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Crónica:SILLÓN DE OREJAS

Comiendo búcaros

En Madrid, la babilónica capital de principios del XVII ("hermoso abismo / de hermosura y de valor", la definía Tirso en La celosa de sí misma), todavía borracha de imperio y a la cabeza del mundo en esplendor contrarreformista, el colmo de la distinción femenina era poseer un rostro de palidez lunar, como el que a menudo exhibe, cuatro siglos más tarde, la mismísima Kate Moss. Para obtener esa blancura enfermiza y macilenta, una moda que arrasó entre las damiselas de la nobleza y fue condenada por la Iglesia, la receta más recomendada era comer arcilla, bien en tabletas (aderezadas caseramente con azúcar o almíbar), bien a las bravas, a base de pegarles frecuentes mordiscos a las vasijas de barro que hubiera por casa (las preferidas eran los búcaros portugueses de Estremoz). La ingestión de arcilla (comer barro, se decía) provocaba una variedad de clorosis conocida como "opilación". Para curar los estragos que producía esa anemia inducida, los galenos de la época prescribían infusiones (en ayunas) de agua con polvo de hierro, además de largos paseos para digerirlas. La Puerta de Atocha y los Prados (de San Jerónimo, del Soto), que eran los más frecuentados lugares de recreo y esparcimiento de la Corte, se poblaron de demacradas convalecientes que paseaban con sus dueñas reposando el mejunje y dirigiendo incitantes miradas a sus pretendientes. Por supuesto, tanto la muchacha opilada (fingida o verdadera, que hubo de todo) como la muy terapéutica moda de "tomar el acero" (nótense las connotaciones sexuales de la expresión, muy aprovechadas por los escritores barrocos) se convirtieron en objeto de crítica, burla o escarnio por parte de moralistas, poetas y, sobre todo, dramaturgos. El acero de Madrid, de Lope de Vega (edición de Stefano Arata en Castalia, 2000), estrenada en torno a 1608, es la comedia que trata el asunto de modo más explícito, aunque existan referencias literarias anteriores, como aquel romance anónimo de finales del XVI cuyo estribillo rezaba: "Niña del color quebrado, / o tienes amores o comes barro". He vuelto a pensar en el motivo literario de la opilación, que me apasiona desde que leí la citada obra de Lope, gracias al delicioso y breve ensayo El vicio del barro (Ediciones El Viso, 2009), de la impagable historiadora Natacha Seseña, en el que se rastrea la extravagante moda desde sus orígenes árabes hasta su plasmación en algunas de las obras de arte más significativas del Siglo de Oro, incluyendo Las Meninas (la próxima vez, fíjense en la pequeña vasija de color rojo que Agustina Sarmiento ofrece a la infanta Margarita). En cuanto a la señorita Moss -el icono trash de lo que va de milenio- les recomiendo el ensayo de Christian Salmon Kate Moss Machine, publicado por Península. Por lo demás, si se hartan del bronceado y desean cambiar de aspecto, dense una vuelta por Talavera, pongo por caso, y adquieran suficiente material para opilarse en otoño. De nada.

Sin Larsson

Aprovecha el día sin confiar en que venga otro después (carpe diem quam minimum credula postero): se diría que la poética consigna horaciana sigue inspirando el trabajo de muchos editores españoles. Mis amigos libreros (independientes y de cadena) me aseguran que será muy difícil que puedan cumplirse los objetivos fijados para el año, parcialmente elaborados bajo la presión del "efecto Larsson". De manera que no es de extrañar el desánimo que cunde en el sector, privado este año de un "elefante blanco" (y no me refiero al general Armada, al que supongo en su pazo) que les permita remontar el descenso de las ventas. Junio y julio están siendo meses crueles, a pesar de las compras vacacionales. Habrá que esperar a la rentrée, en la que, sin embargo, no se anuncia nada con las potencialidades comerciales de la saga del difunto sueco, cuyos herederos siguen a la gresca y mareando la perdiz en torno a la "cuarta" novela ("dos semanas antes de morir, Stieg me escribió que ya había casi acabado el libro", insiste su hermano Joakim). Entre las "apuestas" nada parece a priori que pueda generar tanta caja: ni las nuevas novelas de Follett o Le Carré (Plaza & Janés), ni las de Almudena Grandes (Tusquets) o Elvira Lindo (Seix Barral), ni la de Manuel Rivas (Alfaguara), con precios que oscilan entre los 25 y los 18 euros, servirán para restaurar la alegría librera que suscitó el sueco. A pesar de ello, las "grandes empresas" editoriales (ese 4,4% del total que genera el 65,7% de la cifra de negocios) siguen sin reducir sustancialmente su producción de títulos, como si no les importara demasiado el espectacular descenso (un 14%) de las tiradas medias en 2009. La campaña del libro de texto (un 27% de los ingresos de la industria) tampoco augura lanzamiento de cohetes: ha descendido la facturación de materiales y libros correspondientes a la ESO, debido (cito a los editores) "a las erráticas políticas educativas y a la aplicación en muchas comunidades autónomas de los poco pedagógicos sistemas de préstamo y reutilización de los libros de texto". ¿Pero qué quieren? ¿Que en plena crisis las familias se gasten una pasta en nuevos libros para cada hijo, sólo para que las cinco o seis compañías que controlan el texto se pongan contentas? En fin, hagamos lo que nos sugiere Horacio y, también, por cierto, los chicos de Grateful Dead en algunos temas de su increíble recopilación Skeletons in the closet (1974), que estoy escuchando ahora mismo: agarremos el día y exprimámoslo. A ver si, entretanto, hay suerte y regresa un Larsson triunfante y glorioso para nunca más morir.

Recepción

Le tomo la palabra a John Ashbery: "Me recuerda a Proust y Shakespeare (...) en el sentido de que, en las obras de estos, las cosas cotidianas que nos rodean y escapan a nuestra atención (también) nos son enfocadas de modo deslumbrante". El gran poeta norteamericano se refiere a la tercera parte de Tu rostro mañana (Veneno y sombra y adiós, Alfaguara, 2007), de Javier Marías, el libro que ha consagrado a su autor en el difícil mercado estadounidense, donde ya ha publicado otros 12. Me llama la atención el escaso eco que por estos pagos ha tenido la insólita repercusión en la anglosfera de la última novela de Marías, un autor considerado "de cejas altas" y, por tanto, relativamente minoritario. Las reseñas, artículos y entrevistas que he leído (desde The New York Review of Books hasta The Economist, desde The Guardian a Los Angeles Times o The New Yorker) abundan en un tipo de elogios que aquí no suelen dispensar los críticos ("una de las novelas más grandes que el siglo ha producido hasta ahora", "el sobrecogedor final de una extraordinaria obra de arte", "la primera obra maestra de la literatura del siglo XXI", etcétera). En nuestro país la recepción fue, en general, más tímida, quizás por nuestra proverbial tendencia al desdén de lo propio, especialmente si se lo alaba fuera, como ya ocurría. Lo digo, en fin, para que conste. Y lo diría también de otros, si el caso fuera. Pero no lo es (o, al menos, no tanto).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 24 de julio de 2010