Silencios y algunos pitos en la grada

Chamartín comenzó la Liga en septiembre como la terminó en mayo. La afición conectó con el Camp Nou y condicionó sus emociones a la suerte del Barça. A las 19.30 la gente celebró la derrota del enemigo. A las 20.00 se hizo un silencio y rodó el balón. Jugaron el Madrid y Osasuna. Prosiguió el silencio. Se prolongó el rumor. El público comprobó, entre murmuraciones, que el equipo está ordenado atrás, como el año pasado, pero que arriba, como el año pasado, le cuesta funcionar, le falta pausa. La hinchada, eso sí, se emocionó con las apariciones de Özil. Cuando el Madrid se iluminó en los últimos metros siempre fue gracias a la intervención del alemán, cuyo pie izquierdo interpreta con precisión todo lo que imagina su mente avispada. Özil no entiende casi nada de lo que le dice Mourinho, porque no habla casi ninguna lengua, pero en este Madrid es indispensable. En el graderío la gente lo intuyó inmediatamente.
La comunidad madridista acudió al campo con el espíritu del gourmet, más que del hincha. A percibir, más que a aportar. A comprobar de cerca el efecto de Mourinho sobre el equipo. Y a manifestarse. La muchedumbre permaneció expectante durante media hora y pasado el plazo resolvió emitir los primeros avisos. La ronda de pitidos se abrió sobre las 20.30 y sumó adeptos hasta las 20.45. La hinchada se impacientó porque Osasuna apretó y no dejó que el Madrid moviera la pelota, ni disparara a puerta más de una vez.
Entre pitido y pitido, apareció Özil, moviéndose a lo ancho y a lo largo de la cancha, del oeste verdecido al este amarillento. Porque la hierba del Bernabéu está reseca en la banda más próxima a los banquillos. Unos 80 metros de franja pelada son el resultado, según el club, de un destructivo hongo. En la segunda parte del partido, Özil aprovechó el costado más fértil para conducir un contragolpe. Lanzado por su compatriota Khedira, el chico de Gelsenkirchen le desajustó todos los tornillos a la defensa de Osasuna. Desbordó por la izquierda y centró al punto de penalti. Remató Cristiano. Paró Ricardo y el rechace fue para Carvalho, que alcanzó el segundo palo después de acompañar la jugada como si fuera un delantero. Después de la celebración, el Bernabéu regresó a su silencio. A su estudioso silencio.
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