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CARTAS AL DIRECTOR

La guerra de Irak

Otra guerra que no consigue ganar el Ejército americano, ese que se las prometió felices cuando derribó la estatua de Sadam Husein con la bandera americana y que sale de Irak sin confeti ni bandas de música, sin victoria. Y en el mes más disimulado que puede: agosto, cuando las noticias son menos leídas y se olvidan pronto.

Me pregunto qué pensará George W. Bush al contemplar la foto que se hizo vestido como un piloto de guerra en aquel portaaviones bajo una pancarta que decía "misión cumplida" mientras por la televisión ve a su Ejército en retirada. ¿Cuál sería esa misión? Sospecho que ni él mismo la sabía y menos el trío de las Azores, que actualmente sigue impune.

Por el camino, la vacía estrategia de Justicia Infinita (más tarde bautizada por Libertad Duradera) ha segado la vida de cientos de miles de civiles, arruinado el país, acabado con cualquier esperanza de convivencia entre Oriente y Occidente y, sobre todo, ha quitado la esperanza a mucha gente en que los derechos humanos sean algún día el motor de Naciones Unidas.

Me gustaría saber quién y cuántas personas recuerdan lo que significaba el eslogan de que el mundo era un lugar mejor sin Sadam Husein y si alguien se acuerda ya de aquel hombre del saco de nuestra infancia, Bin Laden, que campa a sus anchas temiendo más a su diabetes que a la CIA.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de agosto de 2010