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Crítica:

Trotamundos

El temible Witold Gombrowicz le reprochó que, siendo poeta, disipase la energía creadora con estudios de historia del arte, pero Zbigniew Herbert (Lvov, 1924-Varsovia, 1998), veinte años más joven, se lo tomó como una broma entre polacos, pues, al fin y al cabo, el genial novelista había estudiado filosofía y economía en París antes de hacerse escritor y jamás renunció a ser el perejil de todas las salsas

El temible Witold Gombrowicz le reprochó que, siendo poeta, disipase la energía creadora con estudios de historia del arte, pero Zbigniew Herbert (Lvov, 1924-Varsovia, 1998), veinte años más joven, se lo tomó como una broma entre polacos, pues, al fin y al cabo, el genial novelista había estudiado filosofía y economía en París antes de hacerse escritor y jamás renunció a ser el perejil de todas las salsas. De manera que Herbert, a pesar de esta amonestación, sin dejar de ser uno de los mejores poetas polacos del siglo XX, lo que es mucho decir, cultivó todos los géneros y aficiones de su predilección, como el teatro y el ensayo, este último girando con frecuencia en torno a las artes visuales. Hace un par de años, se publicó la edición castellana de Naturaleza muerta con brida, que es un singular y agudísimo libro sobre pintura holandesa, donde no sólo rescató la romancesca biografía del extravagante Torrentius o dedicó un maravilloso estudio al más célebre Gerard Terborch, sino que también analizó la fluctuante economía de este país de comerciantes y aventureros, donde la especulación por el arte y los tulipanes llegó a tener tanta relevancia como el mercado de las especias o el de las exóticas manufacturas orientales. En cualquier caso, donde el brillante talento de Herbert como prosista brilla al máximo es en su condición de trotamundos.

En el libro que acabamos de citar, ya se atisba esa capacidad de Herbert para apreciar cualquier calidad artística in situ; es decir: asociando su belleza y su sentido al contexto físico y antropológico donde se produjo originalmente. Sin embargo, donde quizá mejor se aprecia este talento es en uno de sus ensayos más tempranos, editado por primera vez el año 1962 y ahora recién publicado en nuestra lengua: Un bárbaro en el jardín (Acantilado), en el que aborda, sobre todo, las más diversas obras artísticas de la cultura mediterránea, pero sin que ello le impida dedicar el primer capítulo a la cueva prehistórica de Lascaux, que es, a su vez, una excusa para adentrarse por los fascinantes vericuetos del arte parietal. En el artículo dedicado a Piero della Francesca, del que confiesa ser un devoto admirador, cita Herbert una frase de Goethe -"quien quiera comprender al poeta debe ir a la tierra del poeta"-, para luego aplicarla a la pintura de la siguiente manera: "Los cuadros como fruto de la luz que hay que contemplar bajo el sol de la tierra natal del artista". Esto es lo que hace Herbert con Piero, pero también con el heteróclito resto de obras y lugares artísticos que visita y comenta.

"Desde que los viajes se han hecho cómodos", escribió melancólicamente Ernst Bloch, "no llevan ya tan lejos". Se refería el filósofo al turismo como industria masiva que prosperó en el siglo XIX, con lo que, en el actual presente "globalizado" hay que conjeturar que hoy ir de un extremo del planeta al otro no nos lleva ya a ninguna parte, porque no se visitan lugares, sino estereotipos comerciales que han transformado las identidades en mercancías de exportación e importación. Ante esta frustrante situación, cabe quedarse en casa y viajar sólo con la imaginación, o, como hace Herbert, trotar por el mundo sin acomodarse a los tópicos. Para ello, eso sí, hace falta ser poeta y emplear la imaginación de la forma más incómoda e incordiante, la única capaz de darle la vuelta al mundo hasta que reluzca su enterrada belleza original.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de agosto de 2010