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El sector exterior y el crecimiento

Hace unos días la Comisión Europea publicó unas previsiones revisadas para este año en las que mejoraba ocho décimas el crecimiento previsto en la primavera para el conjunto de la Unión Europea (UE), aunque para España el incremento adicional fuera tan solo de una décima (de una caída de cuatro décimas a otra de tres). Unos días después el Tesoro tuvo un éxito notable en la colocación de deuda pública a largo plazo en cuanto a peticiones y a tipos de interés, lo que llevó a algunos analistas a separar a España del pelotón de cola de los países europeos con dificultades. Los mercados parecen confiar ahora en nosotros más de lo que lo hacían hace tan solo dos meses, lo cual es, indiscutiblemente, una buena noticia. La mejora de la confianza exterior tiene importantes repercusiones para el bolsillo de los ciudadanos, ya que reduce el coste del servicio de la importante deuda exterior que arrastramos, tanto pública como privada.

Si somos capaces de crecer y de reducir el desequilibrio exterior acabaremos ganando la partida

El elemento esencial que ha influido en el cambio de expectativas reside en los planes de ajuste del Gobierno, por lo que será esencial que este mantenga firmemente sus propósitos para el año actual, el que viene y los siguientes. La presentación de los Presupuestos para 2011 y su discusión a lo largo de las próximas semanas serán de gran importancia para la eventual consolidación de un nuevo clima de confianza.

Las diferencias entre las previsiones de la Comunidad y las del Gobierno en lo que se refiere al crecimiento son pequeñas para este año (una décima), pero importantes para el que viene (medio punto). Es interesante considerar por ello qué elementos pueden inclinar la balanza de un lado o del otro en relación con las previsiones.

Por lo que se refiere a 2010, la pequeña revisión al alza de la Comisión se explica, fundamentalmente, por el comportamiento del sector exterior. Las exportaciones de nuestro país han sido capaces de aprovechar el tirón de la demanda mundial, pero han venido acompañadas por un aumento importante de las importaciones que ha frenado considerablemente la aportación positiva del sector exterior.

En la última década, la estructura de nuestras exportaciones ha experimentado algunas modificaciones dignas de mención. Los productos químicos son los que más han aumentado su participación en el total (más de cuatro puntos), seguidos de los productos energéticos (tres puntos) y de las semimanufacturas no químicas (un punto). Estos tres apartados alcanzan ahora el 31,5% de las exportaciones frente a un 23% de hace diez años. Los bienes de equipo, el sector del automóvil y los bienes de consumo duradero han reducido su participación, aunque juntos todavía representan un 41,2% de las exportaciones frente al 47,4% de hace diez años. Es algo que tal vez debería hacernos reflexionar pues aunque las variaciones de precios puedan distorsionar las comparaciones, parece claro que la tendencia ha sido la de un aumento de las exportaciones de bienes intermedios, para cuya producción se requiere, generalmente, poca mano de obra y que suelen tener, aunque no siempre, un nivel tecnológico medio. Por el contrario, se ha reducido la participación de sectores de mayor contenido tecnológico, aunque haya habido excepciones como, por ejemplo, la relativa a la industria aeronáutica.

En cuanto a la evolución geográfica de las exportaciones, también se han producido cambios interesantes a lo largo de la última década. Contrariamente a lo que habría podido esperarse, nuestras ventas a la eurozona han reducido sustancialmente su peso en el total de las exportaciones (seis puntos porcentuales), aunque siguen representando más de la mitad (el 56%) de las mismas. En la reorientación, ganan peso los antiguos países del Este, tanto los de fuera como los de dentro de la Unión Europea, y el Norte de África, especialmente la zona del Magreb, que ha aumentado un punto. También han aumentado, aunque ligeramente, nuestras exportaciones hacia los países de la OPEP. Esta evolución se explica en buena medida, aunque no totalmente, por el mayor crecimiento de esos mercados hacia los que ahora dirigimos nuestras exportaciones, aunque con la notable excepción de los países asiáticos, que han disminuido su participación en el conjunto.

Por lo que se refiere a las importaciones, el cambio fundamental en la última década ha sido el aumento de las compras de productos energéticos, que han pasado de un 7% a un 17% del total, la disminución de los bienes de equipo (cuatro puntos hasta el 22,5%) y la de los automóviles (tres puntos hasta el 13%). El aumento del peso de los productos energéticos en general, y del petróleo en particular se debe en gran parte al incremento de su precio, pero también a la ineficacia de las políticas de ahorro de energía. España es el único de los grandes países europeos que no ha sido capaz de reducir significativamente sus importaciones de petróleo en la última década. En los seis primeros meses de este año, el aumento en valor de las importaciones de productos energéticos ha sido del 36,8%, aunque este incremento palidece ante el 83% registrado por los bienes de consumo duradero.

Las conclusiones que pueden extraerse de lo sucedido en lo que va de año son esencialmente dos. La primera es que, aparentemente, un ligero repunte de la demanda ha sido capaz de provocar un aumento significativo de las importaciones, de tal manera que aunque hayamos sido capaces de mantener una cierta competitividad exterior, la estructura de nuestro consumo hace que los incrementos de renta de las familias tiendan a deslizarse rápidamente hacia la demanda exterior. La segunda, a la vista de lo sucedido con las importaciones de productos energéticos, es la escasa efectividad de los planes de ahorro de energía, lo que agrava nuestra dependencia energética y pone en entredicho la mejora de nuestras cuentas con el resto del mundo.

El sector exterior va a ser clave en la recuperación de nuestra economía. Si somos capaces de crecer y reducir al mismo tiempo nuestro desequilibrio exterior acabaremos ganando la partida. Si, por el contrario, un mayor crecimiento económico viene acompañado por un incremento del déficit exterior, estaremos hipotecando nuestro futuro ya que un mayor desequilibrio significa un mayor endeudamiento.

¿Será capaz la política económica de hacer frente con eficacia a estos problemas? Es de esperar que así sea. La política a corto plazo del Gobierno está bien orientada, pero por el momento no hay un proyecto capaz de articular esta política con otra de más largo alcance en la que se aborden los problemas fundamentales que la evolución de nuestras cuentas, internas y externas, sugiere. Y son ellos los que, de una u otra forma, condicionarán nuestro futuro.

José Luis Leal fue ministro de Economía y presidente de la Asociación Española de Banca Privada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0026, 26 de septiembre de 2010.