociología de la Universidad de Valladolid, maneja la hipótesis de que, "si en época de bonanza económica se veía cómo las chicas más jóvenes y con escasa formación se empezaban a emancipar antes que las más formadas, y dejaban el hogar de los padres para irse a vivir con una pareja de la que a veces dependían económicamente, es probable que esa tendencia se haya agudizado y pueda afectar a las más formadas, aunque ellas lo verán como algo temporal".

No hace falta estar embarazada para que te discriminen. Tener 32 años y estar casada son dos indicadores de que una mujer es una madre en potencia: "Un descarte". Eso le dijeron a Ana María González, de Valencia, con toda claridad el jueves durante la enésima entrevista de trabajo que hace desde que hace un año se quedó en paro. "Estoy harta de las tres preguntas: ¿Estás casada? ¿Tienes hijos? ¿Quieres tenerlos? Dan igual mis 11 años de experiencia. Lo que me sacó de quicio de esa entrevista es que me dijeron claramente que estar embarazada, o poder estarlo, es un criterio de eliminación como saber o no inglés", explica.

Esta generación, tan igualitaria en las expectativas y en la educación, aterriza en el trabajo en pleno recorte del Estado de Bienestar. "Los avances logrados son sólidos", explica Fefa Vila. La Ley de Igualdad es una buena herramienta y garantiza en teoría la conciliación, "pero no de facto", sostiene. "Los derechos se resienten en época de crisis. Hay pocas ayudas y plazas de guardería, los trabajos son temporales, los sueldos, bajos. En España se considera que la conciliación es una renuncia, y no una garantía de tu vida profesional", añade Vila.

Ante la dificultad para conciliar en condiciones, algunas mujeres optan por dedicarse de lleno a ser madres. "Con un hijo, ¿dónde me van a querer?". Eva Gracia, 28 años, se hizo esta pregunta después de que en septiembre, cuando solicitó la jornada reducida, le anunciaran que su puesto "ya no existe" y que, si se reincorporaba, lo haría para ocuparse de "las tareas que fueran surgiendo". Se las enumeraron vagamente y vio que tenían que ver con las de una administrativa o una secretaria, no con las de una consultora jurídica, que era el puesto que desempeñaba antes de ser madre. "Al final pacté un despido". También tomó una decisión: "Se acabó la empresa privada. A partir de ahora, soy yo la que no quiere pasarse horas calentando la silla fuera de horario solo porque me van a mirar mal. Para mi madre es un error que yo haya decidido tener al niño a esta edad, cree que condeno mi carrera... Ella trabaja y piensa que ser maruja es terrible. Pero yo no me considero una maruja. Hay muchas chicas como yo, con aspiraciones y alta formación que eligen esto".

Ahora está en casa, tiene un blog (mamacontracorriente.com) que le aporta "autoestima, y puede que llegue a dar dinero", y cuida de su hijo. "Al principio no quería dejar de trabajar, tenía miedo a perder el tren. Es una pena pasarse años estudiando, primero Derecho y luego un máster en Mercantil, para esto. Además, he visto que económicamente no me compensaba la reducción de jornada. Iba a cobrar 750 euros al mes, pero eso implicaba pagar una guardería privada en Madrid: 350 euros. Y es barata".

María Ángeles T., de 31 años, puede elegir. Elegir de verdad, al margen de las circunstancias. Ha estudiado dos ingenierías técnicas, lleva seis años en Dublín. Hace un año nació su hija y ha decidido, con su marido, volver a España y dejar un trabajo bien remunerado. Tiene una casa en Alicante. Allí está su familia y sus amigos. "Nos podemos permitir que yo no trabaje. Prefiero cuidar de mi hija un tiempo a que lo hagan otros. Mi marido viaja mucho, y ahora que tengo la jornada completa de nuevo en el laboratorio, llego muerta y tengo que ocuparme de la niña y de la casa. Una au pair vive con nosotros y cuida de la niña cuando trabajo. Pero es que quiero tener tiempo y energía para estar con mi pareja y con mi hija. Y para mí misma". Tiene claro que su elección es transitoria: "No he estudiado dos carreras para ser ama de casa".

"Odio ser ama de casa"

La maternidad puede agrandar las diferencias de género, sobre todo en el trabajo. Y más en época de crisis, ya que las mujeres "seguimos en la cuerda floja por mucha formación que tengamos", dice Fefa Vila, experta en género. Perder el trabajo implica perder la independencia económica y condiciona el papel de hombre y mujer en una pareja.

Verónica Cernadas tiene 33 años. Desde que empezó la crisis está desempleada. Estudió Filosofía, ahora hace el doctorado y ha tenido "mil empleos". Ha aprobado dos oposiciones de profesora de Secundaria, dos sietes y sin plaza. Ni para una sustitución. Su pareja sí logró una. Viven en Logroño. "Somos iguales pero dependo de él", explica. "Me da dinero todos los meses para hacer la compra y para lo que yo quiera. Cuando tenemos que tomar una decisión y no estamos de acuerdo, soy la segunda. Entonces me digo a mí misma: 'soy un ama de casa, soy un ama de casa'. Forzosa. Y odio serlo. Odio ir a la compra, no quiero ser como las otras amas de casa, no quiero tener sus preocupaciones, ni ser experta en nada que tenga que ver con la casa". Nadie la educó para esto. En el blog libretadepoemas.blogspot.com publica poesía. Se siente culpable si compra un bolso o un libro: "Busco la aprobación de mi pareja para mis adquisiciones, igual que antes con mi madre. En cierto sentido me estoy infantilizando. Yo no creo que el dinero sea de los dos, es suyo, para eso lo gana. A veces pienso que sería distinto si tuviésemos niños, yo los cuidaría y estaría haciendo algo productivo, y al rato me digo: '¿solo para sentirme productiva?' Es absurdo".

En cifras

- La edad media a la que se es madre en 2010 en España es 30,83 años. En 1990 era 28,86.

- En el primer semestre de 2010, 162.597 mujeres percibieron la prestación por maternidad, un 4,32% menos que en 2009.

- El sueldo de las mujeres que deciden ser madres es, de media, un 24% inferior al de los homólogos varones que son padres (dato de IE Business School).

- Las mujeres con contrato temporal que se acogen a la reducción de jornada cobran un 20% menos por hora trabajada (frente al 4% menos que percibe las contratadas fijas).

- El 30% de los contratos son a tiempo parcial y recaen mayoritariamente sobre las mujeres.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 09 de octubre de 2010.

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