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COLUMNA

El Tartarín valenciano

Hay cosas interesantes escritas sobre la modernidad de Vicente Blasco Ibáñez, sobre su significado contradictorio como escritor y como figura política de un radicalismo de inspiración francesa lleno de buenas intenciones, anticlerical y demagógico, de gran proyección pública. Ninguna de ellas forma parte de las lecturas del nuevo director del Museu Valencià de la Il·lustració i de la Modernitat (Muvim), cofrade de una secta de historiadores tan supuestamente provocadores como sospechosamente concomitantes con los tópicos de la ideología dominante. Nadie en sus cabales, salvo algún cofrade de Javier Varela, discutirá que Ramir Reig ha escrito las páginas a la vez más documentadas y críticas, y más ecuánimes y afectuosas, sobre el escritor y sobre el líder que representó la irrupción de la sociedad de masas en nuestra historia. De lectura muy recomendable.

Sin duda, Blasco Ibáñez es un buen tema para el Muvim. Y para esta sociedad valenciana vencida por el papanatismo y la indolencia. Un buen punto de partida para reflexionar sobre nosotros, los valencianos, sin la costra de tópicos y estupideces en los que se fundamenta la idiosincrasia de Camps, Barberá, Rus y tantos otros. Salvo que hagamos trampa y de lo que se trate es de consagrar a Don Vicent como un fantoche sin contenido. Varela, cuya sólida erudición es de todos desconocida, culpó el otro día, mientras se presentaba el legado de los herederos del escritor, a Joan Fuster de haber emitido "juicios derogatorios" contra Blasco Ibáñez. ¿Derogatorios? Transcribo una opinión fusteriana sobre Arroz y tartana, la mejor novela del autor: "Describe admirablemente la modesta fiebre de oro de la Valencia finisecular". Obviamente hizo sarcasmo y discrepó Fuster de las posiciones e ideas de Blasco Ibáñez. Pero se lo tomó muy en serio. Mucho más que los escritores de la generación del 98, sus coetáneos, -de Don Vicent quiero decir-, y que los fabricantes de baba regional y folclórica, tan activos en el franquismo, que lo convirtieron en un souvenir kitsch pringado de tipismo.

"Blasco Ibáñez era un Tartarín valenciano... Mucha apariencia y poca consistencia, como dicen los italianos", sentenció Pío Baroja, maltratando la comparación con el personaje de Daudet para expresar su indigestión ante el éxito de un autor burgués, vanidoso y aventurero, que practicaba un naturalismo pasado de moda pero que triunfaba en Hollywood. Josep Pla lo consideró un "hombre fabuloso y desorbitado", mientras Azorín concedía que a lo mejor de su obra excesiva perdurarían "los rasguños geniales con los que se pinta un paisaje o se dibuja una figura". Eugeni d'Ors habló sin ambages de la "fullería literaria de Blasco Ibáñez" y Torrente Ballester dijo de su literatura: "Huele a sudor y a sexo, con apetitosas vaharadas de paella valenciana". ¿Qué quieren que les diga? Prefiero a Fuster inquiriendo sobre Blasco y sus circunstancias que el desprecio de Valle-Inclán al exclamar, cuando supo que había muerto el escritor: "¡Pura publicidad!".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de julio de 2010