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lecturas de estío

Hojas de calendario o Poemillas de Primavera por José María Aznar

EL PAÍS ha encargado a eminentes científicos, egregios catedráticos, exitosos profesores de escuelas de negocios y reconocidos críticos literarios que elaboren una pequeña pero ajustada biblioteca imprescindible para considerarse un ser humano. Hoy, el profesor Alberto Luis de las Altashoces y Dampierre se zambulle en un libro inexistente...

Aun siendo bien conocido por sus múltiples actividades intelectuales, casi tanto como por las gimnásticas, no ha dejado de sorprendernos este primer libro de poemas de José María Aznar. Sabíamos de su sensibilidad, tantas y tantas veces probada a lo largo de sus décadas de actividad pública, siempre al servicio de los más débiles, así como de su afabilidad personal, diariamente reafirmada en su exquisito trato cotidiano. Josemari, como cariñosamente gustan llamarle sus amigos, siempre tiene una sonrisa a tiempo y la frase cálida en el momento preciso, la respuesta amable al impertinente.

Pues bien: aun aceptada universalmente su fina sensibilidad, el pequeño y cuidado volumen que nos ocupa supera todas nuestras previsiones. Sorpresa doble, además, porque nada sabíamos de sus extraordinarias dotes de artista plástico. El propio Aznar se ha animado a ilustrar este su primer poemario con unos graciosos dibujos de trazo primoroso: florecillas silvestres, riachuelos de fresquísima agua y rumorosos acentos, tiernas ovejitas, gráciles cervatillos...

Pero el asombro llega con los delicados poemas. Ahí laten los sentimientos de un corazón exquisito, generoso, sensitivo, iluminado receptor de las innúmeras maravillas que nos brinda la Madre Naturaleza. Pequeños y graciosos versos que nos adentran en las mil y una sorpresas de la simple observación de los milagros cotidianos: el capullo que se abre, el cálido trino de un feble ruiseñor... Es, en fin, una obra muy similar a la de otro sensible poeta de su misma generación, Francisco Álvarez-Cascos, el grácil autor de Arroyuelos y campanus.

Por último, es de justicia encomiar el delicado empleo que hace del lenguaje el inspirado Aznar. Siempre el adjetivo certero, el sustantivo exacto, el verbo necesario. Una precisión que nace, indudablemente, del amor a la belleza ejercitado en el estudio reposado de nuestros clásicos, pero ricamente especiado por la notable influencia de los románticos del XIX, de Bécquer a Espronceda.

No me resisto a ofrecer aquí, y con ello termino, una pequeña cuenta de tan magnífico rosario. Juzgue el lector y calle el indocumentado crítico ante este bellísimo serventesio de rara rima consonante:

"Suaves Murmullos y sonoros trinos

Confunden sentimientos.

Hay cielos cenicientos

En bosques y obsoletos caminos..."

Edita: Colección literaria de Fuerzas de Asalto Editoriales (FAES), S.A.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 29 de julio de 2010