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Crónica:TOUR 2010 | Octava etapa

Armstrong se cruza, al fin, con su destino

El tejano dice adiós al triunfo al perder más de 11 minutos mientras Contador cede 10s a Schleck

El Tour no permite que ninguno de sus grandes campeones se retire invicto. Para todos guarda un puerto, un lugar, un nombre, una etiqueta, un símbolo. El lugar que encontró ayer Armstrong, el que se había retirado en 2005 desde lo alto de su séptima victoria consecutiva y regresado cuatro años después en su búsqueda. A los 38 años y 10 meses, el viejo héroe se cruzó por fin con su destino en un col de los Alpes, un puerto sin apenas historia, como los de los demás.

Antes, como todos, tuvo un presagio, una señal de que su inmortalidad deportiva se acercaba a su final. Los que cuando ganaban nunca sufrían, nunca pinchaban, nunca se caían, se despertaron un día sufriendo, cayéndose, pinchando. Los que nunca en su vida habían tenido mala suerte descubrieron que también existía.

Lance se cayó dos veces y en otra ocasión tuvo que echar pie a tierra

A Merckx, intocable hasta entonces durante cinco Tours -salvo el día de 1971 en que Ocaña le hizo temblar, pero no caer definitivamente-, un espectador le dio un puñetazo en el hígado en la meta del Puy de Dôme. Un par de días después se quedó clavado en el pequeño Pra-Loup. A Indurain, cinco Tours consecutivos sin flaquear, le cayó encima un diluvio premonitorio poco antes de deshidratarse en la estación de esquí de Les Arcs. A LeMond le golpeó y derribó un coche del Gatorade en Aspin poco antes de quedarse en el Tourmalet sin tiempo para ver el ataque con el que Indurain inauguraba su reinado.

Armstrong, el que nunca se caía, como demostró cuando Beloki se destrozó la cadera y él lo evitó atravesando campo a través, o al que las caídas le hacían bien, como cuando chocó con Mayo en Luz Ardiden en 2003, se cayó ayer dos veces y una tercera, desesperado, tuvo que poner pie a tierra tras chocar con un amasijo de corredores delante de él. De la primera, un enganchón con varios, Evans entre ellos, salió casi ileso. De la segunda, un pinchazo antes de una rotonda, un bordillo insalvable, un golpe en el codo y en la rodilla izquierdos, un sillín roto, salió muy tocado, casi hundido. Se produjo simbólicamente al pie de La Ramaz, el primer puerto de primera del Tour. Cuando logró enlazar con el pelotón, ya iba sin fuelle. "Yo llegaba y ellos ya subían a tren. No me pude acoplar", dijo Armstrong. A tren y acelerando. Su caída había dado ideas a los favoritos. Primero, a Wiggins, que mandó acelerar a Flecha; después, a Andy Schleck, que hizo vaciarse a Sorensen. Fue el empujón definitivo. El momento en el que Armstrong oyó un clic: la cuerda invisible que le unía al grupo acababa de romperse. El clic se oyó por todo el puerto y hasta en el valle que terminaban de dejar. Rebotó en eco tumultuoso contra las paredes de roca, contra los pilares de los paraavalanchas que atravesaban, contra la bóveda del túnel de un kilómetro que aumentaba el tormento, un túnel que, para Armstrong, no tenía luz al final. Oyó el clic Contador e inmediatamente azuzó a sus chicos, a los indesmayables escaladores Tiralongo y Navarro, a Vinokúrov, aplastado sobre su montura. Allí se quedó Armstrong, el maillot destrozado, el rostro serio, a quien auxiliaba su fiel Horner. Por la cima, cuatro kilómetros después, perdía un minuto apenas. Entre el descenso y el último ascenso, a Avoriaz, la diferencia se multiplicó por casi 12. "Ha sido un mal día, un muy mal día", dijo Armstrong; "el Tour se ha terminado para mí, pero no abandono, seguiré".

A la escabechina contribuyó decisivamente Navarro, el escalador asturiano que, delante de Contador, marcó un ritmo demoledor en toda la ascensión a Avoriaz. A su rueda, mientras poco a poco se iba deshaciendo el grupo de resistentes -a cinco kilómetros de la cima quedaban 14: todos los importantes salvo Armstrong-, el chico de Pinto calculaba. No iba a atacar porque no deseaba alcanzar el liderato: le iba bien con que Evans, líder virtual casi toda la etapa ante el hundimiento previsible de Chavanel, se vistiera de amarillo. Pero, aunque no atacara, no iba a permitir que nadie se moviera. Para ello hizo incrementar el ritmo. Con ello se desnudó; con su exceso de fuego bajo el calor, también. A dos kilómetros de la cima, cuando el puerto se convirtió en falso llano, comenzaron los ataques de los que buscaban ganar la etapa. Kreuziger, Van den Broeck... A por los dos salió Contador. También a por Samuel y también lo intentó, a 500 metros, con el más duro, Andy Schleck. El ataque con el que no pudo y en el que cedió 10 segundos que solo tienen valor simbólico en un día plagado de símbolos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 12 de julio de 2010