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Reportaje:ARQUITECTURA / Reportaje

Vallecas será pop

El ensanche de Vallecas cuenta con más de 45 proyectos de vivienda pública en marcha. Un escaparate de trabajos de la última generación de arquitectos madrileños

Con sus bulevares sobredimensionados que se extienden hacia el horizonte, carentes de tráfico o paseantes, y sus aisladas agrupaciones de edificios, recogidas entre solares vacíos, parques semiabandonados, reservas de suelo, viejas vías pecuarias y espacios "verdes" sin definir, el ensanche de Vallecas en el sureste de Madrid revela la desmesura del boom inmobiliario de la última década y la desolación de la crisis actual. Fue promocionado en su día como una nueva ciudad de 100.000 habitantes. Hoy los campos y cielos de la meseta todavía dominan sus calles. Aquí el Ayuntamiento de Madrid está construyendo los últimos proyectos de vivienda pública puestos en marcha antes de la crisis, siguiendo sus programas en los ensanches de Sanchinarro y Carabanchel y en otras partes de la ciudad. Mientras en sus actuaciones anteriores la Empresa Municipal de la Vivienda y Suelo (EMVS) había dado el protagonismo a proyectos firmados por arquitectos internacionales como David Chipperfield, Thom Mayne, los holandeses MVRDV o Alejandro Zaera, en Vallecas los trabajos de estudios locales, y de arquitectos jóvenes en particular, han tomado el relevo, convirtiendo el barrio en un escaparate de obras de la última generación de arquitectos madrileños. La EMVS ha entregado un total de 31 proyectos y 3.000 viviendas en el barrio, en regímenes de venta y de alquiler, y tiene 29 proyectos y casi 2.000 pisos en marcha.

Los proyectos mantienen vivo el viejo impulso de la arquitectura racionalista de crear los prototipos de una futura utopía social

Son proyectos ganados en concursos abiertos por sus autores, que proponen investigar nuevas maneras de ocupar el terreno, nuevas técnicas constructivas, nuevos materiales y nuevas configuraciones tipológicas. Están condicionados por los ajustados presupuestos y la exhaustiva normativa de la vivienda pública, aunque la EMVS ha actuado en muchos casos para hacer los cambios puntuales en el plan urbano necesarios para su realización.

En su espíritu inventivo, los proyectos mantienen vivo el viejo impulso de la arquitectura racionalista de crear los prototipos de una futura utopía social. Las reivindicaciones de los maestros del movimiento moderno del siglo pasado por una vivienda social sana, digna y funcional, bien iluminada y ventilada, y ubicada en un barrio dotado con servicios básicos, están ya más que satisfechas en una operación de la envergadura de Vallecas. Lo que queda por hacer para la arquitectura son las tareas de afrontar las deficiencias de los planes urbanos, por lo menos en la pequeña escala de la manzana, de avanzar en campos técnicos donde los promotores privados todavía se resisten a entrar -los acabados de ladrillo han desaparecido por completo en la vivienda pública, por ejemplo- y de crear hitos, irrupciones de color e individualidad en un paisaje que carece de hitos, donde todas las manzanas suelen repetir los mismos volúmenes y las mismas alturas.

La colección más densa de proyectos públicos se encuentra en el bulevar de la Naturaleza, alrededor de sus famosos "árboles de aire" del estudio Ecosistema Urbano, ahora reproducidos para el pabellón de Madrid en la Expo de Shanghai. Es la primera zona terminada del ensanche, aunque aquí también hay solares sin edificar. Ubicada en un rincón del plan urbano, lejos de las manzanas de promoción libre, conforma un pequeño núcleo de vivienda social, pero por su propia concentración alcanza una densidad urbana que todavía falta en el resto del barrio.

Los "árboles de aire", plazas de sombra envueltas en mallas verdes de vegetación, ocupan los cruces del bulevar, cerrando vistas que en el resto del ensanche son demasiado abiertas. Son los únicos lugares en la zona donde se oye el canto de los pájaros. Alrededor se sitúan algunos de los proyectos más atrevidos de la EMVS, con acabados de planchas metálicas galvanizadas, texturas corrugadas y colores de una intensidad pop. Es una auténtica utopía de la joven arquitectura madrileña, apenas un cruce de calles, como las utopías suelen ser.

En una de las manzanas se encuentra la propuesta de Enrique Barrera y César de la Cueva, del estudio Haiku Arquitectura, que rompen con la típica manzana cerrada del barrio. En su lugar, hacen flotar sobre el solar varias barras extendidas de viviendas, apiladas unas sobre otras, y deslizándose sutilmente en sus orientaciones. Están sujetas exclusivamente por las columnas de las escaleras y ascensores, mientras cerchas de dos plantas de altura en cada barra permiten luces de hasta 18 metros. La orientación norte-sur es idónea para la iluminación natural y el ahorro energético, el suelo se convierte en un jardín, y los huecos entre las barras se prestan para terrazas comunes y viviendas de tipología especial.

En una manzana próxima, Javier Camacho y María Eugenia Macías han proyectado un bloque de viviendas como si fuera un gran armario de madera lacada, donde las ventanas se ocultan del sol detrás de puertas plegables. Para las fachadas han empleado un nuevo sistema ligero de tableros baquelizados de alta densidad, de color mostaza, y facetada para reflejar la luz de la tarde. El juego de colores y texturas continúa en el otro lado del bulevar, donde Hugo Araujo y Marién Brieva han creado una manzana-fortaleza rematada por torres recubiertas de planchas metálicas de un color verde ácido, en donde cada planta es un piso individual.

La zona también recoge obras de arquitectos más experimentados. En los bloques proyectados por Mariano Bayón se destacan las luminosas fachadas de vidrio. Eugenio Aguinaga ha salpicado las fachadas de otra manzana con rojos, naranjas y amarillos, una variación sobre el colorido proyecto en la zona de Campamento que realizó con el arquitecto mexicano Ricardo Legorreta. Y Salvador Pérez Arroyo, junto con Eva Hurtado, han proyectado una obra contundente y rigurosa, con bloques de hormigón blanco que parecen flotar sobre el suelo, animados con elementos de color y huecos a gran escala.

Dejando el bulevar de la Naturaleza por los terrenos menos poblados alrededor de la avenida de Gavia o al otro lado de la M-45, se encuentran muchos proyectos que se quedaron parados por la bancarrota de sus constructores, aunque ahora los trabajos han comenzado de nuevo después de su readjudicación, según fuentes de la EMVS. Entre ellos se destacan bloques de pisos de Guillermo Vázquez Consuegra y el inglés Peter Cook, antiguo miembro de Archigram (en colaboración con Salvador Pérez Arroyo), dos promociones de casas adosadas de los estudios Selgascano y Dosmasuno, y la última obra de Miguel Fisac, proyectada antes de su muerte en 2006 con 92 años, donde siguió experimentando con sus curiosos encofrados blandos para el hormigón y otras técnicas patentadas de su propia invención.

Entre los pocos proyectos de la EMVS terminados en estas zonas, Fernando Pino y Manuel G. de Paredes han empleado acabados metálicos -en este caso, de chapa de aluminio- y un abanico de colores llamativos para la fachada exterior de un bloque de pisos en alquiler. El perímetro dentellado otorga privacidad a los salones y dormitorios. Anchas galerías de acceso trepan por su cara interior, y la cubierta alberga un solárium común. En una zona más aislada del ensanche, Javier Parro ha terminado una manzana de 23 casas de dos alturas, colocadas en filas sobre el solar como contenedores de mercancías. Y en un bloque de pisos situado en la calle de Antonio Gades, Lucía Esteban y Francisco Ortiz han proyectado una fachada de balcones continuos y ondulados, como olas, una propuesta a la vez original y con referencias exóticas al pasado, desde Gaudí hasta los edificios Watergate en Washington, proyectados por Luigi Moretti en los años sesenta.

Desde la calle de Antonio Gades se puede ver la torre de 23 plantas del Estudio Entresitio (César Jiménez de Tejada y los hermanos María y José María Hurtado de Mendoza). Los arquitectos han renunciado a ocupar el 30% del solar para no tener que seguir la volumetría del plan urbano y sus esquinas recortadas en chaflán, que consideran poco prácticas o elegantes. Con la altura de la torre recuperan los metros cuadrados perdidos por este sacrificio de terreno. Y cambian los juegos de colores en los acabados de sus compañeros por la sobriedad del zinc negro, creando así un objeto extraño y refinado, un punto de ruptura en la textura urbana que funciona también como punto de orientación. Es quizá el mejor ejemplo del intento de todos los proyectos en Vallecas de ofrecer calidad y variedad dentro de los límites estrictos de la vivienda pública. Y después de años dedicados a una invención formal más libre, representa una nueva tendencia hacia la sobriedad y la contundencia formal que está surgiendo dentro de la última generación de arquitectos madrileños.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de agosto de 2010