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Crónica:Música

El fallido invento de Casablancas

La segunda jornada del FIB arranca con el líder de los Strokes en solitario y una tarde de talentosos españoles

Con ese nombre, Julian Fernando Casablancas, bien podría ser uno de los artistas españoles que ayer reivindicaron con acierto el talento patrio. Pero no, él es una estrella que llegó el último al escenario, que no habla ni gota de español y que tiene un grupo que revolucionó hace unos años las tendencias en el rock.

Pero eso eran o son los Strokes, quizá el poderoso motivo por el que fue capaz ayer de congregar en el escenario grande del FIB a una multitud que no se sabía ni una de las canciones de su proyecto en solitario, pero que quería bien pronto su ración de estrella. Quizá por eso, muy escaso de pundonor, tuvo que recurrir a algún tema de su formación original (todavía en activo, por cierto) para animar a un público que se mecía sobre sí mismo mientras unos cuantos incautos, al fondo, centrifugaban su estómago en una inquietante atracción de feria y un grupo de españoles contemplaba entusiasmado a los Ilegales. Raro, ¿eh?

Hay más. Casablancas, culpable hace unos años de una cierta vuelta a las esencias del rock, abraza ahora sin rubor los apaños electrónicos en sus canciones. Con dos baterías sobre el escenario, filtros de voz y la contribución inestimable de un sonido deficiente, logró formar un barullo sonoro considerable. "¿Qué es esto? ¿De qué va este?", le decía una chica a su hermana gemela. De nuevo, el público volvió a animarse cuando la banda ocasional recurrió a temas de los Strokes (con bis incluido), cuyos miembros deben estar alucinando en su sofá con la cara que tiene Casablancas. La próxima vez, si puede ser, que se los traiga a tocar.

Pero la tarde había sido de las bandas españolas. Alondra Bentley, una murciana de origen británico, una de las más talentosas exponentes de esta nueva hornada de artistas españoles, que incluyen voces y bandas como la de Annie B Sweet, Nacho Umbert o El Hijo demostró su finura y paciencia en un escenario casi vacío, a las siete y media de la tarde y a pleno sol. Se plantó con una banda con trompeta, órgano y contrabajo para deslizar entre el calor su folk suave y sencillo que nada tiene que envidiar a los granjeros de Brooklyn que nos hemos tragado en los últimos años.

Todos los españoles que había en el recinto a las ocho y media, muy sorprendidos de saludarse en su idioma, se encontraron después ante el enorme escenario donde tocaban Triángulo de amor bizarro (que deben su nombre a New Order, la banda de Peter Hook que tocó más tarde). Para ver al grupo gallego, una de las sensaciones del momento, conviene llevar tapones para los oídos. Tienen un directo explosivo de incontables decibelios que se come las actuaciones vecinas, al estilo de My Bloody Valentine y que, honestamente, quizá no era lo más adecuado para esa hora. Pero cumplieron de sobra. Lo mismo que Antonio Luque, el Sr. Chinarro, uno de los responsables de que haya surgido esta generación sin complejos, aunque haya tenido que predicar un tiempo en el desierto, y que se encontró con su público de siempre en este festival.

Luego vinieron Hot Chip, una banda que ha revolucionado el sonido indie para arrojarlo a la pista de baile. Su último disco, One life stand, suena mucho más orgánico, más natural, sobre un escenario donde Alexis Taylor sube con sus gafas de empollón para recordarle a todos los raros del mundo que ellos también pueden ser los reyes de la discoteca. Pero el plato fuerte del día fueron Vampire Weekend. Unos niños bien que se conocieron en Columbia y que han desempolvado con cierta inteligencia un pop fresco con permanentes referencias a la música africana. Algo que ya exprimió en su día, con interesante anticipo, Paul Simon.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de julio de 2010