Reportaje:Jorge García, jefe de restauración del Museo Reina Sofía | EL JEFE DE TODO ESTO

La 'UVI' del arte moderno

"Aquí tenemos que estar siempre a la última", dice el responsable

Desde una pared nos miran Andy Warhol, Jean-Michel Basquiat y Francesco Clemente retratados en una gran fotografía en blanco y negro. En otra foto, en otra pared, Picasso anciano pinta. En el medio, grandes mesas, cuadros, caballetes, papeles, una aspiradora y un viejo televisor de los años setenta u ochenta del siglo pasado. "Eso también es una obra de arte", dice Jorge García Gómez-Tejedor señalándolo. Él es quien manda aquí.

Estamos en el taller de restauración del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (MNCARS), y, para el no iniciado, es una aventurilla llegar hasta aquí. Las entretelas del museo son complejas: después de recorrer laberínticos pasillos, algún ascensor de cristal, superar controles de seguridad y puertas con contraseñas, lejos de los ojos del visitante, se llega al taller. "Aquí tenemos que estar siempre a la última", explica García Gómez-Tejedor, "en el arte contemporáneo cada artista hace cosas diferentes, usa diferentes materiales y formatos. No es como restaurar lienzos del siglo XVII". Un ejemplo es la obra de Marcel Broodthaers Panel con huevos y taburete, que incluye cáscaras de huevo pegadas a un lienzo y un taburete. En el departamento estudian cómo reparar las cáscaras dañadas o si es lícito hacerlo.

"Esto no es como restaurar lienzos del siglo XVIII", afirma García
Su equipo estudia cómo reparar las cáscaras de huevo de una obra
"He viajado mucho porque el arte moderno se mueve una barbaridad"
"El trabajo es frenético a veces, como si esto fuera un periódico"

Este espacio blanco, amplio y diáfano parece una mezcla de estudio de artista y laboratorio científico. "Más que arte, esto requiere ciencia y conocimiento del arte. Digamos que es una profesión científica en el campo de las humanidades", explica el jefe, que lleva al frente del departamento de Conservación-Restauración desde 2003. Su equipo lo forman unas 30 personas entre las que, además de restauradores, hay químicos, especialistas en imagen digital e informática, o biólogos colaboradores. Trabajan sobre lienzos, papel, fotografía, material industrial u orgánico, lo que sea. Limpian, recomponen, radiografían, restauran, hasta tienen una forma de eliminar insectos mediante asfixia.

"Los artistas jóvenes suelen estar más despreocupados por sus piezas. Cuando ya tienen más obra y están consagrados muestran mayor preocupación. En general les interesa perpetuarla, aunque hay otros artistas que dicen que su obra es efímera, tiene un periodo de vida y ahí radica su valor. Nosotros no vamos a modificarlo", dice el jefe de restauración.

"En principio quería hacer Bellas Artes, luego me decidí por esto", explica García Gómez-Tejedor en su despacho, rebosante de libros y papeles. "La restauración de arte contemporáneo era una especialidad que a finales de los años setenta, principios de los ochenta, prácticamente no existía, pero coincidió con la muerte de Dalí. Había que hacer unas intervenciones en su legado y esa fue mi primera toma de contacto", continúa. Aquí le tienen ahora, mostrando con orgullo el laboratorio químico donde llevan a cabo sus investigaciones, con sus probetas, sus microscopios, sus frascos de sustancias peligrosas y su póster de la tabla periódica. O la sala donde le hacen radiografías a los cuadros, como si esto fuera (en cierto modo lo es) un hospital para sanar de obras de arte. Al mirar a las obras a través de rayos X, ultravioleta o infrarrojos es posible ver lo que había pintado debajo del cuadro o apreciar detalles de las pinceladas que no son visibles a simple vista. Los expertos las escrutan de manera similar a como lo hacen los astrónomos con el cosmos.

Y no solo trabajan en casa: al arte moderno le gusta viajar, pero, como un niño, nunca debe hacerlo solo. "Aunque ahora me dedico más a otras tareas, he viajado por todo el mundo, porque el arte contemporáneo se mueve una barbaridad, se hacen muchísimas exposiciones. Hay que estar en guardia y cuidar mucho las obras cuando se manipulan", afirma el jefe de restauración. Esta es la figura del correo, que acompaña a la obra, supervisa el embalaje, y el transporte, la llegada, hasta que ya está colocada en su nueva ubicación y los receptores se hacen responsables. Pasados unos meses habrá que volver a recogerla y confirmar que está sana y salva.

"El trabajo aquí es frenético a veces, como si esto fuera la Redacción de un periódico", explica García Gómez-Tejedor. Una parte importante del trabajo es conservar las obras del museo: aunque hay 1.000 expuestas, el fondo cuenta con más de 17.000, de las que también hay que cuidar cuando están retiradas. Aquí montan y desmontan las exposiciones, trasladan las obras. Para mover al jardín el Toki Egin de Eduardo Chillida, que pesa nueve toneladas, hubo que abrir una pared del edificio Sabatini y usar dos grúas en una operación que tardaron dos semanas en planear y llevar a cabo. Además, en el taller de restauración investigan y enseñan, porque, como dice el jefe de todo esto, "un museo es algo más que una sala de exposiciones".

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 28 de septiembre de 2010.

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